MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Chiapas necesita empleos redituables

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• Dos de cada tres trabajadores en Tapachula laboran en condiciones críticas, con salarios de miseria o jornadas extenuantes

El pasado 25 de junio, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) publicó su boletín de indicadores de ocupación y empleo de lo que va del año, donde nos habla de la población económicamente activa (PEA) que crece, alcanzando los 62.1 millones de personas.

En Chiapas no hay una base industrial sólida que pueda absorber la enorme masa de mano de obra informal para ofrecerle certidumbre y formalidad.

Se presume en los medios una tasa de desocupación "baja", de apenas el 2.8 %. Pero quienes vivimos la realidad del sureste y de nuestro querido estado de Chiapas, sabemos perfectamente que detrás de ese supuesto 2.8 % de desempleo se esconde una trampa metodológica. 

Nos están vendiendo un espejismo estadístico que esconde una profunda precarización laboral, el desmantelamiento de los derechos de la clase trabajadora y el estancamiento real de nuestra economía.

¿Qué significa estar "ocupado" para los parámetros oficiales del Inegi? Para la estadística basta con que una persona haya trabajado una sola hora a la semana en el periodo de referencia, o que haya laborado en el negocio o parcela de un familiar sin recibir un solo centavo de salario, para que el sistema la catalogue como "empleada".

El boletín lo dice: de los 60.4 millones de personas ocupadas en el país, dos millones de personas se desempeñan en negocios o parcelas familiares sin remuneración monetaria. ¡Trabajan sólo para subsistir! Esto no puede ser un éxito de la política laboral.

Por eso, la tasa de condiciones críticas de ocupación, que mide a quienes trabajan jornadas excesivas con ingresos que no alcanzan ni el salario mínimo, se disparó del 36.3 % en mayo de 2025 al 38.7 % en mayo de 2026.

¿De qué nos sirve que la PEA aumente en 460 mil personas si el empleo subordinado y remunerado cayó? El propio reporte admite que las plazas de trabajadores subordinados con un puesto fijo sufrieron una caída anual de 281 mil empleos. 

En contraste, los trabajadores independientes o por cuenta propia aumentaron en 428 mil personas. No se está creando empleo; se está empujando a la gente al autoempleo desesperado y a la informalidad.

Y esto no lo invento yo. Como bien lo señalaron analistas de Banco Base, este aparente control del desempleo esconde una realidad alarmante: el aumento real de la desocupación de fondo estuvo directamente relacionado con la pérdida del 58 % de los trabajos formales. 

La doctora Gabriela Siller, directora de análisis económico de dicha institución, lo sentenció: "Los datos de mayo revelan que el crecimiento laboral de México sigue mostrando deterioro consistente con el estancamiento económico".

Ahora hablemos del verdadero motor de supervivencia en este país, ese que el sistema adorna llamándolo "informalidad". 

En mayo de 2026, la población ocupada en la informalidad laboral alcanzó la cifra de 33.4 millones de personas. La tasa de informalidad laboral se ubicó en 55.2 %. Más de la mitad de México trabaja en estas condiciones.

¿Y qué significa ser parte de ese porcentaje? Significa ser laboralmente vulnerable. Significa no tener derecho a vacaciones, no tener un patrón que reconozca tu antigüedad, no contar con seguridad social para atender la salud de tus hijos y no tener la más mínima posibilidad de adquirir una vivienda digna, ni lo pienses, ni siquiera a través de un crédito social. 

El sector informal creció 1.5 puntos porcentuales respecto al año anterior, alcanzando el 30.3 % del total de la ocupación en su medición más estricta. La informalidad es uno de los síntomas de un sistema económico en decadencia.

Y si así está el panorama nacional, veamos qué pasa en nuestra casa. 

El Inegi nos muestra el comportamiento en nuestras principales ciudades de Chiapas: Tuxtla Gutiérrez y Tapachula. Y al compararlas con la media nacional, nos damos cuenta de que nuestros datos no están aislados de los parámetros nacionales.

