• A partir del año 2025 el vecino del norte reactivó su agresiva doctrina para apropiarse de sectores estratégicos
Es larga la lista de países latinoamericanos que durante la Guerra Fría fueron afectados por la política injerencista del imperio estadounidense, pues para apropiarse de los inmensos recursos naturales y la mano de obra barata en la región preferían impulsar crueles dictaduras que sometieran con mano de hierro a sus gobernados que tolerar gobiernos democráticamente electos, pero con aspiraciones de progreso para sus pueblos.
Puede decirse sin exagerar que ningún país se salvó de padecer las calamidades y la miseria que dejaron tras de sí los autócratas y tiranos impuestos o respaldados por Estados Unidos de la mano de sus empresas trasnacionales como la United Fruit Company, la International Telephone and Telegraph Corporation (ITT), y Anaconda Copper, que sólo saqueo y desolación dejaban a su paso.
Los ejemplos de territorios soberanos ultrajados por la bota militar estadounidense son muchos:
31 años de terror de Rafael Trujillo en República Dominicana (1939-1961) y la posterior intervención en 1965 con 42 mil marines para evitar el restablecimiento del electo presidente Juan Bosch.
41 años de la familia Somoza en Nicaragua (1937-1979).
La deposición en 1954 de Jacobo Árbenz en Guatemala que dio paso a 36 años de inestabilidad.
El respaldo al dictador Fulgencio Batista en Cuba y la ulterior invasión de Bahía de Cochinos en 1961 intentando recuperar el poder que Fidel Castro recién había conquistado.
La juntas militares de El Salvador en los años sesenta y ochenta.
El derrocamiento de Salvador Allende en Chile con el golpe de Estado de Pinochet.
La dictadura de Videla en Argentina; la de Stroessner en Paraguay; la de los gorilas en Brasil; la de Hugo Banzer en Bolivia; la dictadura cívico-militar de Uruguay y la intervención armada en Panamá para controlar el canal.
Poco antes de ese periodo, en el México de 1913, el embajador de los Estados Unidos, Henry Lane Wilson organizó el asesinato de Madero y Pino Suárez para colocar a su verdugo Victoriano Huerta en la silla presidencial.
Más tarde, en abril de 1914, el presidente estadounidense Woodrow Wilson envió quince buques de guerra para ocupar militarmente el puerto de Veracruz y así controlar el flujo de armas y el desenlace de la Revolución mexicana.
Sólo después de la caída de la Unión Soviética en 1991, y con ella todo el bloque socialista mundial, los estadounidenses ya sin enemigo al frente, aflojaron un poco las amarras que venían asfixiando al continente y se dieron el lujo de hablar de respeto a la democracia.

