El secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y de la primera dama por parte de Estados Unidos, así como las nulas acciones de la comunidad internacional ante tales atropellos, demuestran que los pueblos están indefensos ante el poder del imperio.
La Organización de las Naciones Unidas, hasta la fecha, no ha demostrado tener capacidad para mantener la paz mundial: más allá de pronunciamientos de indignación, no se ha modificado nada y hay pocas probabilidades de que haga algo.
La ley se maneja a criterio del poder: se fabrican delitos, acusaciones falsas sólo para justificar la intervención armada y tener a Nicolás Maduro como rehén para así obtener beneficios.
Los gobiernos latinoamericanos poco pueden hacer ante la fuerza del enemigo, aunque siempre ha resaltado el papel de denuncia de las agresiones imperialistas de países como Brasil, Colombia y Cuba, que han sido punta de lanza en la lucha contra la dominación imperial. Sin embargo, jefes de Estado de Argentina, el electo Kast y Noboa en Ecuador han demostrado su apoyo a la violación del derecho internacional.
Las potencias como China, Rusia o los Brics no vendrán en salvación de Venezuela, pues cada uno de ellos tiene intereses particulares para con su población; no estamos ante un internacionalismo proletario. Sin embargo, su existencia misma ha puesto algunos límites al poder estadounidense.
Aunado a esto, nos enteramos de que el motivo por el que se acusaba al presidente venezolano, el de ser líder del cartel de los Soles, se desvanece, pues la justicia gringa ha confirmado que tal organización no existe, con lo que se confirma un secuestro.
Esto nos dice que la ley se maneja a criterio del poder: se fabrican delitos, acusaciones falsas sólo para justificar la intervención armada y tener a Nicolás Maduro como rehén para así obtener beneficios. Típico proceder de secuestradores. El desarrollo de los hechos nos dirá cuál es el destino del mundo.
En nuestro país, por otro lado, la clase política demuestra una vez más que está dispuesta a vender la soberanía nacional con tal de beneficiarse. Los partidos políticos demuestran que no tienen vínculo alguno con los intereses de las grandes mayorías.
No sólo los pueblos latinoamericanos están en peligro; en todo el mundo se deja ver la belicosidad de Estados Unidos, arrastrando a todos los países a una crisis de la que, de darse, difícilmente puedan salir cosas buenas.
En América Latina las masas deben seguir luchando por defender sus intereses, organizarse y luchar en contra de las clases dominantes que hoy piden a gritos que sean invadidos más países, sabiendo que ellos están completamente seguros, pues fácilmente pueden salir huyendo, sin importar que los pobres de cada país deban quedarse a sufrir.
Si en América Latina algo ha logrado mantener a gobiernos revolucionarios como el de Venezuela en el poder, ha sido el apoyo popular. No sólo en Venezuela, sino en Bolivia también fue la movilización popular lo que mantuvo de pie al MAS y no fue sino hasta que desde adentro del movimiento mismo se fracturó que la derecha retomó el poder.
Por lo tanto, ante la amenaza imperial, poco se puede esperar de la clase política dominante; la única forma de defender la patria es la organización popular.
Recordemos la comuna de París: cuando las clases dominantes francesas decidieron entregar París, los obreros la defendieron y recibieron a cambio la traición de sus propias autoridades, quienes la entregaron al gobierno prusiano.
Así, la clase trabajadora latinoamericana está sola, pero su poder es inmenso, sabiéndose organizar.
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