MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

El ejemplo de los gobiernos antorchistas

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• Municipios poblanos con gestiones del MAN demuestran que administrar bien los recursos públicos sí combate el rezago social

Cuando un ciudadano de alguna colonia o comunidad solicita algún apoyo para su localidad, la respuesta casi siempre es una justificación procedimental que alarga los tiempos de espera y congela la solución de las peticiones básicas.

Actualmente, el gobierno federal ha recortado el presupuesto destinado a la obra pública municipal, asfixiando a los ayuntamientos de todo el país mediante la eliminación sistemática del Ramo 23 y del Fortaseg (Fondo para la Seguridad Pública Municipal), que eran las vías tradicionales con las que los municipios financiaban pavimentaciones, drenajes y patrullas.

Desde 2018, esta ha sido la tónica de la federación: para este 2026, mientras el Estado destinó apenas 135 mil millones de pesos para obras sociales de primera necesidad, reservó la colosal cifra de 5.6 billones de pesos para el Plan México, priorizando la infraestructura que beneficia al capital extranjero. Sin embargo, frente a este problema, el modelo de gobierno municipal del Movimiento Antorchista se alza como un verdadero ejemplo.

El segundo informe de los alcaldes Avelino Rivera Campos, en Tecomatlán; Josué Elías Velázquez Bonilla, en Huitzilan de Serdán; y Aristóteles Campos Flores, en Santa Clara Ocoyucan, dejó en evidencia que Antorcha sabe gobernar. Esto es posible gracias a una correcta distribución del ingreso público, pues no basta con discursos de anticorrupción si el dinero no aterriza donde más se necesita.

El caso de Tecomatlán es una muestra de buena administración pública. Según el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), el promedio nacional de los municipios en México destina menos del 20 % de sus recursos a la inversión pública, y la gran mayoría se diluye en nómina y gasto corriente.

En contraste, la administración de Avelino Rivera Campos invirtió el 82 % de su presupuesto directamente en obra pública e infraestructura. Este esfuerzo se tradujo en obras de agua potable, drenaje, alumbrado y pavimentación.

Pero el impacto de Tecomatlán va mucho más allá: ha sido reconocido por la Unesco y organismos de medición del desarrollo por haber erradicado casi en su totalidad el analfabetismo y por contar con una de las infraestructuras educativas por habitante más altas del país, abarcando desde el nivel preescolar hasta la educación superior.

En Santa Clara Ocoyucan, el presidente Aristóteles Campos Flores sigue esta misma directriz con 33 obras y acciones ejecutadas, priorizando el desarrollo estructural y social. 

Las pavimentaciones del bulevar de las Cascadas y el corredor Malacatepec-Coltzingo-Emilio Portes Gil, sumadas a la inyección de quince millones de pesos al sistema DIF para apoyos directos, exponen una política que atiende lo urgente sin descuidar el bienestar humano.

Además, el modelo antorchista entiende que no basta con levantar muros si no se apuntala el desarrollo económico local. Por eso, en Huitzilan de Serdán, el gobierno de Velázquez Bonilla destinó 50 millones de pesos a infraestructura básica e inyectó estratégicamente 19.6 millones de pesos directamente al campo, beneficiando a mil 532 productores, sin omitir la inversión global de 138.1 millones de pesos en 61 obras y acciones comunitarias.

Chiapas, al igual que todo México, estará condenado al rezago y a la miseria crónica mientras el pueblo no se involucre en las decisiones de su gobierno y se vuelva parte de él.

Esta es la diferencia entre el asistencialismo que crea dependencia, como el que impulsa el gobierno federal, y la inversión productiva que genera desarrollo a largo plazo, haciendo que las personas vean en el trabajo organizado la vía para transformar su localidad.

En un México donde la seguridad pública municipal ha sido abandonada tras la eliminación de fondos federales como el Fortaseg, estos municipios ejercen la autodefensa organizados con la comunidad, apoyándose en la prevención y la inversión local.

Tecomatlán, hoy uno de los municipios más seguros del país, reportó más de 37 mil 278 recorridos de vigilancia y mantuvo activo el programa “Escuela Segura” con 537 acciones concretas. Ocoyucan fortaleció su parque vehicular con trece nuevas patrullas, y Huitzilan destinó más de 11.8 millones de pesos a este rubro, demostrando que la pacificación del territorio requiere recursos tangibles y no sólo buenas intenciones.

Esta radiografía de éxito impulsada por Antorcha en municipios de Puebla es un modelo que debería replicarse en todo el país y, por supuesto, en Chiapas.

Según datos oficiales del Coneval, más del 66 % de la población chiapaneca vive en situación de pobreza, posicionando a la entidad en el primer lugar nacional en pobreza extrema, con casi un 30 % de sus habitantes sufriendo esta condición vulnerable. Esta realidad fortalece el contraste entre la dádiva asistencialista que no ha reducido la miseria en el estado y el modelo productivo que propone el antorchismo.

Debemos combatir el conformismo y rechazar los apoyos asistencialistas como política de Estado. Chiapas, al igual que todo México, estará condenado al rezago y a la miseria crónica mientras el pueblo no se involucre en las decisiones de su gobierno y se vuelva parte de él.

Ante este escenario, lo que hace falta es adoptar un modelo organizativo probado, como el antorchista. El Movimiento Antorchista demuestra que el desarrollo es una conquista del trabajo organizado, tal como lo ha señalado nuestro líder nacional, el maestro Aquiles Córdova Morán.

Organizarse no es sólo un derecho básico, sino una necesidad imperiosa para lograr el progreso. Sólo así la redistribución de la riqueza que todos generamos será justa, equitativa e invertida en las necesidades reales del pueblo.

En Chiapas ya existen ejemplos palpables de esta vía. A través de la gestión antorchista en colonias como El Refugio y La Ruiz Ferro, en Chiapa de Corzo, o la Unidad Antorchista en Tuxtla Gutiérrez, se ha logrado arrancar al Estado obras de pavimentación, luminarias, escuelas y la regularización de la tierra.

Pero no basta: se necesita que el gobierno esté dirigido por el propio pueblo. La lección, amable lector: la única forma de transformar la realidad, vencer los recortes y construir un país equitativo es mediante el pueblo organizado que, al tomar el poder, gobierna para sus semejantes, fomentando la integración y el desarrollo de todos.

Esa es la lección antorchista. Esa es la solución que Chiapas necesita.

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