• Pese a una contracción económica que alcanza 15 %, el castrismo insta a forjar un camino organizativo propio
A propósito del centenario del nacimiento de Fidel Castro, el debate sobre el legado de la Revolución cubana suele oscilar entre dos extremos: la mitificación acrítica y el descrédito automático. Ambas posturas, sin embargo, incurren en el mismo error: reducir un proceso histórico complejo a una fórmula demasiado simplista.
La educación política no es un complemento decorativo de la lucha social, sino su condición de posibilidad. Sin ella, las masas son multitudes que se dispersan; con ella, se convierten en sujetos históricos que transforman la realidad.
La principal enseñanza que nos deja la experiencia cubana es, paradójicamente, una advertencia contra las imitaciones mecánicas. La teoría del "foco" guerrillero, que durante décadas alimentó la ilusión de que un puñado de combatientes podía desencadenar una revolución por sí solo, fue un malentendido que costó caro a varios movimientos latinoamericanos.
Fidel Castro no llegó al poder sólo por la audacia de la Sierra Maestra; detrás hubo una red de campesinos y trabajadores que sostuvieron logísticamente la insurrección, y después, un proceso de construcción de cuadros políticos capaces de administrar un Estado. La lección, entonces, no es que la revolución se hace sin el pueblo, sino que el pueblo no hace la revolución sin conciencia.

Este matiz es crucial en un contexto como el mexicano, donde la cultura política predominante suele confundir la movilización con la organización, y el entusiasmo con la formación.
La educación política no es un complemento decorativo de la lucha social, sino su condición de posibilidad. Sin ella, las masas son multitudes que se dispersan; con ella, se convierten en sujetos históricos capaces de sostener transformaciones en el tiempo.
La Revolución cubana sobrevive a sus crisis, y son profundas, precisamente porque logró arraigar en sectores amplios de la población un sentido de pertenencia y resistencia que trasciende las carencias materiales.

Pero aquí aparece el segundo acierto: no se trata de idealizar la resistencia cubana ni de ocultar sus problemas.
Los datos del Programa Mundial de Alimentos y la Organización Panamericana de la Salud son precisos: contracción económica del 15 % en seis años, inflación persistente, escasez de combustible y medicinas, apagones que afectan hasta los servicios de salud.
Quien pretenda negar estas realidades incurre en una propaganda tan frágil como la de quienes las usan para sentenciar un "fracaso" rotundo.
Cualquier evaluación debe considerar el peso abrumador del embargo estadounidense, renovado cada año con el respaldo de una mayoría aplastante en la ONU (165 votos a favor en octubre de 2025), pero también la gestión interna.

La revolución no es un hecho consumado, sino un proceso en tensión, y la pregunta no es sólo por qué Cuba sufre, sino por qué, a pesar de todo, sigue en pie.
Esta pregunta, sin embargo, no puede trasladarse a México como un modelo a copiar, puesto que cada país tiene su propia historia, su propia cultura y sus propias condiciones materiales. No hay una receta universal, ni siquiera una que haya funcionado en algún lugar.
La tarea de una organización revolucionaria en México no es reproducir el castrismo ni el sandinismo ni el chavismo, sino construir un instrumento político con características mexicanas, capaz de educar y organizar a un pueblo cuya historia está marcada por otras revoluciones, otras derrotas y otros horizontes.

Esto cobra especial relevancia en el momento actual, donde estamos siendo testigos del nacimiento de un nuevo orden internacional. La disputa entre el imperialismo y los países que buscan un mundo multipolar no es un telón de fondo abstracto, sino el escenario concreto donde se definen las posibilidades de cualquier cambio nacional.
En este escenario, la tentación de adoptar soluciones prefabricadas es tan grande como el riesgo de quedarse en la contemplación de héroes lejanos. El propio Fidel, nos recuerda, no debe ser una figura para la admiración pasiva, sino para el estudio crítico de sus aciertos y errores.
El ejemplo de Fidel no es un manual, pero ofrece una brújula, una dirección: la revolución no es un asalto, sino una construcción; no es un momento, sino un proceso; no es una copia, sino una creación.

Y en esa creación, la educación, la conciencia y la organización del pueblo trabajador no son fases sucesivas, sino dimensiones simultáneas de una misma tarea.
Si algo ha demostrado la Revolución cubana en seis décadas es que ninguna transformación perdura si no arraiga en la cabeza y el corazón de las mayorías. Pero también ha demostrado que ninguna fórmula puede sustituir el trabajo paciente de entender la propia realidad.
México no es Cuba, y esa obviedad es, quizás, la lección más difícil de aprender. Porque implica renunciar a la seguridad de los manuales y asumir la incertidumbre de inventar un camino propio.
Eso, y no otra cosa, es lo que significa hacer política en serio: educar para organizar, organizar para transformar, y transformar sin la certeza de que el modelo funcione en otra parte. El legado de Fidel, al final, no está en lo que hizo, sino en lo que enseñó: que los pueblos sólo se liberan cuando aprenden a pensar por sí mismos.
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