La tasa de participación: mientras el promedio nacional es de 59.1 %, en Tuxtla es del 58.5 % y en Tapachula baja al 57.1 %. Hay menos gente pudiendo o queriendo entrar al mercado laboral.

En la tasa de ocupación: nos dicen con orgullo que Tuxtla tiene 95.9 % y Tapachula 96.2 % de ocupación. Pero la pregunta obligada es: ¿pero en qué condiciones?

Pues la tasa de crítica laboral: a nivel nacional es del 38.7 %, lo cual ya es alarmante. ¡Pero en Tuxtla es del 55.7 % y en Tapachula se eleva al 62.4 %! ¡Casi dos de cada tres trabajadores en Tapachula laboran en condiciones críticas, con salarios de miseria o jornadas extenuantes!

En el sector informal: mientras el país promedió 55.2 % de informalidad, en Tapachula escalamos al 57.8 %. Y al medir la ocupación en el sector informal puro, frente al 30.3 % nacional, Tapachula registra un 33.5 % y Tuxtla un 26.1 %.

¿Por qué Chiapas sufre estos números? ¡En Chiapas no hay una base industrial sólida que pueda absorber la enorme masa de mano de obra informal para ofrecerle certidumbre y formalidad! 

Los sectores que crecieron a nivel nacional fueron el comercio y los servicios turísticos o de alojamiento; empleos temporales. Pero la industria manufacturera y los sectores de alto valor agregado no llegan a nuestro estado. 

Al contrario, el sector agrícola, ganadero y pesquero sufrió un descenso brutal de 403 mil personas menos a nivel nacional, golpeando directamente el corazón productivo del campo chiapaneco. Sin industria, estamos condenando a Chiapas a ser un estado de puros comerciantes de subsistencia.

La desocupación masiva y la precarización laceran profundamente el tejido de la sociedad. El trabajo es una parte esencial del ser humano; es inmanente a él. Física y mentalmente, el ser humano es producto de su propio esfuerzo creador.

Cuando se condena a un padre de familia, a una madre soltera o a un joven recién graduado al ocio forzoso o a la humillación de un empleo de subsistencia sin derechos, ese ser humano pierde algo de su calidad humana. Se enferma en su cuerpo y se enferma en su mente. 

El trabajo es un reto a la inteligencia y a las capacidades físicas que estimulan nuestro desarrollo.

Quitarle al pueblo la capacidad de ganarse el pan con orgullo y dignidad tiene una consecuencia política y psicológica lamentable: crea una mentalidad dependiente, subyugada; provoca la pérdida del orgullo y de la confianza en sí mismo. En una palabra, limita las energías espirituales de nuestra sociedad.

Ciertamente, esta situación estructural es el resultado de años de políticas neoliberales que desmantelaron el aparato productivo. El fondo verdadero del problema es el modelo económico y, consecuentemente, la solución de fondo es sustituirlo por uno de desarrollo real. 

Sería injusto e ilógico esperar milagros de este o de cualquier gobierno; sabemos perfectamente que los cambios estructurales no se dan de la noche a la mañana. 

Pero lo que sí es justo exigir es, al menos, un vislumbre de solución. Alguna expectativa de mejora. Sin embargo, hoy no tenemos nada de eso. Lo que tenemos frente a nosotros es un empeoramiento significativo.

No se están atacando las raíces de la pobreza, sino que, por el contrario, se están agravando las cosas. En lugar de crear empleos productivos, se pretende elevar el ingreso de las familias más necesitadas repartiendo tarjetas y apoyos económicos.

Esta estrategia del Estado carece de base económica real porque no atiende la generación de recursos que sólo el trabajo crea. Entregar dinero sin producir riqueza... ¡es como intentar contener el mar con diques de arena!

La experiencia histórica mundial no ofrece ni una sola evidencia de que alguna sociedad en el planeta haya salido de la pobreza entregando únicamente apoyos asistenciales sin impulsar vigorosamente la creación de riqueza real. 

Al contrario, abundan los casos donde este modelo clientelar ha generado crisis inflacionarias y económicas severas que, a la postre, terminan ensañándose y volviéndose en contra de la propia clase trabajadora, que es a la que supuestamente se quería beneficiar.

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