• Un recorrido por el mercado viejo revela cómo quintanarroenses recortan compras básicas ante el alza constante
Eran cerca de las 6 de la mañana cuando doña María Esther salió de su casa de Fraternidad Antorchista de Chetumal rumbo al "mercado viejo". Llevaba en la mano su sabucán, su chan cartera y una lista escrita a mano con los productos que necesitaba comprar para la semana. Como todos los lunes, había separado una cantidad de dinero para adquirir lo necesario para preparar la comida de su familia.
Para las familias, comprar alimentos ya no significa únicamente elegir lo que desean llevar, sino determinar qué pueden pagar.
El camino hacia el "mercado viejo" era el de siempre. En las calles se escuchaban los motores de los automóviles y el sonido del silbido de los agentes de tránsito, el ruido de los vendedores que comenzaban a instalar sus puestos a orillas del mercado y el ir y venir de las personas que buscaban conseguir los mejores precios. Para doña María Esther, sin embargo, cada visita al mercado se había convertido en una preocupación.
Al entrar, sacó su chan cartera y empezó su recorrido por los primeros puestos observando las frutas y verduras. Los colores llamativos de los productos contrastaban con los rostros serios de algunos compradores, quienes, al preguntar los precios, terminaban comparando en los distintos puestos o regresando algunos productos a su lugar.
Doña María Esther se acercó al primer puesto de verduras.
"Oiga, don, ¿a cuánto está el kilo de tomate?", preguntó.
El vendedor le dio el precio. Ella guardó silencio durante unos segundos, abrió su cartera y contó el dinero que llevaba.
"¿Y no lo tiene un poco más barato?", preguntó con esperanza.
El comerciante negó con la cabeza.
"Lo siento, mamita, es lo que me está costando traerlo del centro del país. Es tomate de México, también a nosotros nos han subido los precios", respondió.
Al final, doña María Esther compró solamente un kilo, aunque su intención era llevar dos. Después continuó con su lista. Necesitaba arroz, frijoles, aceite, huevos, azúcar y algunas verduras. Sin embargo, conforme avanzaba de puesto en puesto, comenzó a darse cuenta de que el dinero no sería suficiente para llevar todo.
Frente al puesto de los huevos volvió a sacar su cartera.
"Antes compraba una caja completa", comentó al vendedor mientras miraba los precios, "ahora tengo que pensar si llevo todos o sólo los que alcancen".
El vendedor, acostumbrado a escuchar comentarios similares, negó con la cabeza y dirigió su mirada al suelo.

La señora siguió caminando entre los pasillos del mercado. A su alrededor, otras personas hacían cuentas, preguntaban precios y comparaban productos. Algunos compradores buscaban marcas más económicas; otros reducían las cantidades que acostumbraban llevar.
Doña María Esther llegó finalmente al puesto donde vendían arroz, frijol y aceite. Tomó una botella de aceite y la observó durante unos segundos antes de colocarla nuevamente en el estante. Después eligió una presentación más pequeña y la más económica.
"En estos tiempos de la 4T hay que llevar más para que alcance", dijo con desdén.
Su lista de compras comenzó a llenarse de tachaduras. El aceite que había pensado comprar tendría que ser de menor tamaño. En lugar de dos kilos de frijol, llevaría uno. Las frutas quedarían para otra ocasión y la carne de res, pescado y leche tendrían que esperar hasta la próxima semana, si bien le iba.
Después de casi una hora de recorrer el mercado, doña María Esther se apostó en un rincón con unas cuantas bolsas. Miró nuevamente su lista y comprobó que todavía faltaban muchos productos por adquirir.
"Ya no me alcanzó para todo, no cabe duda de que salario raquítico e inflación no son buenos hermanos", dijo mientras guardaba algunas compras. "Uno viene pensando que con cierta cantidad de dinero va a llevar muchas cosas, pero cuando empieza a comprar se da cuenta de que no es así".
Afuera del mercado, el sol comenzaba a sentirse con mayor intensidad en este tiempo de verano. Doña María Esther acomodó las bolsas en sus manos y emprendió el regreso a casa. Había logrado comprar algunos de los productos indispensables, pero tendría que pensar cómo distribuirlos para que alcanzaran durante toda la semana.

En el camino de regreso recordó que años atrás podía llenar varias bolsas con la misma cantidad de dinero.
"Ahora, por culpa de Claudia Sheinbaum y su 'gobierno humanista' que nos prometió 'prosperidad compartida' pero sólo fue cuento, como el de Pinocho, antes de comprar, debo comparar precios, reducir cantidades y priorizar qué productos llevaré a la alacena", dijo.
La experiencia de doña María Esther se repite cada día en miles de hogares quintanarroenses. El aumento del precio de los productos de la canasta básica ha convertido una actividad cotidiana, como ir al mercado, en un ejercicio constante de cuentas y decisiones. Para las familias, comprar alimentos ya no significa únicamente elegir lo que desean llevar, sino determinar qué pueden pagar.
Mientras tanto, el "mercado viejo" continúa con su movimiento habitual. Los vendedores ofrecen sus productos, los compradores preguntan precios y los sabucanes entran y salen de los puestos.
Pero detrás de cada compra hay una historia distinta: familias que buscan ahorrar, comerciantes que también enfrentan mayores costos y personas que, como doña María Esther, tienen que hacer rendir cada peso que ingresa a su chan cartera.
Al llegar a su casa, la señora colocó las compras sobre la mesa. Miró lo poco que había conseguido y después volvió a revisar su lista.
Había productos que faltaban, pero es inicio de semana y ya no podía gastar más; hay otras prioridades.
"Ni modo", dijo, mientras comenzaba a guardar las cosas. "Habrá que hacer que alcance el dinero. Se avecinan las elecciones; aquí en la puerta de mi casa esperaré a esos del chaleco guinda en su andar de cada tres o seis años y les recordaré sus promesas incumplidas". Y así, con una lista incompleta y el presupuesto agotado, comenzó a preparar la comida del día.
Para María Esther, regresar del mercado ya no significaba solamente haber hecho las compras de la semana. Significaba también haber ganado, una vez más, la difícil batalla de hacer rendir el dinero frente al aumento de los precios desmedidos de la inflación que no tiene hora ni día para que se detenga y disminuya.
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