• La riqueza de la industria turística estatal contrasta con la realidad de los trabajadores locales
Quintana Roo vive una de las grandes contradicciones de la economía mexicana. Es un estado que genera enormes ingresos gracias al turismo, que recibe millones de visitantes, que atrae inversiones y que año tras año presume el dinamismo de sus hoteles, restaurantes, parques y servicios turísticos.
Sin embargo, detrás de esa imagen de prosperidad existe otra realidad que merece mucha más atención: la de miles de trabajadores que sostienen diariamente esta industria y que enfrentan un costo de vida cada vez más elevado.
La inflación que registra la entidad no debería ser observada únicamente como un dato económico más. Cuando los precios aumentan, quienes tienen mayores ingresos pueden modificar sus hábitos de consumo, pero para una familia trabajadora la situación es completamente diferente.
Para una camarista, un mesero, un cocinero, un trabajador de mantenimiento, una persona dedicada a la limpieza, un chofer o cualquier empleado que depende de un salario y, en muchos casos, de las propinas, cada aumento en los alimentos, la vivienda, el transporte y los servicios representa una presión adicional sobre un ingreso que ya resulta insuficiente para cubrir todas las necesidades del hogar.

Esa es la realidad que muchas veces el gobierno estatal y federal no dice en sus discursos sobre el éxito turístico de Quintana Roo. Se habla de ocupación hotelera, de nuevas inversiones, de la llegada de visitantes y de la derrama económica que genera el turismo, pero pocas veces se habla con la misma intensidad de las condiciones en las que viven quienes hacen posible que todo ese engranaje funcione.
Cada habitación que recibe al turista ha sido limpiada por alguien; cada restaurante que lo atiende tiene detrás a cocineros y meseros; cada hotel que presume sus instalaciones depende de trabajadores de mantenimiento, lavandería, jardinería y seguridad. Son miles de personas cuyo esfuerzo cotidiano sostiene una industria que representa una de las principales fuentes de riqueza del estado.
Porque no puede considerarse suficiente que exista un empleo si el salario obtenido no permite enfrentar dignamente el costo de la vida.
El trabajador puede tener un puesto formal, cumplir una jornada completa y realizar su trabajo con responsabilidad, pero si una parte cada vez mayor de sus ingresos termina destinada a pagar renta, transporte y alimentos, entonces su capacidad económica se deteriora aunque conserve el mismo empleo.
La situación adquiere todavía mayor importancia en Quintana Roo debido al elevado costo que implica vivir cerca de los principales centros turísticos. Muchos trabajadores tienen que buscar vivienda en zonas alejadas porque las rentas en las áreas donde se concentra el empleo turístico resultan inaccesibles para sus ingresos.
Después viene el costo del transporte y las largas horas de traslado para llegar al trabajo y regresar a casa. Es una realidad que pocas veces observa el visitante que llega al hotel, disfruta de la playa y regresa a su país sin conocer las dificultades que enfrenta la persona que lo atendió.
No se puede hablar de prosperidad compartida si quienes generan buena parte de esa prosperidad permanecen en condiciones económicas precarias.
Por eso resulta necesario que el Gobierno de Quintana Roo y el Gobierno de México miren más allá de las cifras generales del crecimiento turístico. La gobernadora Mara Lezama Espinoza y la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo tienen frente a ellas un problema que requiere atención y políticas concretas.
No se trata de cuestionar el turismo ni de desconocer su importancia económica; se trata de garantizar que la riqueza que genera llegue también a quienes diariamente trabajan para producirla.
Quintana Roo necesita una discusión seria sobre vivienda para trabajadores, transporte público, salarios, estabilidad laboral y condiciones de empleo en las zonas turísticas. También es necesario que empresarios y autoridades reconozcan que la competitividad del estado no puede depender indefinidamente de trabajadores que viven bajo una presión económica cada vez mayor.
Una industria turística sólida necesita trabajadores que puedan vivir dignamente, no personas obligadas a dedicar buena parte de su vida a trasladarse entre su casa y su centro de trabajo mientras luchan para que el salario alcance hasta el final del mes.
No se puede hablar de prosperidad compartida si quienes generan buena parte de esa prosperidad permanecen en condiciones económicas precarias. Tampoco es suficiente decir que el turismo crea empleos si no se analiza qué calidad tienen esos empleos y qué capacidad tienen los trabajadores para sostener a sus familias con los ingresos que reciben.

Aquí es donde el discurso debe convertirse en acción. Las autoridades estatales y federales tienen la responsabilidad de escuchar a los trabajadores, conocer de primera mano sus necesidades y establecer mecanismos que permitan enfrentar el encarecimiento de la vida en los principales destinos turísticos.
También corresponde al sector empresarial asumir su parte de responsabilidad y entender que mejorar las condiciones de quienes trabajan en hoteles, restaurantes y servicios no es un obstáculo para el turismo, sino una inversión en la estabilidad y en el futuro de la propia industria.
Los quintanarroenses no debemos conformarnos con ser un simple paraíso, mientras se vuelve cada vez más difícil vivir para quienes nacieron, crecieron o trabajan aquí.
La prosperidad de un destino turístico no debería medirse únicamente por el número de visitantes que recibe, sino también por la posibilidad que tienen sus trabajadores de pagar una vivienda, alimentar a sus familias, trasladarse a sus empleos y construir un futuro con dignidad.
En estas líneas, hago un llamado atento al gobierno del estado para que atienda la situación antes de que el problema se haga todavía mayor. A la gobernadora Mara Lezama y a la presidenta Claudia Sheinbaum corresponde escuchar este reclamo y colocar en el centro de las políticas públicas a quienes durante años han estado detrás de la imagen turística de Quintana Roo.
El turismo puede seguir creciendo, las inversiones pueden continuar llegando y los visitantes pueden seguir encontrando en Quintana Roo uno de los destinos más atractivos de México. Pero hay una condición que no debería negociarse: que el trabajador que sostiene ese paraíso no sea condenado a vivir cada vez más lejos de él, pagando con su esfuerzo el verdadero costo de la prosperidad.
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