Después de pretender justificar la captura acusando al presidente Maduro de dirigir una supuesta organización de narcotraficantes, el Cartel de los Soles, Estados Unidos ha reconocido implícitamente que el dichoso cártel no existe. Fue una fabulación suya.
Con todo cinismo, el fiscal retiró esa acusación, supuesto motivo del secuestro; en congruencia, el líder venezolano debería ser puesto en libertad de inmediato. Esto si existieran la legalidad y la justicia.
La inmensa mayoría no quiere ver a su país involucrado en una guerra duradera, donde sus hijos vayan a morir, como ocurriría, según expertos, en caso de una invasión terrestre.
En tono triunfalista, Trump afirma que ahora él gobierna Venezuela, que expulsará a China, Rusia, Irán y Cuba y cortará toda relación económica con esos países. Esto como por ensalmo, sólo por una orden suya, absurda.
Venezuela, dice, debe tener a Estados Unidos como socio único en la producción petrolera y en las relaciones comerciales: en una palabra, debe ser una colonia. El objetivo, pues, va más allá del petróleo: se pretende expulsar de Latinoamérica, por la fuerza, a las potencias que le compiten en el mercado.
Para dar visos de credibilidad a su dicho, Estados Unidos ha lanzado una campaña mediática de confusión y desprestigio contra la revolución bolivariana y sus líderes, insistiendo en que hubo y sigue habiendo traición a Maduro.
Para advertir el carácter mendaz de esta campaña son muy útiles el contexto, el curso de los acontecimientos y las declaraciones del liderazgo bolivariano. Pueden ayudar a entender lo ocurrido las palabras del diputado Nicolás Maduro Guerra, hijo del presidente, quien afirmó que hubo traidores que ayudaron a la captura de su padre.
Pero él no implica al actual gobierno. Al respecto, el 10 de enero, el mismo diputado Maduro Guerra declaró: “Seguimos sus instrucciones [del presidente preso]: el hijo de Maduro confirma la continuidad del rumbo del país con las ideas de su padre […] declaró que el actual liderazgo bajo Delcy Rodríguez está ejecutando el Plan de la Patria previamente aprobado por el presidente Nicolás Maduro en diciembre. Todos nosotros estamos siguiendo sus instrucciones; él dejó la línea marcada, precisó, y aseguró que Venezuela se va a mantener firme y a la espera del regreso de su presidente secuestrado” (Sputnik).

En cuanto al curso de los acontecimientos, si ya Venezuela se sometió a Washington, ¿por qué este mantiene el cerco naval? Por otra parte, Venezuela sigue vendiendo petróleo a Cuba, a pesar de la “prohibición”: “Venezuela refrenda lazo con Cuba tras amenazas de Estados Unidos. La nación sudamericana reiteró su vínculo con La Habana […] refirió el Gobierno venezolano en un comunicado” (Sputnik, 11 de enero).
Esto refuta la tesis de un gobierno títere. Así las cosas, la situación para Trump no es nada fácil. “Como reconocen varios think tanks estadounidenses, ‘el éxito operativo inicial contrasta con la complejidad estratégica que se avecina’” (Rebelión, 7 de enero).
En lo interno, Trump tiene a la opinión pública en contra. Según encuesta de Ipsos, en una década el número de ciudadanos que consideran que su país es líder moral del mundo “se ha desplomado […] sólo el 39 % de los encuestados afirmó que cree que Estados Unidos es el líder moral del mundo, una caída de 21 puntos porcentuales respecto al 60 % que lo creía así en 2017” (Forbes, 9 de enero).
La inmensa mayoría no quiere ver a su país involucrado en una guerra duradera, donde sus hijos vayan a morir, como ocurriría, según expertos, en caso de una invasión terrestre.
En esas circunstancias, pero necesitado del petróleo venezolano, Estados Unidos recurrió, como opción táctica, a tomar como rehén al presidente, para usarlo como carta de negociación con Venezuela y también con China y Rusia.
Para reforzar la presión, Estados Unidos ofrece recompensas por la captura de Diosdado Cabello, ministro del Interior, y por Vladimir Padrino, jefe del Ejército. En línea con esto, para restar a Venezuela apoyos externos en Latinoamérica, Trump amenaza con “intervenciones” terrestres en México y Colombia.

