• 50 mil escuelas sin servicios y 1 millón de alumnos fuera de aulas evidencian rezago crítico
Desde la llegada de Andrés Manuel López Obrador y su partido, Movimiento Regeneración Nacional, al poder, México ha sido escenario de múltiples errores que han impactado gravemente la vida nacional. La falta de resultados en el combate a la pobreza, la escasez de empleos, el deterioro del sistema de salud y la creciente inseguridad son sólo algunos ejemplos.
Mientras que en naciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) se gastan en promedio más de 11 mil dólares por alumno de primaria, en México apenas se alcanzan los 2 mil 933 dólares.
Sin embargo, uno de los sectores más afectados y quizá menos atendidos es el educativo, particularmente en el nivel básico.
Hoy, la educación de millones de niñas y niños mexicanos atraviesa una crisis profunda. Lejos de avanzar, el país parece retroceder a escenarios que evocan la película Simitrio (1960), donde la precariedad educativa era evidente: aulas improvisadas, carencias extremas y estudiantes que acudían a clases sin haber probado alimento. Lo que parecía una representación del pasado, hoy se asemeja peligrosamente a la realidad de muchas comunidades rurales.
En décadas anteriores, México contó con experiencias educativas valiosas como los internados indígenas. Estos espacios no sólo garantizaban educación básica, sino también alimentación, formación técnica y desarrollo cultural.

Jóvenes provenientes de comunidades alejadas aprendían español sin perder su lengua materna, ya fuera otomí, mazahua, zapoteco o mixe, al tiempo que se formaban en oficios como carpintería, herrería o agricultura.
Estos internados eran, además, autosuficientes: los propios estudiantes participaban en la siembra, la crianza de animales y la producción de bienes, generando recursos que incluso les permitían apoyar económicamente a sus familias. La formación incluía también actividades artísticas como música, danza, teatro y declamación, lo que contribuía a un desarrollo integral.
Sin embargo, este modelo desapareció sin una explicación clara. Hoy, ante el evidente deterioro de la educación básica, su reactivación podría representar una alternativa viable para atender a miles de niños que actualmente estudian en condiciones indignas.

El panorama actual es alarmante. De acuerdo con el reportaje “Sueños atrapados en aulas de madera, la deuda educativa de México”, de Fuensante Pérez Orona, más de 50 mil escuelas en el país carecen de servicios básicos como agua potable, electricidad o sanitarios. Cuatro de cada diez planteles no cuentan con al menos uno de estos servicios esenciales.
A ello se suma el abandono escolar, que cada ciclo afecta a cientos de miles de estudiantes. Tan sólo en un periodo reciente, cerca de un millón de alumnos dejaron las aulas: más de 651 mil en educación media superior, 275 mil en secundaria y más de 66 mil en primaria. Estas cifras reflejan una realidad dolorosa: la educación ha dejado de ser una garantía para convertirse en un privilegio.
En materia presupuestal, la situación tampoco es alentadora. México destina apenas el 3.4 % de su Producto Interno Bruto a la educación, cifra inferior a la de años anteriores y muy por debajo de lo que invierten otros países.

Mientras que en naciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) se gastan en promedio más de 11 mil dólares por alumno de primaria, en México apenas se alcanzan los 2 mil 933 dólares.
Estas condiciones colocan a la niñez mexicana en una situación de vulnerabilidad extrema. Miles de historias, como la de “Anita”, reflejan cómo los sueños de superación se ven truncados por factores ajenos a la voluntad individual: pobreza, abandono institucional y falta de oportunidades.
En un país marcado por profundas desigualdades, el futuro de millones de niñas y niños depende no sólo de su esfuerzo, sino de decisiones políticas firmes y responsables. La educación no puede seguir siendo relegada.
Reactivar modelos como los internados indígenas adaptados a las condiciones actuales podría ser una solución efectiva para combatir el rezago educativo y, al mismo tiempo, contribuir a la reducción de la pobreza en comunidades marginadas.
México necesita apostar de nuevo por la educación como motor de desarrollo. De lo contrario, continuará condenado a repetir las escenas de atraso y abandono que alguna vez parecieron parte del pasado.
Porque mientras la educación siga en crisis, el futuro del país también lo estará.
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