MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Lluvias y carreteras en el olvido

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• El deterioro de la conectividad en zonas rurales evidencia impactos en movilidad, acceso a servicios y desarrollo regional

Las lluvias de los recientes días nuevamente han puesto de manifiesto la falta de infraestructura carretera, una problemática que se ha generalizado y agudizado en los últimos años. 

La lluvia en Hidalgo no debería ser sinónimo de aislamiento. La conectividad no es un lujo, es un derecho que habilita muchos más: el acceso a la salud, a la educación. 

En Hidalgo, como en muchas partes del país, cada vez es más difícil encontrar calles que no presenten baches, socavones y cuarteaduras. Cada que hay lluvias en Hidalgo se revela el abandono de su infraestructura carretera. 

La imagen se repite: comunidades enteras que, de la noche a la mañana, se convierten en islas. No es un accidente meteorológico; es la cosecha inevitable de años de desinversión programada. 

Lo que hoy se vive en la Sierra Otomí-Tepehua, la Huasteca o la Sierra Alta no es un episodio de mala suerte, sino una sentencia dictada por la falta de mantenimiento y una política de infraestructura que ha dejado a los pueblos rurales a merced de las condiciones climáticas.

La disminución en inversión carretera en México ha provocado deterioro vial, afectando conectividad, desarrollo y comunidades rurales. 

La inversión privada en infraestructura carretera durante el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador sumó 45 mil 743 millones de pesos, a precios de 2024, lo que significó una caída de 61.5 % respecto al sexenio de Enrique Peña Nieto, según el primer informe de Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. 

La inversión pública en este rubro también retrocedió, alcanzando 296 mil 414 millones de pesos, lo que implicó una contracción de 39.7 % frente al sexenio anterior.

Un análisis de la Dirección General de Conservación de Carreteras (DGCC) de la SICT indica que el Índice de Rugosidad Internacional malo de Hidalgo, a 2024, es de 42 %. 

Este parámetro mide la regularidad superficial del pavimento e indica un mal estado de las carreteras, con baches y baja comodidad, que se convierte en una experiencia cotidiana de circulación incómoda e insegura. 

Este 42 % de “rugosidad mala” es, en esencia, una radiografía de un sistema vial en estado crítico, un testimonio científico del abandono que luego las lluvias se encargan de dramatizar con deslaves e incomunicación. 

Esta situación se presenta no sólo en Pachuca, sino en las regiones serranas de Hidalgo como la Sierra Otomí Tepehua, la Sierra Alta y la Huasteca, así como a nivel nacional. El desplome presupuestal se tradujo, en todo el país, en una red vial que envejeció mal, sin el soporte necesario para enfrentar no sólo el desgaste cotidiano, sino los embates, cada vez más intensos, del clima. 

Hidalgo, con su compleja geografía serrana, se convirtió en uno de los pacientes más vulnerables de esta anemia financiera.

La fragilidad de la red vial hidalguense es tal que incluso lluvias que en otras latitudes serían manejables se convierten en catástrofes. Lo que subyace a cada deslave y a cada puente colapsado es una explicación estructural que trasciende el evento climático. 

La falta de inversión en mantenimiento preventivo y correctivo ha creado una especie de “deuda de asfalto” que ahora se cobra con intereses. Los caminos rurales, muchos de ellos de terracería o con pavimentos en estado crítico, son los más vulnerables. 

La ausencia de cunetas adecuadas, de muros de contención o de un drenaje eficiente hace que la lluvia deje de ser un fenómeno natural para convertirse en un agente destructor imparable.

Mientras tanto, el gobierno de Claudia Sheinbaum ha anunciado un ambicioso programa de inversión carretera por 315 mil 331 millones de pesos, con obras de reconstrucción que iniciarían en abril de 2026 en las zonas afectadas, incluyendo 68 puentes y cientos de kilómetros de caminos en Hidalgo. 

La pregunta e incertidumbre en que viven los afectados es si esta inyección de recursos será suficiente para revertir una inercia de años y, sobre todo, si se traducirá en un mantenimiento constante y no sólo en costosas reconstrucciones posdesastre.

La lluvia en Hidalgo no debería ser sinónimo de aislamiento. La conectividad no es un lujo, es un derecho que habilita muchos más: el acceso a la salud, a la educación. 

La reconstrucción de Hidalgo no debe limitarse a quitar el lodo del camino, sino a construir, por fin, una red vial que resista tanto las lluvias del cielo como las tormentas de la desidia presupuestal.

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