• Un recorrido histórico desde las revoluciones europeas hasta las nuevas protestas obreras con participación estudiantil
Después de la Revolución francesa de 1789, vino una época de desarrollo y lucha de la burguesía en contra de las “testas coronadas”; es decir, en contra de la nobleza aristocrática que gobernaba con un poder omnímodo, representado por un mandato divino encarnado en un personaje déspota como lo era el rey.
La lucha para desarrollar el régimen burgués que triunfó en 1789 la encabezó Napoleón Bonaparte una vez que tomó el poder en el año de 1799 (el 18 de brumario, que corresponde al 9 de noviembre del calendario gregoriano), momento en el que derrocó al Directorio, la forma de gobierno resultante de la caída del “Régimen del Terror” encabezado por Robespierre.
El Directorio fue un régimen corrupto e impopular que generó una crisis terrible. El poder, entonces, quedó en manos del Consulado, compuesto por tres cónsules, siendo el primer cónsul Napoleón Bonaparte.
En el año de 1804, Napoleón Bonaparte dio un golpe de Estado y se autonombró emperador; mandó traer al papa Pío VII para darle solemnidad a su acto de coronación.
Era el papa quien debía colocar la corona al emperador; sin embargo, Napoleón tomó la corona —del altar o de las manos del papa, según distintas versiones— y se la colocó directamente en la cabeza, como diciendo: “aquí el poder divino soy yo”, para acto seguido coronar a su mujer, la emperatriz Josefina de Beauharnais.
Ya como emperador en 1805, en la famosa campaña de Austerlitz (terrenos situados hoy en día en la República Checa), triunfó sobre los austriacos, provocando con ello la caída del milenario Sacro Imperio Romano Germánico en 1806, mismo año en el que derrotó al Reino de Prusia en las batallas de Jena y Auerstedt.

En 1808, mediante las “Abdicaciones de Bayona”, aprovechó la coyuntura para derrocar a los Borbones en España y poner a la cabeza del gobierno a su propio hermano, José Bonaparte (José I), a quien llamaban “Pepe Botellas”.
Le dio un fuerte revés al Reino de Nápoles en 1806 y entregó la corona, primero a su hermano José Bonaparte y luego a su cuñado, el mariscal Joachim Murat. También derrotó militarmente a las monarquías del norte de Italia (Piamonte-Cerdeña), logrando anexar una parte importante de dicho territorio a Francia.
Napoleón topó con pared en el año 1812 en Rusia, donde fue derrotado de manera estratégica por el general Kutúzov. En 1814 fue detenido y enviado a la isla de Elba, de la que escapó para regresar en la campaña de los Cien Días, hasta ser definitivamente derrotado en la famosa batalla de Waterloo, Bélgica.
Después de eso, fue detenido y enviado a la isla de Santa Elena en 1815, donde permaneció hasta su muerte en 1821.
A la caída de Napoleón, los Borbones volvieron a tomar el poder en Francia bajo el mando de Luis XVIII, en el periodo conocido como la “Restauración”. A su muerte, asumió el poder Carlos X (1824-1830).
Luego vino la pugna con la Revolución de Julio de 1830 y la Casa de Orleans tomó el poder con Luis Felipe de Orleans, el “Rey Burgués”, hasta su caída en febrero de 1848.
En los días que corren, tras más de tres décadas de la caída del bloque soviético, la hegemonía del imperialismo estadounidense se ha debilitado y han surgido nuevos polos de desarrollo, como China y Rusia.
El Manifiesto del Partido Comunista fue escrito en 1847 por Carlos Marx y Federico Engels, y publicado en febrero de 1848. En él se plantea el nacimiento y la línea política de la nueva clase: el proletariado.
En febrero iniciaron los movimientos burgueses de 1848, marcando el principio de una nueva ola de revueltas contra la nobleza europea, pero ahora con la participación de la poderosa clase obrera, ya más consolidada por el desarrollo del capitalismo en Europa.
En 1871 se desarrolló la Comuna de París, primer gobierno de los obreros, que fue brutalmente reprimido; ese mismo año se dio la unificación alemana, seguida posteriormente por la Primera y Segunda Guerra Mundial hasta llegar a 1968.
En 1968, en Francia, se desarrolló una importante lucha estudiantil junto a los obreros: la llamada Revolución de Mayo o Mayo del 68, primer indicio del profundo descontento social. Esa oleada de lucha llegó a México y culminó en la recordada gesta del 2 de octubre de 1968.
A la caída del socialismo en los años 90, el poder del mundo quedó en manos del imperialismo, entronizándose como el único modelo económico posible según sus panegiristas, como Francis Fukuyama, quien sentenció su tesis del “fin de la historia” como si no pudiera existir otro sistema social tras el capitalismo.
Sin embargo, en los días que corren, tras más de tres décadas de la caída del bloque soviético, la hegemonía del imperialismo estadounidense se ha debilitado y han surgido nuevos polos de desarrollo, como China y Rusia.

En su afán de controlar el mundo, el imperialismo ha desarrollado una estrategia para hacerse con el control de los gobiernos de América Latina imponiendo figuras alineadas a sus designios en diversos países y buscando influir en regiones estratégicas como Brasil, Venezuela o Cuba.
Asimismo, la tensión geopolítica global se refleja en el conflicto en la Franja de Gaza, los ataques e intervenciones en Oriente Medio contra Irán y el respaldo militar a Ucrania en Europa para frenar el desarrollo ruso.
La derecha, apoderada de buena parte del mundo, enfrenta constantes crisis y muestras de descomposición. Manifestación de este descontento es el panorama actual en 2026, donde las movilizaciones estudiantiles y de las clases trabajadoras en Francia han tenido eco en diversos países de Europa como Italia, Bélgica, Albania, Portugal y España.
Estas revueltas traen nuevos aires de protesta en el mundo, acompañadas por expresiones simbólicas como la interpretación de “La Internacional” y “La Marsellesa” junto a banderas del movimiento obrero.
En este marco, felicito a la FNERRR, que en México realizó jornadas de protesta contra el imperialismo en todo el país. Fui testigo de la marcha realizada en Tecomatlán con más de 500 estudiantes; estas manifestaciones forman parte del despertar de la juventud, que debe ser el motor educador del pueblo para que este luche por la construcción de una sociedad más justa.
Por eso las protestas de 1848 en Europa fueron una de las primeras llamadas de atención sobre la existencia y el potencial de la clase obrera; las protestas de hoy en Europa y las de la FNERRR en México son un reflejo de ese nuevo despertar de los trabajadores en la lucha por una sociedad mejor para todos.
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