La falta de presupuesto gubernamental en sanidad agrava los decesos infantiles frente a otras naciones
La tragedia de la mortalidad infantil, “muertes antes de su primer año de vida por cada mil nacidos vivos”, puede verse por muchos como algo natural o inevitable.
Puede parecer producto de la mala suerte o cosas del destino; sin embargo, en mi opinión, esto no es así.
En México la tasa de mortalidad infantil, TMI, en el 2025 fue de 14.6 niños.
Para desgracia nuestra, dicha cifra “es más del doble de los 38 países que conforman la OCDE” (periódico Vanguardia MX, 7 de septiembre de 2026).
Lo anterior se debe a enfermedades infecciosas, desnutrición y anomalías congénitas, según el Inegi.

Como puede entenderse, salvo esta última, en la que la intervención humana tiene poco que hacer, no ocurre lo mismo con las dos primeras.
En ellas la sociedad, la ciencia y el gobierno sí pueden intervenir decisivamente para ayudar a disminuir al máximo dicha tasa de mortalidad.
La prueba de que esto es posible la dan otros países, por ejemplo, Dinamarca, donde la cifra es de tres defunciones por cada mil niños nacidos.
También están Finlandia con 1.8, o Islandia y Letonia con 1.4.
Ciertamente hay países cuyas cifras tampoco se acercan mucho a las nuestras, tales como Costa Rica, cuya mortalidad infantil es de 10.2.
Otros son Turquía con 8.9, Chile con 6.2 y Eslovaquia con 5.9.
Pero esto nos debe servir poco de consuelo, pues somos el más alto entre todos los países de la OCDE.
Los países cuya mortalidad infantil es de las más bajas del mundo invierten entre 5 % y 6.8 % de su producto interno bruto, PIB, en servicios públicos de salud.
Es decir, construyen la infraestructura suficiente y necesaria, y preparan y pagan al personal médico.
Producen las vacunas y medicinas suficientes, etcétera, para atender a los infantes; después continúan dándole seguimiento puntual a los recién nacidos.
En México el gasto público en salud es sólo del 2.5 % del PIB. Todo lo que implica estudios prenatales, atención en el parto, prevención, preparación y urgencias para cada niño se ve muy deficiente por los limitados recursos del Estado mexicano.
Es cierto que la TMI disminuyó en años anteriores, pues en la década de 1990 era de 35 muertes por cada mil niños nacidos.
Los países cuya mortalidad infantil es de las más bajas del mundo invierten entre 5 % y 6.8 % de su producto interno bruto, PIB, en servicios públicos de salud.
En el 2000 se cerró con 22 y 24 muertes; en el sexenio que gobernaron los panistas bajó de diecisiete a catorce decesos por cada mil nacidos vivos.
A partir del 2012, la tasa se ha estabilizado entre trece y catorce muertes por mil nacidos vivos.
Históricamente los estados más afectados por este mal han sido Chiapas, Guerrero y Oaxaca por “sus rezagos económicos y falta de infraestructura médica prenatal especializada”.
En ninguna parte del mundo se ha evitado que todos los niños que nazcan puedan morir a tan temprana edad.
Pero ¿por qué en unos países dicha tasa se ha reducido tanto y en otros mueren diez o doce más por cada mil que nacen?.

La diferencia en las cifras de estos últimos no es por casualidad, o por la inevitabilidad de la muerte.
Se debe a que el Estado, en este caso el Estado mexicano, no ha creado ni pretende crear la infraestructura suficiente para evitar la mortalidad infantil.
Tampoco pretende asignar los recursos en la cantidad suficiente para tal fin.
Al Estado mexicano, controlado por Morena, a pesar de saber los datos mencionados y conocer la solución, simplemente no le interesa, no le importa.
Como todo mundo sabe, los morenistas llegaron al poder con la promesa de que “por el bien de todos, primero los pobres”.
Si hubieran sido claros habrían confesado su verdadera intención; es decir, que por el bien de todos los ricos se murieran primero los pobres.

También debieron haber dicho que así el Estado se vería libre de cuidarlos y curarlos. De esta forma evitarían dotarles de salud, educación, vivienda, vestido y alimentación.
Luego entonces, esos muertos nuestros, muertos prematuros, no son producto ni de mala suerte, destino o maldición de nadie.
Son resultado de tener a un Estado controlado por políticos que dijeron querer gobernar para mejorar la situación del pueblo pobre.
En la práctica lo tienen casi abandonado, dejándolo que se muera prematuramente, sin asignar los recursos que pudieran salvarle la vida.
Sigue estando vigente la tarea de que el pueblo tome conciencia, conozca a sus enemigos y los saque del poder.
A fin de cuentas, son lo mismo y peor que todos los demás partidos.
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