MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

El buen ejemplo

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• Tras 64 años de bloqueo a la isla caribeña, su modelo de resistencia demuestra que la soberanía nacional es viable

La verdadera amenaza para el statu quo no siempre proviene de las grandes potencias militares, sino de la fuerza de un buen ejemplo. Cuanto más débil y pobre sea el país en cuestión, más peligroso resulta como ejemplo.

El verdadero pecado del pueblo revolucionario de Cuba es la osadía de diseñar su propio rumbo sin someterse a mandatos extranjeros.

Cuando un país geográficamente pequeño y con severas limitaciones económicas demuestra que es posible priorizar el bienestar de su gente, enciende una chispa de cuestionamiento social en el resto del planeta. 

La amenaza verdadera es el buen ejemplo de las naciones pequeñas para con el mundo. Esta realidad permite comprender el doble filo de la experiencia cubana: un faro de dignidad para los pueblos del mundo y, en consecuencia, un blanco prioritario de ataques para quienes temen su influencia.

Este temor a la influencia cubana se ha traducido materialmente en el bloqueo económico más largo de la historia y que a la fecha lleva 64 años activo. En este escenario de confrontación, Cuba, Fidel Castro y los revolucionarios se han convertido en los nombres y términos más calumniados de la historia moderna, precisamente por ser los menos comprendidos desde una perspectiva de clase.

La narrativa dominante ha intentado reducir el proceso cubano a una simple dictadura, ignorando deliberadamente que su verdadera esencia radica en una lucha de los oprimidos contra los opresores.

Al juzgar la Revolución sin este matiz social, se oculta el verdadero pecado de la isla: haber demostrado que la clase trabajadora puede tomar el control de su propio destino.

Para entender el origen de la Revolución cubana, es necesario revisar las condiciones previas a 1959. En el ámbito educativo, el 44 % de esta población jamás pudo asistir a una escuela y el 53 % de la población era analfabeta. 

En aquella época, el obrero agrícola apenas disponía de 25 centavos diarios para comer, vestir y calzar. Además, el 60 % de ellos vivía en bohíos con techo de guano y piso de tierra, sin servicios, letrinas ni agua corriente. 

El 85 % de estas covachas tenían sólo una o dos piezas, lo que obligaba al hacinamiento familiar, y carecía por completo de agua potable. Esta vulnerabilidad se reflejaba directamente en una crisis de salud pública y en una profunda desigualdad entre el campo y la ciudad. 

Las encuestas de la época probaron que el 14 % de los obreros agrícolas padecía tuberculosis y el 13 % sufría de tifoidea. Mientras, la capital, con el 22 % de la población, concentraba el 65 % de los médicos y el 62 % de las camas hospitalarias, el sector rural (mayoritario en el país) contaba con un único hospital de apenas diez camas y ningún médico. 

Como consecuencia, la mortalidad infantil superaba los 60 fallecidos por cada mil nacidos vivos y la esperanza de vida apenas alcanzaba los 58 años.

La estructura económica de la isla explicaba estas carencias, marcada por una enorme subutilización de la tierra y un modelo volcado al exterior. Grandes extensiones se destinaban a la ganadería y a la caña de azúcar para la exportación. 

Paradójicamente, la mayor parte de la población rural subsistía a base de arroz, frijol y malanga, careciendo de proteínas, frutas o legumbres, las cuales debían ser importadas. El consumo también reflejaba la brecha social: el 80 % de las importaciones se dirigía a la clase alta y a las grandes corporaciones, dejando sólo un 20 % para satisfacer las necesidades básicas de la población.

En este contexto, el turismo prerrevolucionario, bautizado como "la segunda zafra azucarera", distaba de beneficiar al pueblo. Aunque la isla recibía unos 300 mil turistas anuales, en su mayoría estadounidenses, la industria se sostenía sobre casinos, carreras de caballos y perros y redes de prostitución. 

Además, las costas y playas eran mayoritariamente privadas. Los propios cubanos no podían disfrutar del mar debido a restricciones de tipo racial para el ingreso a estos centros de veraneo. 

Todo este panorama respondía a una dependencia histórica de la economía norteamericana, agudizada entre 1901 y 1934 por la Enmienda Platt, la cual permitía la intervención de Washington en la isla. 

Hacia finales de 1950, las empresas estadounidenses controlaban el 95 % de la inversión extranjera y dominaban el 38 % de la producción agrícola nacional. 

