MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

ASÍ PENSAMOS... | El mundo peligra, es la hora de los pueblos

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Este año, miles de alumnos de muchas escuelas en las que tiene presencia el Movimiento Antorchista eligieron como lema de sus respectivas graduaciones la frase: “Es la hora de los pueblos”, que resume el llamado valiente y urgente a que los pueblos se unan, organicen, protesten, resistan y detengan las amenazas imperialistas contra la soberanía de los países, la paz mundial y la vida de todo el planeta en estos tiempos que, sin exagerar, se pueden calificar como los más peligrosos de la historia de la humanidad. 

Que miles de estudiantes, maestros y padres de familia mexicanos lancen ese llamado a que los pueblos despierten, comprendan el peligro y luchen unidos para defenderse es muy relevante en un mundo en el que los poderes dominantes han logrado insensibilizar a miles de millones de personas ante los sufrimientos, injusticias y peligros propios y ajenos, provocados por un sistema de producción basado en la abundante generación de riqueza por los trabajadores, pero sin que esos mismos trabajadores reciban lo mínimo indispensable para comer, vestir, tener casa, curarse, etc., junto con su familia.

Es al mismo tiempo una denuncia contra ese mismo sistema que ha creado la más monstruosa acumulación de riqueza en manos de unos cuantos mega millonarios y sus respectivas corporaciones, algunos de ellos decididos a lo que sea, incluso acabar con las personas y poner en riesgo la existencia de la Tierra, con tal de no perder sus privilegios. Nunca como ahora fue tan verificable la famosa frase de Carlos Marx: “la producción capitalista sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre”.

Desde luego, el peligro actual no se generó en este año ni en este siglo, sino que tiene su origen en el papel que asumió Estados Unidos como cabeza del capitalismo mundial, que puede resumirse en una consigna: convertirse a toda costa en los amos del mundo, acaparadores de mano de obra, materias primas, vias de comunicación y todo lo que se requiera para acumular riqueza, y no detenerse ante ningún adversario que obstaculice ese propósito.

Esa consigna agresiva la podemos leer explicitada desde 1948 en un documento escrito por George Kennan, uno de los pioneros de la Guerra Fría desatada por Estados Unidos contra el campo socialista: “Tenemos alrededor del 50 por ciento de la riqueza del mundo, pero solo el 6.3 por ciento de su población (…) nuestra tarea esencial en el periodo que se aproxima es la de diseñar una pauta de relaciones que nos permita mantener esa situación de disparidad sin detrimento de nuestra seguridad nacional”. También aparece en el discurso del presidente Eisenhower, en 1953: “Pese a nuestra fuerza material, incluso nosotros necesitamos mercados en el resto del mundo para los excedentes de nuestras explotaciones agrícolas y de nuestras fábricas. Del mismo modo, necesitamos, para estas mismas explotaciones agrícolas y fábricas, materias vitales y productos de tierras distantes (…) el destino ha echado sobre nuestro país la responsabilidad del liderazgo del mundo libre”. A tono con eso, el secretario de Defensa, Robert McNamara, escribió en 1963 que tal liderazgo “no podía ejercerse si a alguna nación poderosa y virulenta —sea Alemania, Japón, Rusia o China— se le permite que organice su parte del mundo de acuerdo con una filosofía contraria a la nuestra”. 

Desde entonces, pusieron manos a la obra con más bríos: construyeron 800 bases militares en todo el globo terráqueo, pasaron de tener dos bombas nucleares en 1945 (con las que asesinaron a cientos de miles de japoneses) a tener oficialmente 5 mil 177 bombas repartidas en misiles balísticos intercontinentales en su territorio, submarinos moviéndose en los mares del mundo y en bases militares de Europa. Con ese garrote nuclear y otras armas convencionales en las manos, organizaron guerras, invasiones militares, operaron golpes de Estado, fomentaron “revoluciones de colores”, intervenciones abiertas en las elecciones, bloqueos y sanciones económicas contra países insumisos o apetecibles por sus riquezas naturales y su ubicación geográfica. 

Al iniciar el siglo XXI el tono imperialista se endureció aún más: en 2001, ante un grupo de pilotos de bombarderos, el secretario de Defensa norteamericano Donald Rumsfeld dijo: “Tenemos dos opciones. O cambiamos la forma en que vivimos o cambiamos la forma en que viven los otros. Hemos escogido esta última opción. Y sois vosotros los que nos ayudarán a alcanzar este objetivo”. Dicho y hecho, poco después atacaron militarmente a Irak, Afganistán, Libia y Siria y cercaron con bases militares el territorio de Rusia, hasta que este país respondió en 2022 con la Operación Militar Especial, para impedir que le apuntaran con misiles y eventualmente la dominaran usando las bases militares que la OTAN instalaría en Ucrania.

Consecuente con esa “misión del destino”, en nuestros días, el presidente norteamericano, el millonario Donald Trump dijo abiertamente: “gobierno el país y el mundo”, y cuando se le preguntó si había algún límite que lo contuviera, dijo: “mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme" y "no necesito el derecho internacional". El resultado de esa soberbia para agenciarse recursos naturales, destacadamente petróleo, ha sido el secuestro y encarcelamiento del presidente de Venezuela, mediante marines norteamericanos que también bombardearon Caracas, el asesinato de miles de civiles en Palestina y el bombardeo de Irán, lo que provocó el asesinato de su líder el Ayatola Jameini y cientos de civiles, incluidos muchos niños, además del recrudecimiento del bloqueo contra Cuba y el ahorcamiento comercial de otras naciones mediante sanciones comerciales. 

Pero el mundo ha cambiado y ese afán expansionista y guerrerista enfrenta hoy obstáculos y resistencias formidables, entre los que destacan el gran desarrollo económico, comercial, científico y tecnológico alcanzado por China, que aceleradamente le gana los mercados a Estados Unidos mediante mercancías más baratas e inversiones no leoninas que aumentan su influencia en muchos países. Junto con eso, se alza Rusia como la mayor potencia nuclear, poseedora de un gran ejército, armas de nueva generación, capaces de volar con cargas explosivas, incluidas ojivas nucleares, a una velocidad diez veces superior a la del sonido y muchos recursos enérgéticos que le dan ingresos e influencia.  A su lado, el mundo ha visto emerger el poder militar y la gran resistencia del pueblo iraní, que se ha sobrepuesto al asesinato de su líder, enfrenta con entereza los ataques a su territorio y ha destruido bases militares estadounidenses en la zona del Golfo Pérsico, algo nunca antes visto.

Todas esas resistencias al imperialismo requieren el respaldo de los pueblos del mundo, quienes deben estar dispuestos a movilizarse contra las guerras imperialistas y los bloqueos contra cualquier país. Al hacerlo estarán defendiendo su propio territorio, sus recursos naturales y la vida en el planeta, amenazada por un conflicto con armas nucleares. Por eso, es inmensamente valiente el llamado de los estudiantes a que los pueblos ocupen su lugar en la defensa de su patria y de la humanidad entera. Es la hora de los pueblos.


 

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