La riqueza es la abundancia de recursos más allá de lo necesario para vivir, mientras que la pobreza es la falta de recursos mínimos indispensables. Hay una gran brecha social donde el 1 % más rico acumula la mayoría de los activos, mientras millones en el mundo luchan por cubrir necesidades básicas.
Tal acumulación exacerba problemas como la desigualdad, violencia y falta de desarrollo humano, siendo la diferencia clave la acumulación de capital y la generación de ingresos pasivos versus el flujo lineal de dinero de pobres a ricos.
Con lo que creció el patrimonio de los magnates en el último año se podrían distribuir 250 dólares a todas las personas del planeta y aun así ellos tendrían 500 mil millones de dólares extras.
Las desigualdades matan. Se estima que las desigualdades contribuyen actualmente a la muerte de 21 mil 300 personas al día, es decir, a la muerte de una persona cada cuatro segundos.
Se trata de una estimación conservadora de las muertes ocasionadas por el hambre, por falta de acceso a servicios de salud y los efectos del cambio climático en países pobres, y por la violencia de género, arraigada en sistemas económicos patriarcales y sexistas, a los que se enfrentan las mujeres.
Desde 1995, el 1 % más rico ha acaparado cerca de veinte veces más riqueza global que la mitad más pobre de la humanidad.
“En 2025, la riqueza de los grandes millonarios del mundo creció tres veces más rápido que en los últimos cinco años, con peligrosas consecuencias para las democracias, advirtió Oxfam” (La Jornada, 19 de enero de 2026).

El caso del presidente Donald Trump en Estados Unidos es el ejemplo más claro de cómo el poder económico ha tomado el control político para impulsar agendas regresivas que benefician a un puñado de magnates. “El auge de las oligarquías impacta negativamente en todas las sociedades del mundo”, alertó la organización.
“Oxfam expuso que desde que Trump ganó la elección para un segundo mandato, la riqueza conjunta de aquellos que poseen miles de millones de dólares creció más de 16 % y alcanzó un máximo histórico de 18.3 billones de dólares en el último año. Esto se debe en buena parte a la contribución de Estados Unidos a esta lista de acumuladores, arropados por una administración que redujo impuestos a los superricos, bloqueó avances en cooperación fiscal internacional, revirtió esfuerzos contra el poder de los monopolios y empujó el valor de las acciones ligadas a la inteligencia artificial” (La Jornada, 19 de enero de 2026).

Con casi la mitad de la población mundial en pobreza (menos de 8.3 dólares al día) y una cuarta parte con hambre moderada o grave, el problema ya no se limita al poder de mercado de los magnates y sus empresas ni a la creciente desigualdad, sino a la toma del poder político que legitima agendas regresivas para la mayoría de la población, es decir, en la compra de la democracia.
De acuerdo con Oxfam, los doce magnates más acaudalados del mundo concentran más riqueza que la mitad más pobre de la población mundial, es decir, más que 4 mil millones de personas.
La acumulación se ha acelerado a tal grado que, con lo que creció el patrimonio de los magnates en el último año se podrían distribuir 250 dólares a todas las personas del planeta y aun así ellos tendrían 500 mil millones de dólares extras.

Más allá de la desigualdad, las oligarquías ahora promueven de manera más abierta políticas regresivas a escala global. Además, según cálculos de Oxfam, un potentado tiene 4 mil veces más probabilidades de ocupar un cargo político que cualquier otra persona.
De acuerdo con un informe de la organización internacional para América Latina y el Caribe, de los 109 millonarios que hay en la región, 22 son de México y acumulan una riqueza conjunta de 219 mil millones de dólares, más de un tercio de la que poseen en conjunto todos los potentados de la región.
Esta acumulación se da en medio de sistemas tributarios, no sólo en México, sino en toda América Latina, que gravan con una tasa hasta tres veces mayor el trabajo que las ganancias de capital.
En América Latina y el Caribe la política fiscal recauda poco de forma injusta y profundiza la desigualdad extrema.
Urge que la sociedad se organice y, como un solo hombre, acabar con este flagelo.
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