• Más de 2 mil kilómetros de caminos y 28 puentes prometidos siguen sin concluirse
Ocho meses después de que la vaguada monzónica devastara la Sierra Otomí-Tepehua, las comunidades siguen en riesgo; ahora muchas de ellas, con las recientes lluvias, nuevamente estuvieron incomunicadas. La tormenta tropical Boris acaba de evidenciar que los puentes provisionales no resisten y el plan de reconstrucción tan anunciado sigue ausente; así, los anuncios multimillonarios se esfuman y el gobierno prefiere gastar en paliativos que en soluciones definitivas.
La geografía no es excusa cuando hay voluntad política, presupuesto bien invertido y, sobre todo, un Estado que no está secuestrado por los intereses privados.
Porque el problema de la Sierra Otomí-Tepehua, la Huasteca y, en general, las regiones serranas de México no es sólo la geografía ni el clima, sino la falta de voluntad política, la falta de gobiernos realmente preocupados por sacar del rezago y la pobreza al pueblo. Y hay contrastes que lo demuestran: mientras en México las autoridades lamentan lo “accidentado” del terreno para justificar su negligencia, en otros países se construyen carreteras que atraviesan pantanos, montañas y permafrost con una tecnología y una determinación que aquí parecen desconocerse.

China es uno de los ejemplos más contundentes. Ese país tiene una geografía que haría palidecer a cualquier ingeniero mexicano: el Himalaya, mesetas a más de 4 mil metros, valles profundos, regiones enteras incomunicadas por siglos. Sin embargo, para finales de 2024 había construido 4.64 millones de kilómetros de carreteras rurales, conectando más de 500 mil aldeas.
El 94.8 % de esas vías son de calidad buena o media. ¿La diferencia? Muy simple: el gobierno chino invirtió 4.3 billones de yuanes unos 598 mil millones de dólares en una década, bajo un mecanismo de financiamiento público. No justificaron su inacción con la “complejidad del terreno”.
Sencillamente, planificaron, invirtieron y construyeron. Inauguraron en septiembre de 2025 el puente colgante más alto del mundo, a 625 metros sobre el abismo del Gran Cañón del Huajiang.

El caso ruso es igualmente aleccionador. La autopista M-11, que conecta Moscú con San Petersburgo, atraviesa vastas zonas pantanosas con suelos blandos que alcanzan más de 38 metros de profundidad. ¿La solución? No fue poner una losa de concreto sobre el lodo y rezar; fue aplicar tecnología de explosión dirigida para consolidar el terreno, cimentación sobre pilotes, sistemas de drenaje extensivos y hasta plantas de tratamiento para purificar la escorrentía.
Utilizaron rellenos con material granular drenante, alcantarillas pluviales y una tecnología patentada de drenaje intensivo. El resultado: una autopista moderna que redujo el tiempo de viaje a cinco horas, construida en terrenos que aquí calificarían de “imposibles”.
¿Qué nos dicen China y Rusia? Que la geografía no es excusa cuando hay voluntad política, presupuesto bien invertido y, sobre todo, un Estado que no está secuestrado por los intereses privados.

En nuestro país, el gobierno federal presumió un plan de reconstrucción de más de 8 mil millones de pesos para la sierra hidalguense. Prometió 28 puentes nuevos y la rehabilitación de 2 mil kilómetros de carreteras.
Hoy, el puente provisional de Zicatlán colapsó, las comunidades de Huehuetla, San Bartolo Tutotepec y Tenango de Doria están incomunicadas; y tras la tragedia de octubre de 2025, los recursos que llegaron fueron despensas y depósitos bancarios de unos pocos miles de pesos. ¿Y las carreteras dignas, para cuándo?
Esa es la lógica para las clases dominantes: el asistencialismo es más redituable que la inversión estructural. Porque las despensas y los programas de transferencias monetarias compran votos baratos, generan clientelas políticas y no amenazan los intereses de los grandes capitales.

En cambio, construir una carretera digna, un puente definitivo o un sistema de drenaje en una región pobre no es “rentable” para sus intereses.
Lo que la Sierra Otomí-Tepehua necesita no son más programas de transferencias monetarias; necesita, en lo inmediato, como hemos exigido desde el Movimiento Antorchista, la reconstrucción definitiva del puente del río Pantepec en Zicatlán y, como se requiere en gran parte de las carreteras de las regiones serranas del país, un plan integral de infraestructura que garantice que las comunidades serranas dejen de ser rehenes de la geografía y el clima.
Los pueblos serranos de México merecen carreteras pavimentadas, puentes que no se caigan con la primera lluvia, sistemas de drenaje que eviten deslaves.
Para hacer esto realidad, se requiere un cambio profundo: un gobierno que priorice la vida de los trabajadores por encima de las ganancias de los empresarios. Un gobierno que entienda que la infraestructura no es un gasto, sino condición para la dignidad humana.

Porque, como el estudio “El código de alivio selectivo de la pobreza en China: una perspectiva geográfica” revela:
“La pobreza está estrechamente relacionada con la geografía, particularmente con las ‘trampas de pobreza espacial’ de áreas montañosas remotas o áridas y semiáridas.
El empobrecimiento rural es un fenómeno social complejo causado por la escasez de elementos y los trastornos estructurales. Las áreas afectadas por la pobreza son una categoría especial de espacios geográficos”.
Para que cientos de comunidades serranas de nuestro país no vivan en constante riesgo de inundaciones, deslaves o incomunicación, para sacarlas de la pobreza, se requieren gobiernos distintos: un gobierno que realmente trabaje para las mayorías. Así, no basta esperar; gobiernos de distintos colores han pasado y la pobreza y el riesgo para los pueblos no hacen más que agravarse.
Hay que construir, desde abajo, el poder popular que haga posible lo que hoy parece imposible: carreteras dignas en la sierra y, en última instancia, la erradicación de la pobreza en nuestro país.
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