La precariedad financiera de los jóvenes artistas mexiquenses evidencia el impacto de los recortes federales al presupuesto de formación comunitaria
El público llega cuando las luces están encendidas y los bailarines listos. Aplaude, se emociona y, al finalizar la función, se retira. Lo que no ve —y lo que el Estado se niega a reconocer— son los meses de ensayo sin pago, los trayectos de más de una hora desde colonias marginadas, los vestuarios comprados a plazos y las jornadas que comienzan antes del amanecer y concluyen entrada la noche. “El público no se da cuenta de lo que pasa tras bambalinas”, dice Alitzel, estudiante de danza, minutos antes de salir al escenario. No habla de romanticismo: habla de sobrevivir.
La escena ocurre en la Escuela de Bellas Artes de Texcoco II “Humberto Vidal Mendoza”, durante las prácticas escénicas de fin de semestre. En el programa figuran danzas otomíes, de tierra caliente, de Sinaloa, Baja California Sur, Jalisco y del Estado de México. Pero fuera del escenario se impone una verdad incómoda: la cultura popular en la entidad se sostiene sin presupuesto público y contra la política oficial de abandono.

El arte como derecho, no como mercancía
Estas escuelas no existen por voluntad gubernamental. Existen porque el Movimiento Antorchista decidió, desde hace décadas, que la cultura no podía seguir siendo privilegio de élites ni mercancía al alcance de quienes tienen dinero para pagar un boleto.
Así nacieron y se sostienen las escuelas de bellas artes de Chimalhuacán, Ixtapaluca y Texcoco, como parte de un trabajo sistemático con jóvenes de origen obrero y campesino, ahí donde el Estado ha renunciado a su obligación constitucional de garantizar el acceso al arte.
César Mercedes Cruz viaja desde Santa Rosa, después de Atenco. Es una hora de trayecto. Otros jóvenes vienen de Ecatepec, Tecámac y Chimalhuacán.
El patrón es claro: la formación artística en la periferia implica tiempo, dinero y desgaste físico, porque los apoyos oficiales simplemente no existen, menos si las autoridades detectan que los alumnos simpatizan con la organización.
Alejandra cursa el primer semestre de la licenciatura en interpretación dancística del folclor mexicano. Conoció la escuela por redes sociales. “Me queda cerca”, dice.
La frase resume una paradoja: en un país donde más del 50 % de los jóvenes ocupados gana hasta dos salarios mínimos —según el Inegi—, incluso lo “cerca” puede ser inaccesible cuando el transporte y los insumos consumen el ingreso familiar.
Cada presentación cuesta. El vestuario supera fácilmente los mil pesos por alumno, por cuadro cultural. A ello se suma maquillaje, accesorios y ensayos. No hay subsidio ni beca; hay cooperación obligada por la realidad. En los hechos, estudiar arte en México es pagar por trabajar.

La paradoja del presupuesto cultural
La contradicción es evidente. De acuerdo con el Inegi, el sector cultural aporta alrededor del 2.8 % del producto interno bruto (PIB) y genera más de 1.4 millones de empleos. Sin embargo, el gasto público destinado a cultura apenas ronda el 0.3 % del PIB, muy por debajo del promedio de la OCDE y, en el gobierno del segundo piso de la Cuarta Transformación, sigue en franco retroceso.
Mientras países como Francia, Alemania o incluso Colombia fortalecen su inversión cultural como política de cohesión social, México optó por el recorte. El Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación 2025 asignó 12,081 millones de pesos al Ramo 48 (Cultura), un recorte de casi 28 % respecto a 2024, el nivel más bajo desde 2017.
Bajo el discurso de austeridad, la cultura fue tratada como un gasto prescindible. En el Estado de México, el impacto es devastador: instalaciones deterioradas y una transferencia directa del costo a estudiantes y docentes.
“Es el colmo que el apoyo sea casi nulo”, afirma Edgar Cid Portillo, director escolar. Cuando hay recursos, se concentran en grandes compañías y proyectos centralizados.

Conciencia y transformación social
Frente a este escenario, el antorchismo sostiene una política cultural propia, basada en la organización popular y el trabajo colectivo. No se trata solo de formar artistas, sino de generar conciencia.
En una muestra de artes plásticas instalada en el Teatro Auditorio Nezahualpilli, se expusieron retratos sobre las desapariciones en México. “El arte va hacia la denuncia social”, explica Manuel Padilla, maestro de la institución. Aquí el arte no evade la realidad: la confronta.
El trabajo de los jóvenes de la EBAT llega a colonias, plazas públicas e iglesias a través de las giras organizadas por el movimiento. La cultura se lleva a donde el Estado no llega.
Durante el cierre de actividades, Jorge Sánchez, responsable del magisterio en Texcoco, recordó a Marx: “No basta con interpretar la realidad, hay que transformarla”.
Es inadmisible, dijo, que la formación artística dependa de rifas y colectas en un país que se precia de su riqueza cultural: “Es revelador que, mientras el presupuesto se reduce, sean organizaciones sociales las que sostienen la educación estética.
¿De qué sirve ser parte de las veinte economías más boyantes del mundo si se condena a los jóvenes creadores a la precariedad? Ensayar, hoy, no es sólo crear: es luchar por una patria más justa”.
0 Comentarios:
Dejar un Comentario