La reducción estadística de la pobreza en México es un espejismo que oculta la ineficiencia de los programas sociales
Si tú sientes que el dinero no te rinde, aunque te digan que “vamos muy bien”, lee hasta el final del texto, porque este tema es para ti.
Últimamente, hemos escuchado bombos y platillos en las noticias. Vemos funcionarios celebrando, casi dando la vuelta olímpica, diciendo que la pobreza en México ha disminuido. Nos dicen, con orgullo, que el promedio nacional de pobreza ha bajado al 29.6 %.
Los programas sociales no han logrado que el sur se desarrolle; sólo han logrado que el sur dependa.
Y claro... si uno ve el número frío, en el papel, parece una excelente noticia. ¿Quién de nosotros no quisiera que hubiera menos pobres? Yo quiero eso, tú quieres eso. Pero, compañeros, celebrar ese promedio es una trampa.
Hoy vamos a desmenuzar ese número y vamos a ver por qué, aunque las cifras bajen, la carencia en nuestras mesas sigue igual.
Miren, decir que México está mejor sólo porque ese promedio bajó es como tener un paciente con una infección interna grave que lo está matando, pero celebrar que le bajó la fiebre porque le pusimos un trapo húmedo en la frente. El paciente sigue enfermo, aunque el termómetro diga otra cosa.
Ese 29.6 % esconde desigualdades brutales. Esconde el precio del huevo, esconde la falta de medicinas, esconde la inseguridad.
No podemos permitir que se nos vendan los ojos ante la realidad que vivimos todos los días en las calles, en los mercados sobre ruedas y en nuestras comunidades.
Pregunto yo a los que me están viendo: ¿Ustedes sienten que ya no hay pobreza en sus colonias? Coméntenme aquí abajo, los leo. Porque una cosa es lo que dicen las encuestas y otra lo que dice el bolsillo.
Ahora, vámonos a los datos oficiales, para que no digan que inventamos. Hablemos de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares, esa misma que controla el gobierno.
Ellos nos dicen que esta reducción es un “logro histórico” gracias a su política estrella: los programas sociales. Nos dicen que la gente es menos pobre porque recibe dinero en efectivo, las famosas transferencias monetarias.
Pero aquí es donde esta información nos miente: si tomamos una lupa y analizamos a fondo, resulta que la reducción de la pobreza exclusivamente por el impacto de estas transferencias es apenas del 29.6 %.
¿Qué significa esto? Que, si le quitamos el maquillaje de las transferencias, la estructura económica que genera pobreza en México sigue intacta.
No estamos sacando a la gente de la pobreza porque haya mejores empleos o porque el campo produzca más. No. Estamos simplemente subsidiando la carencia. Estamos poniendo una curita... una curita carísima en una herida abierta que requiere cirugía mayor.
Y aquí viene lo más indignante, lo que nos debe enojar como ciudadanos que pagamos impuestos. Si el impacto es tan pequeñito (ese 29 %), uno pensaría: “bueno, es que a lo mejor invirtieron poquito dinero”. ¡Pero no!
Estamos hablando de una inversión gigantesca, histórica. Los programas del Bienestar consumen hoy el 2.5 % del Producto Interno Bruto del país. Es una montaña de dinero.
Si revisamos los Pre-criterios y Programas Prioritarios, nos damos cuenta de que el ramo de Bienestar, por sí solo, se lleva casi el 44 % de todo el presupuesto prioritario.

Estamos hablando de más de 555 mil millones de pesos destinados a este ramo. El alcance es masivo: dicen llegar al 82 % de las familias en México.
Entonces, hago la pregunta obligada: si se gasta la mitad del presupuesto prioritario y se llega a casi todas las familias de México... ¿por qué la pobreza estructural sólo baja un 29 %?
La cuenta no sale, compañeros. Se esperaría un impacto mucho mayor. Esto demuestra una ineficiencia terrible. Estamos gastando una fortuna para obtener resultados marginales.
Es un modelo de contención de la pobreza, no de solución a la pobreza. Y para entender que este país está roto, basta con mirar el mapa. Porque no es lo mismo ser pobre en el norte que ser pobre en el sur.
La pobreza sigue teniendo una distribución profundamente desigual. Estamos frente a un México de dos velocidades.
Tenemos estados en el norte, como Coahuila, que avanzan rápido, pasando del dieciocho % al doce % de su población en pobreza. O estados industriales como Baja California y Nuevo León. Allá, la pobreza disminuye impulsada por el empleo, por la fábrica, por la inversión, por el dinamismo económico. Allá la maquinaria camina.
Pero volteen a ver a nuestros hermanos del sur. Volteen a ver a mi querido Chiapas, a Guerrero, a Oaxaca. Aquí, los estados más rezagados tardan años en reducir un solo punto porcentual de pobreza. Aquí la pobreza sigue siendo lacerante y dolorosa.
En el sur, esa “reducción” estadística de la que presumen depende casi totalmente de la tarjeta del Bienestar. Si mañana dejaran de depositar, el sur caería en una crisis humanitaria inmediata.
Mientras Nuevo León avanza con industria, Chiapas sobrevive con subsidios. Esa brecha no se ha cerrado; al contrario, se está volviendo crónica.
Los programas sociales no han logrado que el sur se desarrolle; sólo han logrado que el sur dependa. Y eso, compañeros, hay que decirlo claro: eso no es justicia social, eso es control político.
No nos dejemos deslumbrar por los promedios nacionales. Un país donde el 44 % del presupuesto se va en repartir dinero, pero que sólo logra mover la aguja de la pobreza real en un 29 %, es un país que está administrando la pobreza, no erradicándola.
Necesitamos exigir más que transferencias. Necesitamos empleo, necesitamos carreteras, necesitamos infraestructura real. Necesitamos que estados como Chiapas, Guerrero y Oaxaca tengan:
La alimentación asegurada, no una despensa cada mes.
Un sistema de salud óptimo, que no sólo dé paracetamol, sino que detenga enfermedades que ya creíamos erradicadas como el sarampión, la tosferina y que atienda el glaucoma.
Que combata el rezago educativo para que nuestros jóvenes no tengan que elegir entre comer o estudiar.
Y que garantice una vivienda digna para todos.
Eso es desarrollo. Lo otro es caridad con dinero ajeno.
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