MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Fidel Castro: un pensamiento que sigue instando a los pueblos a transformar su realidad

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A cien años de su nacimiento, Fidel Castro Ruz, su obra y pensamiento, constituyen un paradigma y faro de luz para todos los hombres y pueblos pobres del mundo para luchar en contra del sometimiento y la terrible desigualdad que han padecido por siglos. Su pensamiento es vigente porque las causas que originaron su actividad revolucionaria no han desaparecido: la desigualdad y la pobreza campean sin freno, lacerando la vida de millones de seres humanos. Hay hombres que pasan por la historia y hay hombres que hacen historia, dejan preguntas que la historia no consigue cerrar. Fidel Castro Ruz pertenece a estos últimos.

Hablar de Fidel no debe reducirse a recordar al dirigente de la Revolución Cubana, al hombre de barba y uniforme verde olivo que durante décadas ocupó un lugar central en la política mundial. Hablar de Fidel significa preguntarnos por qué un joven abogado decidió rebelarse contra una realidad que consideraba injusta, por qué abrazó el marxismo y el socialismo y, sobre todo, por qué sus ideas continúan provocando debate entre quienes defienden el orden existente y quienes aspiran a transformarlo.

Fidel nació en Cuba en 1926, en una sociedad marcada por profundas desigualdades, pobreza y dependencia económica y política respecto de Estados Unidos. Desde sus primeros años de actividad política cuestionó las condiciones en que vivía buena parte del pueblo cubano. En 1953 encabezó el asalto al cuartel Moncada y, tras ser detenido, cerró su alegato de defensa: "Condenadme, no importa, la historia me absolverá", donde señaló problemas concretos de la sociedad cubana: la tierra, la vivienda, el desempleo, la educación y la salud.

Fidel no partió de una teoría para después buscarle problemas a la realidad. Partió de la realidad y buscó una explicación y una salida a los problemas que observó. Comprendió que la pobreza no era culpa de los pobres y que detrás de la miseria, el desempleo y la falta de oportunidades existían estructuras económicas y políticas que benefician a unos cuantos.

Ésta es una de las razones por las que su pensamiento resulta incómodo para los grandes acapradores de la riqueza. Han pasado décadas desde el triunfo de la Revolución Cubana, pero las preguntas fundamentales que Fidel colocó en el centro del debate siguen vigentes: ¿quién produce la riqueza?, ¿quién se queda con ella?, ¿por qué millones de trabajadores reciben salarios de hambre mientras una minoría concentra escandalosas fortunas?, ¿por qué existen millones de familias trabajadoras sin vivienda digna mientras se acumula riqueza en pocas manos?

Estas preguntas no pertenecen exclusivamente a Cuba ni a la década de 1950. Son preguntas del presente. En México, millones de trabajadores enfrentan bajos ingresos, precariedad laboral, carencias de vivienda y dificultades para acceder plenamente a educación, salud y otros servicios. Mientras la riqueza producida por el trabajo social continúa distribuyéndose de manera profundamente desigual.

Uno de los aspectos más importantes del proceso revolucionario cubano fue la prioridad otorgada a la educación. En 1961 se desarrolló la Campaña Nacional de Alfabetización, en la que participaron miles de jóvenes y trabajadores. La educación fue concebida no como una herramienta para conseguir empleo, sino como un medio para que las personas comprendieran su realidad y se dispusieran a transformarla en beneficio de todos.

La historia no la escriben únicamente los grandes dirigentes; la escriben también los pueblos cuando dejan de resignarse, comprenden su fuerza y deciden organizarse para transformar su realidad.

Un pueblo que no conoce su historia difícilmente puede comprender su presente. Y un pueblo que desconoce las causas de su pobreza puede terminar creyendo que es pobre porque no trabaja lo suficiente o porque tuvo mala suerte. Pero cuando un pueblo comprende las causas sociales de sus problemas, también descubre su capacidad para organizarse y transformarlos.

Ésta es una de las coincidencias fundamentales con el Movimiento Antorchista Nacional: educar y organizar al pueblo trabajador para que comprenda las causas profundas de sus problemas y no se conforme con soluciones pasajeras. Antorcha sostiene que la pobreza y la desigualdad tienen raíces económicas y sociales, y que los trabajadores deben organizarse para transformar esas condiciones.

El elemento central de la obra y pensamiento de Fidel fue la defensa de la soberanía. Su posición antiimperialista convirtió a Cuba en un símbolo de resistencia frente al poderío estadounidense en América Latina. Durante décadas, la Revolución Cubana sigue representando uno de los principales desafíos a la hegemonía norteamericana en el continente y colocó en el debate internacional el derecho de los pueblos a decidir su propio destino.

Esta discusión conserva actualidad. Las grandes potencias continúan disputando mercados, recursos naturales e influencia política, mientras los pueblos pobres enfrentan las consecuencias de esas pugnas. Para los pueblos, la soberanía significa tener derecho a decidir sobre sus recursos, su territorio, su economía y su futuro.

Hablar de Fidel hoy tiene sentido porque millones padecen hambre mientras se acumulan enormes fortunas; porque quienes producen la riqueza social reciben una parte insuficiente de ella; porque existen comunidades sin vivienda, servicios, educación y oportunidades; y porque las grandes potencias continúan disputándose mercados y recursos.

Ahí está una de las principales lecciones de Fidel: los pueblos pueden intervenir en su propia historia. Antorcha sostiene que la transformación de la sociedad no puede depender exclusivamente de los gobiernos ni de los políticos de turno; requiere la participación consciente y organizada del pueblo mexicano.

Por eso cobra fuerza la consigna: “Es la hora de los pueblos”. Es la hora de que los trabajadores comprendan que son ellos los verdaderos productores de la riqueza; de que los jóvenes estudien y conozcan la realidad social; de que campesinos, obreros, estudiantes, amas de casa y comerciantes comprendan que muchos de sus problemas individuales tienen causas sociales. Es la hora de unirnos y organizarnos, porque un pueblo aislado puede ser ignorado, pero un pueblo organizado tiene fuerza.

A cien años de su nacimiento, Fidel no debe ser solamente recordado: debe ser estudiado. Su legado debe servirnos para preguntarnos qué estamos haciendo frente a las injusticias de nuestro tiempo. Porque la historia no la escriben únicamente los grandes dirigentes. La escriben también los pueblos cuando dejan de resignarse, comprenden su fuerza y deciden organizarse para transformar su realidad. ¡Es la hora de los pueblos!

 

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