Fue así como en 2007, pudimos ver reunidos en la Cumbre Iberoamericana de Santiago, a jefes de Estado como Lula Da Silva de Brasil, Hugo Chávez de Venezuela, Evo Morales de Bolivia, Cristina Kirchner de Argentina, Michelle Bachelet de Chile, Rafael Correa de Ecuador y Daniel Ortega de Nicaragua; los cuales se caracterizaron por promover la integración económica regional a través de organismos como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) y el Mercado Común del Sur (Mercosur) alejándose en cierto modo de la égida de los Estados Unidos.
Pero actualmente el imperio estadounidense está en apuros. Luego de cuatro años de guerra contra Rusia “con las manos de Ucrania” como dijera Vladimir Putin, no ha podido coronarse con el triunfo; el desplazamiento de palestinos y despojo de sus tierras en Gaza que está llevando a cabo a través de Israel, mismo que ante el repudio mundial por el genocidio se ha visto obligado a disimular con un “tratado de paz”.
Por último, la guerra contra Irán, cuyo más reciente episodio inició en 2025 con la guerra de los doce días, que hasta la fecha no ha podido ganar pese a haber asesinado a su líder supremo; son sólo algunos ejemplos que ilustran el declive de la otrora indiscutible potencia estadounidense que, por si fuera poco, también está perdiendo la guerra económica contra China.
Consciente de tal situación, y ante la imposibilidad de avanzar en Oriente Medio, el gobierno de Trump se ha visto en la necesidad de volver nuevamente los ojos hacia su “patio trasero”, reactivando la vieja Doctrina Monroe ahora bajo el nombre de Doctrina Donroe, con la conocida consigna “America for the americans” (América para los estadounidenses).
Esta frase, que sintetiza la determinación de afianzar su control político y económico en la región, se ha reactivado recientemente con el respaldo cada vez más abierto y descarado hacia políticos de su conveniencia y la obstaculización y bloqueo a gobiernos que no se someten a sus designios, de tal forma que ha facilitado el ascenso al poder o respaldado la reelección de representantes de derecha y ultraderecha.
Tal es el caso de Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador, Daniel Noboa en Ecuador, Nasry Asfura en Honduras, entre otros y, a últimas fechas, Rodrigo Paz en Bolivia y José Antonio Kast en Chile; nieto, este último, de un exteniente del ejército nazi de la Segunda Guerra Mundial y hermano de un exfuncionario de la dictadura de Pinochet.
Hoy somos testigos de cómo la derecha latinoamericana se entrega a los intereses del imperio y sacrifica a los hijos de las clases más desprotegidas.
Mención especial merece la forma en que secuestraron al insumiso presidente venezolano Nicolás Maduro para adjudicarse toda la producción petrolera y dominar la política y la economía de su país.
Aunque el pretexto fue el combate al tráfico de drogas, hay datos suficientes que demuestran que este fenómeno, desde su aparición a inicios de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos es quien ha dominado su producción y distribución (véase “¿Realmente sabemos todo sobre el narcotráfico?” Aquiles Córdova Morán 17 de agosto de 2022).
Prueba de ello es la reciente liberación del narcotraficante Juan Orlando Hernández, condenado a 45 años de prisión en 2024; además de que, en Afganistán, tras la salida del ejército yanqui, disminuyó la producción de opio al 99 % (Misión Verdad, 11 de junio de 2026).
De igual forma estamos presenciando en estos días el acoso abierto y vil contra los presidentes de Brasil, Colombia y Nicaragua; y el cobarde asedio contra la debilitada Cuba que, no conformes con los 64 años de bloqueo económico, pretenden iniciar un nuevo genocidio como en Gaza, aniquilando a sus habitantes por inanición, por el único delito de oponerse a su dominio.
Mientras tanto, ¿qué pasa en México? Por un lado, el 13 de julio de 2025, el embajador Ronald Johnson se reunió con la derecha mexicana para convocar a “retomar el camino de la libertad” que, de acuerdo con sus palabras, es difícil, pero “necesario” ¿No es esto intervenir en los asuntos internos del país como lo hicieron en el pasado?

Por otro lado, Donald Trump, presionando con la excusa del combate al narcotráfico, ha logrado que el gobierno mexicano permita entrar a empresas estadounidenses en la industrialización del litio, la producción y distribución de energía eléctrica, las telecomunicaciones, así como ramas de la industria farmacéutica, la agroindustria y la logística; sectores que antaño estaban reservados al Estado mexicano (Uno más Uno, 3 de agosto de 2025).
El acceso del capital extranjero a estas áreas lejos de tranquilizar al monstruo ha aumentado su hambre y la presión por conseguir más; para lograrlo recurre a la derecha mexicana, su aliada de siempre, y la reagrupa y forja sus alianzas con partidos conservadores de otros países. Pone en marcha una agresiva campaña mediática para que sea la gente la que pida una intervención militar, y habla nuevamente de exterminar al comunismo, a pesar de ser el voraz capitalismo estadounidense causante de todos los males hasta aquí narrados.
Si en algún momento olvidamos que la injerencia extranjera no es para ayudar, sino para saquear al país que la sufre, no es necesario retroceder hasta el siglo XIX cuando fuimos despojados de más de la mitad de nuestro territorio por nuestros violentos vecinos del norte. Aquí y ahora la historia se repite para quienes la olvidan o la ignoran.

Hoy somos testigos de cómo la derecha latinoamericana se entrega a los intereses del imperio y sacrifica a los hijos de las clases más desprotegidas: con las reformas de Milei, aumentó la jornada laboral de ocho a doce horas, y los trabajadores deben pagar su propia jubilación.
Mientras Gustavo Petro en Colombia ha pagado la deuda externa, Milei ha endeudado a los argentinos con más del 13 % y, al igual que Kast en Chile, disminuye o elimina impuestos a grandes empresas y reprime a los que protestan contra los recortes del presupuesto a las universidades y la desaparición de programas sociales.
Rodrigo Paz en Bolivia lleva cinco semanas reprimiendo a quienes se manifiestan contra la inflación, la escasez de combustibles y alimentos, y la privatización de empresas paraestatales.
Por lo tanto, si nuestra situación nacional no es buena, es tarea de los mexicanos unirnos y luchar por mejorarla, y solidarizarnos con los pueblos de Latinoamérica, nuestros hermanos en desgracia. Mal haríamos en creer que vendrá a salvarnos un lobo que ya ni siquiera se preocupa por disfrazarse de oveja.
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