• El análisis materialista, explica el autor, permite comprender las leyes sociales para transformar la realidad del pueblo oprimido
La vida nos enseña de forma directa que existen leyes universales irrefutables. Por ejemplo, sabemos que sin oxígeno, luz solar, alimento o agua, la existencia sencillamente no sería posible. Este saber se da a través de los sentidos, ya que procesamos la información para adaptarnos al entorno.
Con el tiempo, este aprendizaje se vuelve más complejo a medida que nos relacionamos con los objetos y sujetos fuera de nuestra conciencia. Esta interacción nos brinda herramientas para desarrollar un pensamiento abstracto que luego retorna a la práctica. Así, nos permite ejecutar tareas más complejas y transformar nuestra realidad social.
Como señaló Mao Tse-Tung: "El conocimiento del hombre depende principalmente de su actividad en la producción material [...] La práctica social del hombre no se reduce a su actividad en la producción". Además, tiene muchas otras formas, como la lucha de clases, la vida política, así como las actividades científicas y artísticas.

A partir de esta premisa, podemos sintetizar que el proceso cognitivo se desarrolla en cuatro momentos dialécticos. El primero es la práctica social, es decir, la interacción directa con la realidad material, los objetos y los sujetos externos a nuestra conciencia.
De ahí pasamos a la percepción sensorial, mediante la cual recolectamos información. Esto se logra a través de lo que vemos, oímos, palpamos y sentimos en el día a día.
Posteriormente llegamos a la abstracción racional, momento en el que conceptualizamos esa información. Así, desarrollamos el saber y la memoria, además de que le asignamos un significado preciso.
Finalmente, se produce el retorno a la práctica, donde lo aprendido vuelve a la realidad para ponerse a prueba, confirmarse y transformarla. Este método dialéctico materialista es indispensable para comprender el funcionamiento de la sociedad actual.
Al igual que un organismo vivo, el sistema capitalista se rige por leyes internas que no siempre son visibles a simple vista. Sin embargo, al analizarlas desde la perspectiva marxista, su dinámica queda al descubierto.
El capitalismo no puede existir sin la explotación de la fuerza de trabajo de la clase obrera. La clase trabajadora recibe un salario de subsistencia apenas suficiente para reproducir su vida y volver a laborar al día siguiente.
Mientras tanto, la clase capitalista se apropia de la riqueza generada a través de la plusvalía sin intervenir en el proceso productivo.

Para el capital, modificar estas leyes internas resultaría suicida, como si al hombre le quitáramos el alimento. El sistema no puede permitirse pagar salarios dignos, redistribuir la riqueza ni asumir mayores cargas fiscales de forma voluntaria.
En el marco de la competencia monopolista, cualquier capitalista que intente humanizar sus condiciones perdería la contienda. Esto sucedería frente a aquellos que aplican rigurosamente la ley fundamental del sistema, la cual busca maximizar ganancias a costa del trabajo asalariado.
Para garantizar su supervivencia, el imperialismo recurre a un entramado de poder que somete el aparato estatal. Dicho sometimiento favorece directamente a los intereses de la oligarquía nacional e internacional.
Las instituciones jurídicas, políticas e ideológicas son instrumentalizadas por la clase dominante. Entre ellas se encuentran la educación, la religión, la ciencia, los medios de comunicación y la cultura.
Como resultado, las mayorías oprimidas son desplazadas a la periferia, hacia zonas despojadas de servicios básicos y educación. Estas áreas son administradas por burocracias ineficientes y están expuestas a una industria cultural que deforma la conciencia social.
Hoy presenciamos un imperialismo en decadencia, el cual se muestra agresivo y desquiciado, dispuesto a devastar naciones enteras, vulnerar soberanías y aplastar cualquier movimiento que cuestione su hegemonía.
Además, la gente se enfrenta a pésimos salarios y a muy malas condiciones laborales. Se promueve el consumo de alienantes, el alcoholismo y una vida monótona, estresante y enferma con el fin de mantener a la población en la sumisión.
Sin embargo, como ya decíamos, el capital no se sostiene por sí mismo, sino que depende enteramente de la fuerza viva del trabajador.
Siguiendo la lógica dialéctica, al precarizar, agotar y asfixiar a la clase trabajadora que lo alimenta, el propio sistema incuba sus contradicciones y cava su propia tumba.
Es por ello que hoy presenciamos un imperialismo en decadencia, el cual se muestra agresivo y desquiciado. Está dispuesto a devastar naciones enteras, vulnerar soberanías y aplastar cualquier movimiento que cuestione su hegemonía.
Ante esta crisis, resulta urgente que los pueblos que mantienen a este sistema devastador, sin saberlo, se levanten y lo destruyan.
Como nos ha indicado el maestro Aquiles Córdova Morán, es la hora de los pueblos. Debemos aprovechar que el enemigo se encuentra en una etapa de decadencia, enfermo y desesperado.
Nuestra tarea es clara, por lo que debemos ser la vanguardia que estudie con fervor las bases del marxismo-leninismo. Esto nos servirá para comprender las leyes sociales que nos permitirán liberarnos de las cadenas de la explotación.
Vayamos hacia el pueblo, ya que hay que organizarlo, agitarlo e invitarlo a luchar de manera consciente para destruir el aparato estatal. Dicho aparato hoy sirve a la burguesía y perpetúa la miseria, por lo que debemos instaurar un Estado auténticamente al servicio de la gente.

Hay que atender el llamado a la unidad ideológica, unidad política y unidad de acción. La lucha de clases y las leyes dialécticas juegan a favor de las inmensas mayorías. Estas mayorías sostienen al sistema y requieren de una fuerza capaz de organizarlas para transformarlo.
En México, esa fuerza es el Movimiento Antorchista, cuya fortaleza radica en la convicción de que el pueblo organizado sabe y puede gobernar. También se basa en llevar esa convicción a la práctica mediante el estudio, la educación y la organización de los trabajadores.
Por ello, es fundamental invitar a quienes aún no conocen al movimiento a que se acerquen y conozcan su trabajo. Así podrán comprobar por sí mismos la realidad de Antorcha.
Y aquí volvemos al punto de partida. Si el saber nace del contacto con la realidad, se eleva al pensamiento y vuelve a la práctica para confirmarse y transformar el entorno, conocer al Movimiento Antorchista implica acercarse a su trabajo concreto.
Es en la práctica, en la organización y en la lucha cotidiana donde puede comprobarse que Antorcha se mantiene firme. Esto se debe a que camina junto al pueblo y comprende las leyes que rigen el desarrollo social.
La tarea que tenemos enfrente es titánica y exige redoblar el estudio, el trabajo y la organización. Comprender las leyes dialécticas no tendría sentido si esa asimilación no volviera a la práctica para transformar la realidad.
Esa es precisamente la tarea de los antorchistas. Debemos convertir el conocimiento en conciencia, la conciencia en organización y la organización en una fuerza capaz de construir una sociedad distinta junto con el pueblo.
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