MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Cuando trabajar no significa vivir con dignidad

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• En Aguascalientes existen 309 mil personas en la informalidad laboral

En Aguascalientes se repite con frecuencia que hay empleo, que llegan inversiones y que la economía marcha por buen camino. Pero detrás de esas afirmaciones existe una realidad que no podemos ignorar: para miles de trabajadores, tener un empleo no significa vivir con dignidad. 

Significa trabajar muchas horas, recibir un ingreso insuficiente y, en muchos casos, hacerlo sin seguridad social, sin prestaciones y sin la certeza de que mañana tendrán el mismo sustento.

Debemos dejar de medir el éxito económico solamente por el número de empleos creados: un empleo puede existir estadísticamente y, al mismo tiempo, ser insuficiente para que una familia viva dignamente.

Los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) obligan a mirar esta realidad de frente. Durante el primer trimestre de 2026, Aguascalientes registró 696 mil personas ocupadas, 27 mil más que en el mismo periodo de 2025. 

Sin embargo, 309 mil personas se encontraban en alguna modalidad de empleo informal, equivalente al 44.4 % de la población ocupada. Además, esta cifra significó un aumento de 35 mil personas respecto al mismo trimestre del año anterior.

Casi la mitad de quienes trabajan, por tanto, se encuentran en una situación de informalidad. No estamos hablando de una pequeña parte de la población ni de un problema marginal. Estamos hablando de cientos de miles de hombres y mujeres que todos los días salen de sus casas para ganarse la vida.

Y aquí debemos hacernos una pregunta sencilla: ¿qué clase de desarrollo económico es aquel que necesita del trabajo de la gente, pero no garantiza que ese trabajo se traduzca en bienestar?

El problema no es que las personas quieran trabajar por su cuenta. Muchas familias recurren al comercio informal, a pequeños negocios, a trabajos eventuales, a ventas, servicios y distintas actividades porque necesitan comer, pagar la renta, mantener a sus hijos y resolver los gastos cotidianos. 

El trabajador informal no es el culpable de la informalidad. Es, en buena medida, quien termina pagando las consecuencias de un mercado laboral que no genera suficientes empleos dignos.

El propio Inegi señala que, durante el primer trimestre de 2026, 164 mil personas se encontraban ocupadas en el sector informal. La informalidad, además, aumentó tanto entre mujeres como entre hombres: la ocupación informal femenina pasó de 109 mil personas en el primer trimestre de 2025 a 133 mil en 2026, mientras que entre los hombres pasó de 164 mil a 176 mil.

Es la madre que vende comida para completar el gasto familiar. Es el joven que trabaja sin prestaciones porque no encontró una plaza formal. Es el trabajador que presta un servicio por su cuenta y no tiene asegurada una pensión. Es el pequeño comerciante que abre todos los días y, aun así, vive preocupado porque una enfermedad, un accidente o una mala temporada pueden acabar con los ingresos de varias semanas.

Por eso considero que debemos dejar de medir el éxito económico solamente por el número de empleos creados. Un empleo puede existir estadísticamente y, al mismo tiempo, ser insuficiente para que una familia viva dignamente.

La pregunta correcta debe ser otra: ¿cuánto gana el trabajador?, ¿tiene seguridad social?, ¿cuenta con vacaciones y prestaciones?, ¿puede ahorrar?, ¿puede comprar una vivienda?, ¿puede pagar una consulta médica sin endeudarse?, ¿puede garantizar que sus hijos estudien? Si la respuesta es negativa para cientos de miles de trabajadores, entonces el problema no está resuelto.

Más preocupante todavía es que la economía estatal mostró una contracción anual de 1.7 % durante el primer trimestre de 2026. Las actividades secundarias retrocedieron 5.3 % y las primarias 2.6 %, mientras las terciarias avanzaron 1.5 %. 

Esto demuestra que no basta con presumir la existencia de un aparato industrial importante. Una economía fuerte debe traducirse en mejores condiciones para quienes producen la riqueza.

Desde mi posición considero que Aguascalientes necesita una política de empleo que coloque al trabajador en el centro. No basta con atraer empresas; debemos exigir que las inversiones generen puestos formales, salarios suficientes, estabilidad laboral y respeto a los derechos de quienes producen.

También es necesario atender las causas que empujan a la informalidad. Un pequeño comerciante no debe ser visto únicamente como alguien que evade obligaciones. Antes de señalarlo, debemos preguntarnos qué alternativas reales tiene.

Si una persona no encuentra un empleo formal que le permita sostener a su familia, buscará la manera de sobrevivir.

La solución tampoco puede reducirse a entregar apoyos temporales. Los programas sociales pueden aliviar una necesidad inmediata, pero no sustituyen el derecho de la población a tener un empleo estable y bien remunerado. 

Una familia trabajadora necesita ingresos suficientes y seguridad para planear su futuro, no vivir permanentemente al día.

El problema de fondo es la distribución de la riqueza. Los trabajadores producen, pero una parte importante de los beneficios de esa producción no termina en sus bolsillos. 

Mientras el trabajador tenga que multiplicar sus horas de trabajo para conseguir lo indispensable, mientras una familia dependa de varios empleos para pagar sus gastos y mientras la informalidad siga creciendo, no podemos hablar de bienestar general.

Por eso, combatir la informalidad no significa perseguir al trabajador informal. Significa construir las condiciones para que pueda pasar a un empleo formal sin perder su fuente de ingreso; significa generar oportunidades productivas; significa invertir en infraestructura, educación y capacitación; significa fortalecer a los pequeños productores y comerciantes; y significa, sobre todo, reconocer que el trabajo humano debe estar por encima de la ganancia.

Aguascalientes tiene recursos, trabajadores capacitados, ubicación estratégica e importantes actividades industriales y de servicios. Lo que hace falta es que ese potencial se convierta en bienestar para la mayoría.

No debemos conformarnos con decir que hay trabajo. Debemos preguntarnos qué clase de trabajo existe y para quién sirve la riqueza que ese trabajo genera. Porque trabajar para sobrevivir no es vivir con dignidad.

El verdadero desarrollo será aquel en el que el trabajador no tenga que escoger entre comer, atender su salud, pagar la vivienda o garantizar la educación de sus hijos. Será aquel en el que el esfuerzo de una jornada completa permita vivir decentemente y mirar el futuro con esperanza.

Mientras eso no ocurra, la tarea seguirá pendiente.

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