• Desde abril de 2024, grupos fascistas amenazan nuestra región con apoyo imperialista
Para que los países conquisten su libertad y sobre esa base se encaminen al progreso, es condición indispensable que los pueblos sean educados políticamente; mientras esto no ocurra, será de todo punto imposible que tomen su destino en sus manos.
Los aranceles constituyen la forma predilecta de Trump para castigar y robar a otros países y fortalecer con ese ingreso las averiadas finanzas estadounidenses.
La inconsciencia significa sumisión y estancamiento. Y hablando en particular de la educación política, ésta supone, en primer lugar, la necesaria información veraz, oportuna y completa, para que el pueblo pueda formarse su propio juicio sobre el acontecer local, nacional y mundial; mientras no sepa mirar a lo lejos, al mundo, su educación política será incompleta.
Pero, con todo lo valiosa que es, la información por sí misma no basta para servir de guía en la liberación de los pueblos y para que estos se orienten en el laberinto de los acontecimientos y disciernan sobre lo que les beneficia y lo que les perjudica; para que comprendan su situación y conozcan su lugar entre las demás clases sociales.
Para que puedan desentrañar la realidad en toda su complejidad, escudriñarla, y saber de qué lado están los intereses de la clase trabajadora y de qué lado los de las clases poderosas, es preciso reflexionar sobre el significado de lo que se conoce. Hay que entender.
Sólo si cada ser humano conoce su realidad, inmediata y mediata, presente y pasada, puede decirse que vive en su época. Quien no conoce o no reflexiona sobre lo que sabe es como si no viviese en su tiempo, como si fuera ajeno a su propia circunstancia.
Una persona desinformada vive físicamente, sí, resuelve sus necesidades de subsistencia y hace vida familiar, pero al no conocer su realidad en su devenir mismo, no puede orientarse en ella, entenderla y a partir de ahí encontrar su lugar en el entramado de relaciones sociales, entre las diferentes fuerzas en pugna; no comprende qué le beneficia ni qué le perjudica, y mucho menos entenderá cómo terminar con la situación presente que le afecta y construir en su lugar una sociedad mejor.

Vienen a mi mente estas reflexiones con motivo de los más recientes acontecimientos en Latinoamérica y el Caribe, nuestra región, que debemos conocer y entender bien, pues lo que en ella suceda impacta directamente sobre nuestras vidas.
Concretamente, me refiero a las circunstancias del ascenso de la ultraderecha, corriente representada por políticos al servicio del gran capital estadounidense y manejados directamente desde Washington.
Como antecedente, vale recordar que desde abril de 2024 se rompieron las relaciones diplomáticas entre México y Ecuador, con motivo de la incursión violenta de la Policía ecuatoriana en la embajada de México por orden del presidente ultraderechista Daniel Noboa.
Además, recuérdese que la ultraderecha ha tomado ya el poder también en Chile, Bolivia y Honduras. De esta tendencia habíamos comentado ya en este espacio, y aunque no hay sorpresas, merecen atención los hechos que esbozan ya lo que nos espera bajo esos regímenes, de ser el caso que aquí la ultraderecha termine tomando también el poder. Hay que escarmentar en cabeza ajena.
En Colombia, el 7 de agosto, Abelardo de la Espriella asumirá el cargo de presidente. Y ha adelantado la orientación de su política exterior: romperá relaciones con Cuba y Nicaragua, a cuyos gobiernos califica de "tiranías".
En total, cerrará catorce embajadas, entre ellas las de Argelia, Sudáfrica, Senegal y Haití; este último el más pobre de Latinoamérica y el Caribe.
Pero habría que preguntarse, ¿quién faculta al señor De la Espriella para erigirse en juez, calificar de tiranos y sentenciar a los gobiernos de otros países? Además, y ya metido en el oficio, ¿no merecerían realmente su calificativo los gobernantes criminales de Estados Unidos, Israel y Ucrania?

