El actual sistema político oculta la brecha económica que sufren miles de mexicanos
Mucho se han de regocijar, reír, burlarse o carcajearse a mandíbula batiente los que saben perfectamente el verdadero significado y contenido de la democracia actual. A todos se nos ha hecho creer, y se nos repite machaconamente todos los días y de todas las formas posibles, que vivimos en el mejor de los mundos: un país democrático en el cual nos debemos mantener a costa de cualquier cosa, incluyendo la vida misma.
El voto ya no es tan libre, sino que tiene un precio que es usado para llevar al poder al candidato que tenga los medios para comprarlo; la tan famosa igualdad social se ha convertido en mercancía.
Es decir, se nos alecciona en el sentido de que, si alguien pretende cambiar el sistema "democrático" en el que hemos vivido y vivimos, hay que enfrentarse con él, hasta con las armas, e impedir que pueda pensarse, y mucho menos llegar, a un régimen que no sea democrático como el nuestro, pues en él somos iguales todos, pues a la hora de votar nuestro sufragio vale lo mismo que cualquier otro y, por esa razón, nuestro sistema económico social es de los mejores del mundo.
Esta base de argumentación de los apologistas de la democracia es teóricamente agradable y atractiva, pero no se sustenta ni justifica en términos prácticos.
En primer lugar, porque nuestro voto no es total y absolutamente libre, pues está condicionado por la falta de conciencia y de conocimiento del candidato y las opciones políticas que se nos presentan en cada momento de elección. Casi siempre desconocemos al candidato que se nos propone y mucho menos los principios, programa y estatutos del partido que lo postula.

En segundo lugar, porque, si bien es cierto que cada persona es dueña de su voto, este es coaccionado, inducido y comprado por quienes tienen recursos materiales o dinero para comprarlo.
Es decir, el voto ya no es tan libre, sino que tiene un precio que, al ser pagado, es usado para llevar al poder a tal o cual candidato que tenga los medios para comprarlo. O sea, los poseedores de este se ven obligados a venderlo como una mercancía cualquiera y el que tiene dinero lo paga.
La tan famosa igualdad social se ha convertido en mercancía: el que tiene dinero la paga, se queda con ella para usarla a su arbitrio y el que la vende se queda sin ella. Se ha perdido la igualdad.
Pero lo que verdaderamente me interesa resaltar en esta ocasión es que, aun suponiendo que nuestro voto valiera igual y que, por lo tanto, en ese sentido fuéramos iguales, dicha igualdad es muy limitada. Es una pobre, ridícula y miserable igualdad.

Suponiendo, como he dicho, que en el voto fuéramos iguales, ¿en el terreno de la educación, de la cultura, del empleo y su remuneración, de la salud, de la justicia y de tantos otros aspectos de la vida humana somos iguales?
La verdad es que no, en todos estos aspectos existe la más escandalosa desigualdad; hay un espantoso abismo entre las clases sociales y los diferentes sectores que la conforman.
En el terreno de la cultura, ¿los pobres de México saben de literatura, conocen los buenos libros, como La Ilíada, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Guerra y paz, Los hermanos Karamazov, etcétera? ¿Y los pueden adquirir? ¿Alguien les ha explicado la importancia de este arte?
En cuanto al teatro, los colonos, campesinos, obreros y sus hijos, ¿han leído a los grandes dramaturgos como Federico García Lorca, Esquilo, Bertolt Brecht, Shakespeare, etcétera? ¿Han podido acudir alguna vez a la ópera y admirar "Nabucco", "Carmen", "La traviata", etcétera? ¿Han podido y pueden viajar al extranjero, visitar los grandes museos y conocer "La Mona Lisa", "Guernica", "La creación de Adán", "Las meninas", etcétera?

¿Pueden o han degustado alguna vez la gastronomía del Estado de México, Puebla, Oaxaca o Yucatán? ¿De los estados del norte o de otras partes del mundo?
Y en el terreno de la salud, ¿pueden los hijos de los campesinos, colonos u obreros acceder a un hospital como el "ABC" o a médicos particulares el día y la hora en que lo necesiten?
No. Todo mundo sabe que no. A los pobres de México nadie los auxilia, ni en enfermedades sencillas ni en los gravísimos problemas de salud como el cáncer o la diabetes.
En cuanto a la educación la situación es similar, la inmensa mayoría de la población mexicana en edad de estudiar sólo puede acceder a escuelas públicas, las cuales tienen, por cierto, miles de carencias de aulas, computadoras, mobiliario, etcétera, mientras que los hijos de los pudientes económicamente estudian en escuelas particulares y en universidades extranjeras. Y la justicia mexicana, ¿es igual para todos? Todos sabemos que no.
En consecuencia, la democracia mexicana habla de igualdad, pero esta es solamente en el terreno político, y con las limitantes señaladas más arriba. En ese sentido somos iguales en lo mínimo y absolutamente desiguales en lo que verdaderamente importa, en lo que atañe a los satisfactores que la vida humana verdaderamente debería lograr y garantizar.
Ese tipo de democracia es solamente conveniencia para los poderosos, y por eso se burlan cuando engañan a la población diciéndole que tienen que defender la democracia cuando esta es solamente privilegios para ellos.
Los pobres de México deben tener conciencia de la forma en que se les manipula y engaña en beneficio de los que verdaderamente son dueños del sistema.
0 Comentarios:
Dejar un Comentario