• Miles de familias enfrentan temperaturas de 10 grados en viviendas de lámina y cartón en pleno 2026
En Yucatán, el frío no llega solo. Llega acompañado de pobreza, de techos endebles, de paredes de lámina que no aíslan nada y de un abandono histórico que se vuelve más evidente cuando la temperatura baja. Aquí, la llamada heladez no es una anécdota climática ni una curiosidad regional: es una experiencia cotidiana que golpea con mayor fuerza a quienes menos tienen.
La heladez deja de ser un fenómeno natural para convertirse en un síntoma social: cuando una familia improvisa barreras contra el frío, lo que falla no es el clima, sino el Estado.
Cada temporada invernal, tras el paso de frentes fríos, el termómetro puede descender por debajo de los 10°C en distintas zonas del estado. Para algunos, eso significa sacar un suéter del clóset o cerrar bien las ventanas.
Para miles de familias humildes, significa pasar la noche con frío, improvisando barreras con cartones, bolsas de plástico o periódicos colocados bajo la hamaca.
Esa imagen, repetida año con año, debería indignarnos más de lo que nos conmueve; el frío no se combate regalando cobijas o colchonetas.
Según datos oficiales, en Yucatán más del 40% de la población vive en condiciones de pobreza, y decenas de miles lo hacen en pobreza extrema. Esto no es una cifra abstracta: se traduce en viviendas precarias, sin pisos firmes, sin muros adecuados y, en muchos casos, sin acceso pleno a servicios públicos básicos como agua potable, drenaje o electricidad.
En esas casas, la heladez no se queda afuera: entra sin pedir permiso y se instala durante toda la noche.
El problema no es el frío en sí. El problema es que no todos lo enfrentan en las mismas condiciones. Mientras algunos hogares cuentan con construcciones sólidas, ventanas selladas y medios para calentarse, otros apenas tienen una lámina que separa a una familia del aire helado.
Niñas y niños duermen con la ropa del día, adultos mayores se exponen a enfermedades respiratorias y madres y padres hacen malabares con un ingreso insuficiente para decidir entre comprar comida o una cobija extra.

Es ahí donde la heladez deja de ser un fenómeno natural para convertirse en un síntoma social. Porque cuando una familia necesita recurrir a soluciones improvisadas para protegerse, lo que está fallando no es el clima, sino el Estado.
Fallan las políticas de vivienda, falla la planeación urbana y falla la atención a las zonas marginadas que siguen creciendo al sur de Mérida y en decenas de comunidades rurales del interior del estado.
No se trata de pedir lujos. Se trata de exigir lo mínimo: viviendas dignas, servicios públicos completos y programas sociales que atiendan de raíz la desigualdad. No campañas temporales ni recomendaciones genéricas para “abrigarse bien” cuando no hay con qué hacerlo.
La heladez, año tras año, nos recuerda una verdad incómoda: en Yucatán, el discurso del progreso convive con realidades que no resisten ni una noche fría.
El frío cala más hondo cuando se vive en pobreza, y mientras eso no se atienda, seguirá habiendo familias que enfrenten el invierno no con calefacción, sino con resignación.
Ante este panorama, es urgente cambiar la situación de rezago y marginación en la que viven los mexicanos y, sobre todo, los yucatecos.
Por ello, debemos organizarnos en las filas del antorchismo, que busca el bienestar para todos transformando desde la raíz este sistema desigual que tanto ha desfavorecido al pueblo pobre. Porque el frío pasa; la desigualdad, si no se combate, se queda.
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