No obstante, los beneficios no se quedaban en el territorio: entre 1948 y 1956, las utilidades de estas corporaciones sumaron unos 700 millones de dólares, de los cuales 600 millones fueron repatriados a sus casas matrices y sólo 100 millones se reinvirtieron en Cuba.

A partir de 1959, el naciente gobierno revolucionario transformó este panorama de despojo, demostrando que la soberanía nacional no era una utopía. La monumental campaña de alfabetización de 1961 redujo el analfabetismo al 3.9 % en sólo un año, abriendo las puertas de las escuelas a ese 44 % de la población históricamente excluido. 

En paralelo, la creación del servicio médico social rural llevó por primera vez doctores y hospitales a los campos cubanos, revirtiendo la histórica centralización de la salud pública. Estas primeras reformas no sólo desmantelaron el modelo de exclusión prerrevolucionario, sino que convirtieron los derechos sociales en el pilar de una nueva dignidad popular, encendiendo así la alarma de los intereses de las clases adineradas que observaban con temor el contagio de este buen ejemplo.

El presupuesto estatal en salud pública aumentó dieciocho veces durante las dos primeras décadas de la Revolución. Esta inversión redujo drásticamente la brecha entre el campo y la ciudad al pasar de sólo un hospital rural en 1958 a 57 en 1978, consolidando una tendencia creciente en la esperanza de vida. 

Este esfuerzo sistemático culminó en logros reconocidos por organismos internacionales, como haberse convertido en el primer territorio en eliminar la transmisión materno-infantil del VIH/SIDA y la sífilis congénita, además de desplegar una sólida colaboración médica internacional. 

A la par de este blindaje social, la isla logró consolidarse como uno de los países más seguros de Latinoamérica y el Caribe; un hecho de tal dimensión que ha sido ratificado incluso por las alertas de viaje del Departamento de Estado de Estados Unidos.

Ese es, precisamente, el buen ejemplo que los centros de poder pretenden extirpar: la demostración de que la clase trabajadora organizada es capaz de dirigir su propio destino de manera armónica. 

La hostilidad de Washington no es nueva. Ya desde los inicios de la Guerra Fría, la diplomacia estadounidense delineó una doctrina en la que las naciones subordinadas debían cumplir la función de proveer materias primas para las potencias capitalistas. 

Bajo esa lógica imperial, si el "virus" de la liberación y la autodeterminación comenzaba a difundirse, era necesario destruirlo de inmediato y "vacunar" a las víctimas potenciales para evitar la propagación de la "enfermedad". 

He ahí el verdadero “pecado” del pueblo revolucionario de Cuba: la osadía de diseñar su propio rumbo sin someterse a mandatos extranjeros.

Lo que ha buscado Estados Unidos, antes y ahora, es la seguridad de la clase alta y las grandes empresas internacionales. Si eso se obtiene mediante mecanismos "pacíficos", bienvenido sea, pero si no, la "amenaza" contra la estabilidad que representa un buen ejemplo debe ser destruida antes de que se propague. 

Al bloqueo histórico de 64 años se le han sumado medidas quirúrgicas orientadas a provocar el colapso total: la persecución de buques petroleros, la asfixia al sector turístico a través de sanciones a Gaesa y la injusta reinclusión de la isla en la lista de patrocinadores del terrorismo. 

El objetivo de Washington al cortar la luz, frenar el transporte y desabastecer los hospitales es demostrar, por la fuerza, que ningún proyecto alternativo al capitalismo dependiente puede ser viable. 

Lo que la ONU califica hoy como una crisis humanitaria inducida no es negligencia, sino el costo de mantener encendido el buen ejemplo frente a un imperio que no tolera la soberanía en su frontera sur.

En síntesis, el bloqueo de más de seis décadas y las recientes medidas de asfixia económica no demuestran la fuerza de Washington, sino su profundo miedo. Lo que el imperio intenta destruir por la fuerza no es solamente una cuestión económica, sino la certeza de que los pueblos oprimidos pueden tomar las riendas de su propio destino. 

Mientras la isla resista, el buen ejemplo seguirá vigente. Los pueblos del mundo, y el de México en particular por nuestra propia historia de lucha, tenemos que mirar la experiencia de Cuba y aprender de su ejemplo de dignidad.

Defender a Cuba no es sólo un acto de solidaridad con una nación hermana, sino la defensa del derecho universal de cualquier sociedad a diseñar su propio rumbo sin pedir permiso a ninguna potencia.

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