Arranca 2026 y, como cada inicio de año, el calendario no avanza solo: empuja. Empuja a la clase trabajadora a enfrentar una vez más la llamada cuesta de enero, ese eufemismo que pretende suavizar la dura realidad: salarios que no alcanzan, precios que no esperan y un discurso oficial que insiste en la paciencia mientras el bolsillo exige sacrificios inmediatos. ¿Cuántas veces más vamos a normalizar que el inicio del año sea una prueba de resistencia para quienes viven de su trabajo?
No es sólo enero. Nunca lo ha sido. La famosa cuesta es apenas el síntoma más visible de una estructura económica profundamente desigual que descarga el peso de las crisis sobre los hombros de quienes menos tienen.
En 2026, la inflación sigue marcando el ritmo de la vida cotidiana, los empleos son cada vez más inestables y el salario continúa perdiendo poder adquisitivo.
Ninguna conquista laboral fue un regalo. La jornada de ocho horas, el derecho a vacaciones, la seguridad social y el salario mínimo fueron producto de la lucha organizada.
El problema no es que la gente gaste de más en diciembre; el problema es que se gana poco todo el año. Y mientras se repite el discurso del esfuerzo individual, se evade deliberadamente la discusión de fondo: la desigualdad estructural del sistema.
Conviene decirlo sin rodeos. La clase trabajadora no es una idea abstracta ni una frase conveniente para los discursos. Somos quienes sostienen la economía real, quienes producen, transportan, enseñan, limpian, cuidan y venden.
Somos quienes madrugan, quienes aceptan horas extra mal pagadas, quienes viven con contratos temporales o sin derechos laborales.
En 2026, esta condición no sólo persiste, sino que se disfraza con nuevos nombres: ahora la explotación se llama “flexibilidad”, “autoempleo” o “emprendimiento”.
La cuesta de enero también se refleja en lo emocional y social. Es el golpe seco del regreso a la rutina, el recordatorio de que el descanso fue breve y la incertidumbre permanente.
Las deudas no entienden de propósitos de año nuevo, y la estabilidad se ha convertido en un privilegio reservado para unos cuantos.

En este escenario, la clase trabajadora enfrenta retos que no se resuelven con mensajes motivacionales ni con recomendaciones de ahorro o rituales de fin de año. Se resuelven con conciencia de clase, organización y acción en colectivo.
Hablar de organización no es un propósito inalcanzable o una palabra vieja. Es una necesidad urgente. En 2026, organizar al pueblo trabajador implica adaptarse a nuevas realidades sin perder el horizonte histórico.
Cuando el salario no alcanza, la solidaridad deja de ser un gesto moral y se convierte en un acto político.
La historia es clara, pero hay que estudiar para aprender a mirarla. Ninguna conquista laboral fue un regalo. La jornada de ocho horas, el derecho a vacaciones, la seguridad social y el salario mínimo fueron producto de la lucha organizada.
Nada se obtuvo esperando pacientemente ni confiando en la buena voluntad del poder. Entonces, ¿por qué hoy se nos pide resignación? ¿Por qué se criminaliza la protesta y se romantiza la precariedad como si fuera una virtud?
El reto central de 2026 es romper con la indiferencia. El sistema necesita trabajadores divididos, compitiendo entre sí, culpándose unos a otros por su propia necesidad.
Frente a eso, la organización popular propone lo contrario: reconocernos en el otro, construir propósitos comunes y luchar en lo público. No basta con resistir mes a mes; es necesario cuestionar el rumbo y transformar el futuro.
También es momento de exigir claridad y responsabilidad a los gobiernos que dicen representar al pueblo. La política no puede limitarse a discursos bien elaborados mientras las condiciones materiales de vida se deterioran.
La clase trabajadora necesita políticas salariales justas, control efectivo de precios, fortalecimiento de los servicios públicos y un freno real a la precarización laboral. Y cuando esas demandas no avanzan por voluntad, históricamente han avanzado por presión organizada.
Compañeras y compañeros, no escribo desde el optimismo ingenuo, sino desde la convicción de que me ha formado el Movimiento Antorchista. Cada crisis abre una posibilidad de que el pueblo despierte.
La cuesta de enero de 2026 puede ser también un punto de inflexión. Puede ser el momento en que dejemos de asumir la precariedad como destino y la nombremos como lo que es: la explotación de unos pocos hacia la mayoría.
Los invito a que este inicio de un año se convierta en uno combativo en la práctica cotidiana. Porque el pueblo organizado no sólo debe resistir, debe transformar.
Y porque, al final, la pregunta no es si el año será difícil, eso ya lo sabemos, sino si vamos a enfrentarlo solos y organizados. Y para eso está el Movimiento Antorchista, que año con año le ha hecho frente a las injusticias del sistema; las y los invito a seguir adelante luchando cada vez más unidos y fraternos.
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