En la misma línea, el 28 de julio, Keiko Fujimori juró como nueva presidenta de Perú, y lo hizo en los siguientes términos: "Juro ante ustedes, por Dios y por la patria, sobre estos santos evangelios, que ejerceré fielmente el cargo de presidenta de la república".
Fujimori juramentó frente a un crucifijo y sobre una Biblia (La Jornada, 28 de julio). Antes había advertido que aplicará ¡una política de línea dura!: ecos de lo que hizo su padre, Alberto Fujimori, en los noventa.
Y exhibe su filiación proestadounidense: "Keiko Fujimori ofrece la 'mejor disposición' a Estados Unidos 'para trabajar conjuntamente desde el primer día' [...] reafirmó su intención de impulsar una agenda común con Estados Unidos, tras recibir el respaldo diplomático de Washington ante su triunfo presidencial" (Infobae, 30 de junio).
Días después, y para no dejar dudas sobre su orientación: "La presidenta electa Keiko Fujimori anunció este domingo su intención de que Perú busque integrarse al Escudo de las Américas, la iniciativa de Estados Unidos contra los cárteles de la droga, siguiendo el ejemplo de su aliado Abelardo de la Espriella, ganador de los comicios en Colombia" (Infobae, 5 de julio).
Ejemplifican también la soberbia ultraderechista las declaraciones del vociferante y pendenciero presidente argentino, Javier Milei, connotado sionista, quien recién acudió a São Paulo, Brasil, a respaldar la candidatura de Flávio Bolsonaro a la Presidencia de ese país.
En su participación, Milei se desató en insultos contra Lula da Silva, el presidente constitucional del país que visitaba, calificándolo como "presidiario y ladrón". El incidente constituye una grosera violación a la soberanía nacional de Brasil y una ofensa a sus autoridades.

A estos extremos se está atreviendo el fascismo que hoy se entroniza en Sudamérica. Los ataques soeces contra el gobierno brasileño tienen como telón de fondo la reciente imposición, por lo demás absolutamente abusiva, de pesados aranceles a Brasil por parte de Estados Unidos, para someter a la nación sudamericana: a partir del 22 de julio entró en vigor un cobro arancelario de 25 % sobre la mayor parte de los productos brasileños exportados a la Unión Americana.
Los aranceles constituyen la forma predilecta de Trump para castigar y robar a otros países y fortalecer con ese ingreso las averiadas finanzas estadounidenses.
Para completar el cuadro, el pueblo cubano sigue bajo amenaza de ataque por el gobierno de Donald Trump. Un día sí y otro también, el secretario de Estado, Marco Rubio, él mismo de origen cubano, pero de fanática mentalidad imperialista, reitera la pretensión de Washington de ocupar la isla de una forma u otra. Mientras tanto, los cubanos se alistan a defender su patria.
Asimismo, en días recientes, Stephen Miller, asesor de Seguridad Nacional de Trump, ha seguido atacando a México, pretendidamente con motivo de los cárteles de la droga. Y hablando de cárteles, ya no se habla del tan traído y llevado "cártel de los Soles", espantajo cuyo supuesto liderazgo se imputaba de manera infame al presidente Nicolás Maduro y que sirvió como vil excusa para su secuestro. ¿Ya tiraron a la basura esa tontería?
En resumen, el imperialismo aplica una política sistemática de golpeteo a los países que aún conservan su independencia y, por otro lado, impone títeres en Latinoamérica.
Bajo sus órdenes, estos últimos instigan conflictos entre países hermanos con el avieso propósito de fracturar la unidad de los pueblos. Sólo al imperialismo le conviene ese enfrentamiento entre naciones pobres, que unidas constituirían una poderosa fuerza capaz de garantizar y proteger el progreso y que debilitaría a la gran potencia. Washington busca eliminar todo rastro de independencia real de los países, para uncirlos al yugo imperialista.
Ante esto, se hace urgente una gran fraternidad latinoamericana que fortalezca a todas las naciones, grandes y pequeñas, para resistir el embate de la potencia del norte, tal como en su momento soñó el libertador Simón Bolívar; pero en nuestro tiempo se necesita una unión constituida y liderada por auténticos partidos de trabajadores, disciplinados y firmemente fundidos con las masas populares en cada país, masas políticamente educadas, como decíamos al principio.
Solamente partidos genuinos de los trabajadores pueden asumir consecuente y firmemente la defensa de la soberanía nacional, pues son los únicos libres de compromisos perversos con las grandes corporaciones transnacionales.
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