• Apenas tres de cada diez estudiantes alcanzaron el nivel básico en matemáticas durante la reciente prueba
Los resultados del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA 2025) volvieron a mostrar una realidad que no puede ocultarse.
Los hijos de los trabajadores reciben menos oportunidades para prepararse y después enfrentan mayores dificultades para mejorar sus condiciones de vida.
México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias. Sólo tres de cada diez estudiantes alcanzaron el nivel básico en matemáticas. Esto quiere decir que siete de cada diez jóvenes tienen dificultades para utilizar sus conocimientos al resolver problemas cotidianos según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE, 2026).
Pero el problema es en realidad todavía más grande de lo que muestran estas cifras. México no logró ampliar el acceso a la educación y mantener dentro de las escuelas a más jóvenes provenientes de los sectores pobres como realmente se proyectó.
El Estado no ha garantizado que ese acceso se convierta en aprendizajes básicos ni en una educación de calidad para todos.
Durante la primera década del siglo hubo una mejora parcial. Después, el país entró en un largo estancamiento y ahora retrocede en lectura y matemáticas.

Si bien es cierto que a nivel mundial la pandemia empeoró la situación, no fue su origen ni puede seguir siendo una justificación a varios años de distancia.
Las raíces verdaderas están en la profunda desigualdad social, en las carencias materiales de miles de escuelas, en las trayectorias educativas interrumpidas y en la falta de una política firme que se mantenga más allá de los cambios de gobierno.
No es que los jóvenes mexicanos no puedan aprender o no quieran hacerlo. El problema es que no todos estudian en las mismas condiciones.
Mientras unos tienen internet, bibliotecas, laboratorios y maestros suficientes —situación que en su mayoría sucede en escuelas privadas a las que muy pocos pueden acceder—, otros asisten a planteles sin los recursos más elementales.
Muchos trabajan para ayudar a sus familias o abandonan sus estudios porque la pobreza los obliga. Después se les culpa por un fracaso que no provocaron y mucho menos lo desearon.
Esta desigualdad termina convirtiéndose en un círculo vicioso a primera vista. Los hijos de los trabajadores reciben menos oportunidades para prepararse y después enfrentan mayores dificultades para mejorar sus condiciones de vida. Así, una educación que debería ayudar a combatir la desigualdad termina reproduciéndola y perpetuándola.

Ante esta situación, el Movimiento Antorchista no se ha limitado a señalar este problema.
Durante años ha impulsado la creación de escuelas en distintos lugares del país, desde preescolar hasta el nivel superior. Ha llevado educación a comunidades y colonias pobres donde los gobiernos no han querido voltear a ver.
Lo hacemos porque tenemos un compromiso verdadero con el mejoramiento de la educación en México y porque luchamos para que los jóvenes más pobres también tengan acceso a una enseñanza digna y de calidad.
Entendemos que la educación no puede seguir siendo un privilegio reservado para quienes tienen dinero. Sólo un pueblo culto, preparado, consciente y organizado podrá transformar su realidad y construir un país más justo para todos.
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