• El lujo hotelero contrasta con las profundas carencias sociales de las familias trabajadoras
Se presume que Los Cabos es el ejemplo del éxito turístico de México. Más de 4.1 millones de visitantes al año, derrama de más de mil 200 millones de dólares, hoteles donde una noche cuesta más de diez mil pesos.
Pero basta tomar el transporte público y subir quince minutos hacia la periferia para entender la otra cara. Aquí el desarrollo no puede generar la desigualdad que se presenta, hay hoteles de cinco estrellas y a unos kilómetros, colonias populares sin agua, sin luz, sin pavimento.
No es exageración. Datos del Coneval y la Secretaría de Bienestar señalan que cerca del 24 % de la población de BCS, alrededor de 219 mil 600 habitantes, vive en condiciones de vulnerabilidad por carencias sociales; y lo más grave: Los Cabos y La Paz concentran más del 72 % de toda la pobreza del estado.

Mientras los hoteles tienen plantas desaladoras y seguridad privada para turistas extranjeros, en las colonias donde vive la gente que hace posible esa máquina de hacer dinero, las calles son de polvo, los cables cuelgan, no hay drenaje y el agua llega en pipa. Los jardines que los trabajadores riegan con esmero contrastan brutalmente con sus propias casas de lámina.
El modelo turístico-inmobiliario privatizó hasta la planeación urbana; crecimos al doble en 20 años, pero los servicios siguen anclados en el siglo pasado: apagones constantes, desalinizadoras caducas y el agua convertida en negocio. Y lo más indignante: el trabajador que atiende al turista que paga 570 dólares por noche, labora doce horas y gana salario mínimo.
Vemos esta profunda desigualdad donde pagan cientos de dólares por una habitación y las y los trabajadores no tienen vivienda ni transporte.
A unos kilómetros de un desarrollo turístico de primer mundo hay familias sin luz, sin agua potable, niños jugando entre el polvo y la basura.
En BCS incluso aumentó la pobreza extrema, pasando de 1.17 % a 1.22 % según Inegi, mientras a nivel nacional disminuía. ¿Cómo se explica?
Porque el 40 % de toda la pobreza del estado está en Los Cabos, producto del crecimiento desordenado y la migración sin servicios. A unos kilómetros de un desarrollo turístico de primer mundo hay familias sin luz, sin agua potable, niños jugando entre el polvo y la basura.
Hay un contraste muy grande entre lo que se vive en la zona hotelera y esos asentamientos, como lo ha denunciado el propio Movimiento Antorchista.

La desigualdad en Los Cabos no es un accidente, es el resultado de un modelo que prioriza la promoción turística sobre la vivienda digna, el transporte y el agua para la gente. No podemos seguir viviendo así.
Por eso la lucha de colonias, de los trabajadores de hotel que hemos entrevistado, no es sólo por una pipa de agua, es por cambiar ese modelo; es por exigir que el recurso público vaya a donde vive el que sostiene este paraíso.
Porque un paraíso que sólo lo es para unos pocos, no es paraíso. Es desigualdad con vista al mar.
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