Seguramente Venezuela está negociando, para salvaguardar los intereses y la seguridad nacionales, lograr la liberación del presidente y evitar una guerra frontal total que le resultaría muy dolorosa. Y Estados Unidos también necesita negociar, pues sabe el costo político y económico que pagaría en una guerra total.
En primer lugar, como ya dijimos, la opinión pública rechaza una aventura así; segundo, la aprobación al gobierno actual ha caído a niveles amenazantes; tercero, en el Congreso aumentan las fuerzas opuestas a la guerra: han prohibido a Trump emprenderla sin autorización del Congreso; cuarto, porque, como decía Alexander Lukashenko, presidente de Bielorrusia, una guerra con Venezuela se convertiría en otro Vietnam.
En Venezuela hay un pueblo organizado en una fuerte estructura territorial, con un liderazgo experimentado, con una clara conciencia del peligro que corre su patria y dispuesto a defenderla. Y lo está haciendo con grandes movilizaciones.
Por último, la oposición al chavismo se ha desdibujado y, en contraparte, el apoyo social al gobierno ha aumentado después del ataque. Por todo eso, sin dejar su discurso amenazante para exhibir fuerza, Trump está obligado a negociar.
El 7 de enero, Petróleos de Venezuela, S. A. confirmó que hay negociaciones sobre volúmenes de venta de petróleo: “en el marco de las relaciones comerciales que existen entre ambos países”. Pero no es lo mismo que haber entregado el control total del petróleo como Trump pretende.
Su retórica triunfalista es simplista, para dar apariencia de dominio total de la situación, algo que está muy lejos de ser cierto. Trump prometió a las petroleras (varias de ellas generosas donantes para su campaña) concederles el control total del petróleo venezolano, pero las cosas se complican.
El viernes 9, él se reunió con los jerarcas petroleros, y los invitó a invertir 100 mil millones de dólares en Venezuela. Y sí, los directivos están ansiosos por dar el zarpazo… pero no son ingenuos. Miden el riesgo.
Las aseguradoras se muestran pesimistas y muy cautelosas ante las perspectivas de ocupar Venezuela con el gobierno bolivariano en el poder, y, según especialistas, es esperable que apliquen primas de riesgo mucho más elevadas ante la incertidumbre de que Estados Unidos pueda controlar la situación.

Por su parte, “Exxon califica a Venezuela como ‘no apta para invertir’ pese a la presión de Trump. El presidente ejecutivo, Darren Woods, dijo en la reunión en la Casa Blanca que la compañía considera que Venezuela es actualmente ‘ininvertible’ […] Nos han confiscado nuestros activos allí dos veces, así que pueden imaginarse que volver a entrar una tercera vez requeriría algunos cambios bastante significativos” (GBM).
Así, “La reunión creó una dinámica incómoda para las compañías petroleras que desmiente las predicciones de Trump de una abundante producción venezolana bajo control estadounidense” (Bloomberg, 9 de enero).
El contexto económico global también es adverso para Washington. Su problema de fondo es estructural, sistémico: es su decadencia económica. No puede generar en su propia economía nacional la plusvalía que sus empresas esperan. Ha saturado su mercado interno y en el mundo han surgido competidores, como Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, que lo desplazan. Y con medidas superestructurales (legales, políticas o militares) no se revierten esas tendencias que son, por así decirlo, telúricas.
La respuesta de China, firme aliado y socio de Venezuela, no se hará esperar, pues contra ella también va la embestida. Y el contragolpe pegará donde Estados Unidos es más vulnerable: en la economía y las finanzas.
China tiene muchas palancas que mover en ese ámbito, y seguramente lo hará. En su momento y en la forma apropiada, Rusia, aliado estratégico de Venezuela, responderá también.
El coloso asiático ha adquirido una fuerte presencia económica en Latinoamérica (de ello ofrecimos suficiente evidencia en colaboración anterior). En consecuencia, varios países se cuidarán mucho de sumarse de manera ostensible a su expulsión.
La portavoz de la cancillería, Mao Ning, declaró: “China y otros países tienen derechos legítimos en Venezuela, que deben ser protegidos” (RT, 10 de enero). Durante mucho tiempo se ha construido una extensa red de cadenas de suministro en la región conectadas a China, imposible de suprimir con un manotazo de Washington.
En fin, con el ataque imperialista se impone, una vez más, la ley de hierro de que, en la superación de un conflicto, la contradicción interna es lo determinante. Ni Rusia ni China podrán imponer gobernantes o hacer triunfar una revolución por su pura voluntad. Si bien influye –a veces en alto grado–, no es la contradicción externa sino la interna la que al final determina el curso de los acontecimientos.
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