• En 2026, el avance de la ultraderecha en once países responde a la crisis del capital y al fracaso del reformismo
El avance reciente de las derechas y la ultraderecha en América Latina y en México no es un fenómeno casual ni producto exclusivo de campañas mediáticas. Se trata de una consecuencia directa de la crisis estructural del capitalismo, del proceso permanente de acumulación del capital en pocas manos y del fracaso de los proyectos reformistas que prometieron cambiar la vida del pueblo sin tocar las bases del sistema de explotación.
La única salida histórica para el pueblo es la unión, la organización y la construcción de un auténtico partido de vanguardia, disciplinado, con claridad ideológica y profundamente ligado a las masas trabajadoras.
En Argentina, desde diciembre de 2023 gobierna Javier Milei, de la derecha radical, quien derrotó al peronismo-kirchnerismo; en Ecuador ganó la derecha con Daniel Noboa, que derrota al proyecto de Rafael Correa; en Paraguay también desde 2023 gobierna la derecha con Santiago Peña; en Costa Rica la conservadora Laura Fernández ganó la presidencia con un programa enfocado en seguridad y mano dura; en Perú fracasa el gobierno campesino-popular y ahora gobierna un régimen derechista y represivo, encabezado por José Enrique Jerí; en Bolivia fracasa el MAS y llega un representante de centro-derecha, Rodrigo Paz Pereira, y en Chile, en 2025 gana José Antonio Kast, líder del Partido Republicano, con posturas conservadoras y de "mano dura" contra la inseguridad, quien asumirá la presidencia en marzo de 2026.
La ultraderecha surge como una reacción de los sectores más poderosos de la burguesía cuando sienten amenazados sus privilegios económicos y políticos. Históricamente, cada vez que el pueblo se organiza, lucha y comienza a cuestionar el orden existente, el capital responde impulsando fuerzas políticas conservadoras, autoritarias y profundamente anticomunistas.
Se trata, pues, de intereses materiales que buscan preservar la concentración de la riqueza y el control del poder político.
En México, uno de los principales instrumentos históricos de estas fuerzas ha sido el PAN, que no es un partido homogéneo, sino un espacio donde conviven distintas corrientes: el conservadurismo tradicional clerical, el neoliberalismo tecnocrático, la derecha empresarial moderna y, en su expresión más peligrosa, la ultraderecha organizada.
Dentro de esta última se encuentra El Yunque, una organización clandestina de inspiración confesional cuyo objetivo central ha sido combatir a los movimientos populares y al comunismo, incluso recurriendo a la violencia.
El Movimiento Antorchista Nacional ha vivido en carne propia lo que significa el ascenso de la ultraderecha al poder. En Querétaro, durante el gobierno de Francisco Garrido Patrón, se desató una persecución política sistemática contra Antorcha: criminalización de la protesta, campañas de odio, agresiones físicas y asesinatos.

Uno de los crímenes más dolorosos y emblemáticos fue el asesinato de nuestro compañero Jorge Obispo Hernández, ejecutado cobardemente por fuerzas ligadas a El Yunque, que actuaron cínicamente "en el nombre de Dios". Este hecho no fue un exceso aislado, sino parte de una estrategia para sembrar terror, desarticular la organización popular y advertir al pueblo de lo que ocurre cuando se enfrenta a los intereses de la ultraderecha.
Estos hechos deben ser recordados y estudiados porque hoy el peligro vuelve a estar presente. El desgaste y los fracasos del actual gobierno de Morena están generando un profundo descontento social que, de no ser correctamente orientado, puede empujar al pueblo a votar por opciones de derecha y ultraderecha; hay inconformidad, pero no hay conciencia.
En materia de salud persiste la escasez de medicamentos, el abandono de hospitales públicos y la falta de vacunas en la infancia. En educación se mantienen carencias de infraestructura, bajos resultados académicos y recortes presupuestales reales.
En seguridad, la delincuencia organizada continúa expandiéndose y la violencia golpea diariamente a la población trabajadora. En lo económico, el crecimiento es insuficiente, el empleo precario aumenta y el poder adquisitivo de los salarios sigue deteriorándose.
Cuando el pueblo sufre y no ve una salida clara, los férreos defensores del capitalismo aprovechan la confusión. La derecha se presenta entonces como una falsa alternativa "antisistema", prometiendo orden, mano dura y soluciones a todo, mientras en realidad prepara un proyecto aún más represivo contra los trabajadores, campesinos y pobres organizados.

La historia nos dice que cuando la izquierda fracasa y no existe una alternativa revolucionaria organizada, el descontento popular puede ser capitalizado por las fuerzas más reaccionarias.
Para los verdaderos comunistas, para los militantes conscientes y para organizaciones como el Movimiento Antorchista, esta situación representa un problema de vida o muerte. No es una exageración: la ultraderecha ha demostrado que está dispuesta a asesinar, reprimir y aplastar cualquier intento serio de organización popular. Frente a ello, no basta con resistir ni con participar pasivamente en procesos electorales.
La única salida histórica para el pueblo es la unión, la organización y la lucha consciente. Esto implica la construcción de un auténtico partido marxista-leninista, un partido de integrantes de vanguardia, disciplinado, con claridad ideológica y profundamente ligado a las masas trabajadoras.
A diferencia de los partidos electorales, que se limitan a administrar el Estado burgués y que dependen de coyunturas y elecciones, el partido revolucionario tiene como objetivo central la educación política y la organización del pueblo para la toma del poder político, para así transformar de raíz la sociedad y poner fin a la explotación del hombre por el hombre.
Hoy, más que nunca, es necesario elevar la conciencia política del pueblo, fortalecer la organización y no olvidar las lecciones de la historia.
La ultraderecha no es una amenaza futura: ya la hemos enfrentado y ya ha cobrado la vida de nuestros compañeros. La disyuntiva es clara: o el pueblo se organiza y lucha por su liberación, o el capital impondrá su salida autoritaria y sangrienta. La historia no perdona a los pueblos desorganizados, y el deber de los comunistas es estar a la altura de este momento decisivo.
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