• Ante la crisis del modelo capitalista y el acecho imperialista, la unión y organización de los pueblos latinoamericanos es la única vía para defender su soberanía y libertad
Se llama América porque el descubridor del nuevo continente, Colón, se murió creyendo que había llegado a la India, habiendo solamente encontrado una nueva ruta de navegación y nada más; por lo que tocó el mérito al cartógrafo Américo Vespucio el haberse dado cuenta —algunos dicen que no muy conscientemente— de que se trataba de otras tierras desconocidas, de un “nuevo mundo” el cual, en su honor, lleva su nombre.
Educarse, politizarse y organizarse es lo que puede salvar a la sociedad de nuestro tiempo.
Latina, porque el castellano y el portugués (que se habla en Brasil) son lenguas romances que provienen del latín, lengua de la región del Lacio, de donde surge la cultura romana.
América Latina es ese enorme y rico territorio que va del río Bravo, frontera norte de México, hasta la Patagonia, el último jirón de tierra ya en el cono sur del continente.
México es y ha sido parte fundamental de América desde antiguo con sus culturas, sobre todo mesoamericanas, entre las que destacan los aztecas y los mayas, contemporáneas de los incas y otras grandes civilizaciones precolombinas.
Los americanos originarios, y en concreto los latinoamericanos, somos hermanos en varios sentidos; tenemos, además del territorio que es donde se asienta la patria, una historia común, una cultura común y unas raíces comunes, reforzadas con el mestizaje que nos modeló a raíz de la conquista llevada a cabo por españoles y portugueses a nuestra tierra, raza y cultura. Estos provenían de la península ibérica, también con raíces comunes muy fuertes, pues ambos fueron conquistados a su vez, en la antigüedad, por las legiones romanas, y estaban estrechamente emparentadas por la sangre y por la historia común.

Es importante saberlo, desde mi punto de vista, porque ahora que, víctima de las consecuencias de la ley del desarrollo del modo de producción capitalista, la cabeza del imperialismo, o capitalismo monopólico de nuestra época, Estados Unidos, anda desesperadamente desatando guerras por todo el mundo para apoderarse de todo cuanto pueda por la fuerza de sus armas, ha amenazado ya en los días que corren con entrar a América Latina. Lo hace con pretextos irrisorios, si no fueran tan graves sus consecuencias, lo que pone en peligro inminente la soberanía, libertad, seguridad y hasta la vida de los latinoamericanos en nuestra propia tierra.
La amenaza de invadir o “incursionar” en territorio de los estados soberanos —como eufemísticamente lo llaman—, así sea encubiertamente con declaraciones de que va contra los así denominados cárteles o para “restaurar democracias”, es de lo más seria y peligrosa, después de ver lo que está pasando con Venezuela y con Irán, países que para nada han representado nunca amenaza alguna para el mundo moderno y, menos, para la primera potencia bélica en la historia de la humanidad.

Está llegando a su necesario fin por agotamiento el modo de producción capitalista, concentrador de riqueza en manos de los apropiadores de los medios de producción, que para abaratar sus mercancías constantemente y mantenerse competitivos reduciendo los costes de producción e incrementando la productividad del trabajo, invierten incesantemente en medios de producción más sofisticados y complejos. Es decir, en instrumentos y máquinas, lo que se conoce en economía política como capital constante porque no produce nuevo valor, sino que sólo se conserva y se transfiere a las mercancías producidas.
Esto hace que, de la inversión total, disminuya proporcionalmente el volumen del capital variable, que es el destinado al pago de la fuerza de trabajo de los obreros y cuyo nombre le viene por ser un capital que varía, pues no sólo se conserva sino que, además, produce nuevo valor con la puesta en marcha de la fuerza de trabajo en el proceso de producción. Esta, durante la jornada, no sólo reproduce el valor equivalente al que ella misma cuesta para producirse, sino que, además, genera un excedente conocido como plusvalía que, al realizarse mediante la venta de la mercancía que la encierra, aparece como ganancia del industrial.

El crecimiento del capital constante a costa del capital variable, que conduce a la tendencia general decreciente de las tasas de ganancia, ha puesto en crisis el modelo capitalista; la realidad reclama otro modo de producción en el mundo acorde con el desarrollo de las fuerzas productivas actuales.
Lo que vemos es el desfase, la contradicción insalvable entre la socialización mayor de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción basadas en la apropiación privada de los medios con que se produce y de la riqueza producida por la sociedad.
Es el viejo sistema caduco que prefiere hundir al mundo entero si no se le somete como esclavo el que se niega a perecer y dejar su lugar a lo nuevo y mejor. Por eso los pueblos del mundo, y el mexicano entre ellos, deben saber que la forma de conjurar el peligro, de hacer lo que les corresponde en las actuales circunstancias que ya están presentes y tocando a su puerta, es la unión de los pobres, la unión de los pueblos y el frente común de lucha contra la guerra y la barbarie, contra la moderna esclavitud a la que se pretende someter a toda la humanidad para servir a unos cuantos.
Educarse, politizarse y organizarse es lo que puede salvar a la sociedad de nuestro tiempo, antes de que perezca la sociedad entera a manos de esos cuantos.
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