• El sistema público enfrenta saturación, falta de médicos y gasto de apenas 3 % del PIB sin mejoras visibles
Por años, Yucatán ha sido presentado como un estado modelo: seguro, ordenado, con buena calidad de vida. Sin embargo, basta asomarse a los hospitales públicos para descubrir una realidad muy distinta.
Detrás de la narrativa oficial existe un sistema de salud que sobrevive con carencias, saturación y una inversión que nunca parece ser suficiente.
Nos hemos acostumbrado a que enfermarse signifique largas esperas, gastos imprevistos y la necesidad de recurrir a servicios privados que no todos pueden pagar.
Seis años después de que la pandemia de Covid-19 golpeara al estado, la situación de la salud pública no sólo no ha mejorado sustancialmente, sino que en muchos aspectos se ha precarizado.
La emergencia sanitaria que paralizó al mundo debió ser una llamada de atención para fortalecer hospitales, contratar personal y garantizar medicamentos. Pero la lección parece haberse olvidado demasiado pronto.
En 2020, cuando el virus llegó a Yucatán, los hospitales se vieron obligados a reconvertir espacios para atender a cientos de pacientes graves. En pocos meses se registraron miles de contagios y miles de muertes.
Aquellos días dejaron en evidencia algo que el personal médico ya sabía: el sistema operó al límite, con recursos insuficientes y con una infraestructura incapaz de soportar una crisis prolongada.
Hoy, seis años después, muchas de esas debilidades siguen ahí. La entidad cuenta con menos hospitales y camas hospitalarias de las que exige su crecimiento poblacional.
Aunque se han anunciado proyectos para ampliar la infraestructura médica, como el nuevo hospital “Agustín O’Horán”, lo cierto es que las obras avanzan lentamente frente a una demanda que crece cada año. Mientras tanto, miles de pacientes del interior del estado deben viajar hasta Mérida para recibir atención especializada.
A esto se suma una realidad cotidiana que conocen bien quienes acuden a los servicios públicos: largas filas para consultas, escasez intermitente de medicamentos y personal médico que trabaja bajo presión constante.
El problema no es nuevo. Durante décadas, el gasto público en salud ha sido insuficiente para atender las necesidades reales de la población.

En México, se destina alrededor del 3 % del Producto Interno Bruto al sistema público de salud, muy por debajo del promedio recomendado por organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud, que sugiere al menos el 6 %. Esta brecha se refleja en hospitales saturados y en servicios que no logran cubrir a todos.
Yucatán no escapa a esta lógica. Aunque cada año se anuncian incrementos presupuestales para el sector salud, el crecimiento del gasto no necesariamente se traduce en mejores condiciones para los pacientes.
El dinero se dispersa entre programas, burocracia y proyectos que tardan años en concretarse, mientras la población sigue esperando atención digna.
Pero quizá el aspecto más preocupante sea la normalización del problema. Nos hemos acostumbrado a escuchar que faltan médicos, que no hay suficientes especialistas o que el medicamento llegará “la próxima semana”.
Nos hemos acostumbrado a que enfermarse signifique largas esperas, gastos imprevistos y, muchas veces, la necesidad de recurrir a servicios privados que no todos pueden pagar.
La pandemia nos recordó que la salud no puede tratarse como un asunto secundario. Cuando los hospitales colapsan, colapsa también la tranquilidad de toda una sociedad. Por eso resulta preocupante que, seis años después de la Covid-19, el debate público sobre la salud en Yucatán sea todavía tan limitado.
Se habla mucho de turismo, de inversión inmobiliaria y de crecimiento urbano, pero poco de hospitales, de médicos y de prevención.
El desarrollo de un estado no puede medirse sólo en edificios nuevos o en cifras económicas. También se mide en la capacidad de cuidar la vida de su gente.
Si algo dejó claro la pandemia es que un sistema de salud fuerte no es un lujo: es una necesidad. Por ello, el pueblo yucateco y el de México está a tiempo de aprender esa lección y exigir un buen sistema de salud.
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