El análisis de la miseria exige rigor científico, explica el vocero del MAN en SLP
Habrá quizá por ahí algún cuento, o debería haberlo cuando menos, que concluya: Ya que nada le dolía alcanzó a decir ¡Estoy curado! y se murió.
Ha sido cuestión estudiada por siglos determinar qué es lo verdadero y qué, aunque lo parezca, no lo es. Muchas veces el conocimiento se queda en meras representaciones, sensaciones o impresiones, muy emparentadas con el sentido común.
Este es capaz de apreciar la superficie de los fenómenos, pero sin ahondar en las relaciones internas de sus partes. En consecuencia, no logra reflejar a cabalidad el fenómeno completo y menos sus determinaciones internas y externas.
Esto arroja una apreciación cuando menos parcial, incompleta y, por tanto, un tanto falsa de las cosas, acontecimientos o fenómenos.

Desde mi punto de vista así sucede, por ejemplo, con el asunto de la pobreza. Es un tema muy presente en los tiempos que corren no sólo por lo extendido del fenómeno a nivel mundial y en nuestro país.
También destaca ahora precisamente ante la proximidad de las elecciones intermedias. En ellas se disputarán más de 20 mil puestos a nivel nacional, entre grandes y pequeños, según algunos datos.
Por eso, a los aspirantes les es preciso hablar de ella. Se dicen muy preocupados por combatirla, deshaciéndose en buenas intenciones y declaraciones de voluntad de poner todos sus esfuerzos al servicio de los ciudadanos.

Prometen terminar con la pobreza y sacar de esta a los mexicanos para que vivan mejor y tengan bienestar. Aseguran que su sola voluntad bastará para que desaparezca como al golpe de un conjuro o por ensalmo.
En síntesis, afirman que ellos sí le darán al pueblo lo que necesite si son nuevos. O bien, seguirán dándole si ya habían ocupado algún puesto.
La pobreza de los muchos no es sino la otra cara de la moneda que tiene por anverso la mucha riqueza de pocos.
Sin embargo, casi nadie le dice al pueblo que la pobreza tan extendida en México no es por falta de una cantidad suficiente de satisfactores para todos. Ocurre porque estos se concentran en unas cuantas manos, aunque allí no sirvan más que para abarrotar grandes almacenes.
O sea, la pobreza de los muchos no es sino la otra cara de la moneda que tiene por anverso la mucha riqueza de pocos. Tampoco le dicen que esa riqueza la ha producido la mayoría transformando los recursos naturales con su trabajo, y debiera pertenecerle.
Por tanto, su solución no puede ser reducida a la voluntad de uno de los políticos para “darle” cosas a la gente. No puede limitarse a sólo la entrega de algún apoyo, ni de muchos apoyos, aunque así lo parezca.

Esto sucede porque el sentido común así percibe el fenómeno. La realidad es más profunda, las causas de la pobreza se encuentran dentro de un fenómeno complejo y no se ven a simple vista.
No se perciben así como así, aunque en lo individual sintamos el hambre y la necesidad. Por eso hizo falta que grandes científicos del siglo XIX, Carlos Marx y Federico Engels, descubrieran las leyes que rigen el desenvolvimiento social.
A estos pensadores la humanidad les debe mucho. Su ciencia permite conocer que la sociedad es como es en un momento histórico por la forma en cómo produce.
Esto se basa en el desarrollo del trabajo y los medios de producción que, fundidos en un concepto, se llaman fuerzas productivas. Esta dinámica la lleva a organizarse de tal manera en su conjunto.

Es necesario saber de qué depende la pobreza para poder curarla científicamente y no andarse confiando de curanderos sociales que prometen mucho. Estos no podrán sacar al pueblo del atolladero porque no saben cómo hacerlo.
Así, este quedará igual o peor de lo que estaba. Habrá perdido cuando menos tiempo para tomar medidas efectivas en pro de sus verdaderos intereses.
Conocido más de fondo el problema, habrá que concentrarse a su vez en estudiar también a fondo la forma científica para salir de él.
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