MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Niños en la pobreza

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• Unos 60 millones de menores padecen carencias severas por crisis globales y falta de políticas públicas eficaces

Martín Carranza se levanta antes del amanecer para trabajar una pequeña parcela en San Juan de las Huertas, Estado de México. Con la ayuda de dos bueyes y un arado desgastado, siembra el maíz con la esperanza de alimentar a su familia. 

Sin inversión en el campo, sin impulso a la producción nacional, sin mejores salarios, sin escuelas de calidad y sin atención médica, millones de niños continuarán heredando la marginación que padecieron sus padres.

Sin embargo, sabe que el fruto de su trabajo apenas alcanzará para sobrevivir, pues la tierra está comprometida y gran parte de la cosecha servirá para pagar deudas. Al caer la tarde regresa a su humilde vivienda, donde lo esperan su esposa y sus seis hijos con un plato de frijoles y tortillas hechas a mano.

La historia de Martín no es una excepción. Es el retrato de millones de familias campesinas y trabajadoras que, pese a su esfuerzo diario, siguen atrapadas en la pobreza. Lo más grave es que esa pobreza tiene un rostro especialmente doloroso: el de los niños.

Desde hace años, los gobiernos mexicanos prometen que los pobres serán prioridad. Así lo aseguró el expresidente Andrés Manuel López Obrador y el mismo discurso continúa con la presidenta Claudia Sheinbaum. 

Pero la realidad demuestra que los discursos no bastan para cambiar la vida de quienes menos tienen. Los niños siguen creciendo entre carencias, sin acceso suficiente a educación, alimentación de calidad, salud y oportunidades para construir un futuro distinto.

La pobreza infantil no sólo se encuentra en las comunidades rurales. También está presente en las colonias marginadas de las grandes ciudades, donde miles de menores trabajan limpiando parabrisas, vendiendo dulces en los cruceros o, en los casos más dramáticos, son víctimas de redes de explotación, delincuencia y violencia. 

La infancia, que debería ser una etapa de aprendizaje y desarrollo, se convierte para muchos en una lucha cotidiana por sobrevivir.

A esta realidad nacional se suma un fenómeno mundial que agrava aún más las condiciones de vida de millones de menores: los conflictos armados. La guerra no sólo destruye ciudades y cobra vidas; también condena a generaciones enteras a la pobreza.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) ha advertido que el incremento en los precios de los alimentos, la energía y los combustibles, derivado de los conflictos internacionales, especialmente en Oriente Medio, podría empujar entre 18.3 y 23.4 millones de niños más a la pobreza antes de que concluya 2026. 

La crisis económica que acompaña a las guerras afecta incluso a países alejados del conflicto, al reducir ingresos familiares, encarecer productos básicos y obligar a muchos gobiernos a disminuir el gasto social.

Actualmente, alrededor de 60 millones de niños viven en condiciones de pobreza en Oriente Medio y el Norte de África. Países como Siria, Yemen, Líbano y Gaza enfrentan escenarios devastadores donde el hambre, el abandono escolar, el trabajo infantil y los matrimonios forzados amenazan el futuro de millones de menores. Como lo expresó Catherine Russell, directora ejecutiva de Unicef: "La guerra no sólo mata; también empobrece generaciones”.

Pero si en otras partes del mundo la guerra es el origen de la tragedia, en México la pobreza infantil responde principalmente a la ausencia de políticas públicas eficaces para generar desarrollo económico, empleos bien remunerados, infraestructura, servicios públicos y oportunidades para las familias trabajadoras.

Los programas asistenciales pueden aliviar necesidades inmediatas, pero no sustituyen una estrategia integral que permita a las personas salir definitivamente de la pobreza. Sin inversión en el campo, sin impulso a la producción nacional, sin mejores salarios, sin escuelas de calidad y sin atención médica suficiente, millones de niños continuarán heredando las mismas condiciones de marginación que padecieron sus padres.

Resulta preocupante que, mientras miles de organizaciones sociales buscan gestionar obras, escuelas, servicios básicos y apoyos para las comunidades más pobres, desde el poder se les descalifique o incluso se les persiga políticamente. En lugar de sumar esfuerzos para combatir la desigualdad, se privilegia la confrontación y el control político.

El Movimiento Antorchista sostiene desde hace décadas que la pobreza no desaparecerá con discursos ni con programas temporales. Sólo podrá erradicarse mediante una mejor distribución de la riqueza nacional, una economía que genere empleo productivo y un gobierno que coloque verdaderamente en el centro el bienestar de quienes producen la riqueza del país.

Los niños no pueden seguir esperando. Cada año perdido representa una generación con menos oportunidades, menos educación y mayores riesgos de incorporarse al círculo de la pobreza. Un país que abandona a su infancia está comprometiendo también su futuro.

México necesita gobernantes sensibles, capaces de convertir las promesas en políticas públicas eficaces. Porque mientras millones de niños sigan viviendo entre carencias, cualquier discurso sobre justicia social será insuficiente. 

La verdadera transformación comenzará cuando ningún menor tenga que elegir entre estudiar o trabajar, entre comer o soñar con un futuro mejor.

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