• El abandono del gobierno obliga a los habitantes de la sierra a reconstruir sus propios caminos tras la vaguada
Un año después de la vaguada monzónica que arrasó la sierra de Tianguistengo en octubre de 2025, la herida sigue abierta. No se trata sólo de los caminos destrozados o de los puentes que el agua se llevó.
Es una herida más profunda, la que deja el abandono institucional y la certeza de que la reconstrucción no avanza al ritmo de las promesas oficiales. Avanza, para las comunidades de la sierra hidalguense, al ritmo de la resistencia diaria de su gente.
En decenas de localidades de la Sierra Alta de Hidalgo, en Tianguistengo, la vida se ha vuelto un ejercicio de ingenio y solidaridad forzada. Un puente colgante construido a pulso y un paso de tubos son la única garantía de no quedar completamente aislados del mundo.

La noche que el río se lo llevó todo
La noche del 9 y la madrugada del 10 de octubre de 2025, una vaguada monzónica azotó el norte de Hidalgo y dejó una marca indeleble en la historia reciente del estado. Fueron 28 municipios afectados en la Sierra y la Huasteca, con un saldo desolador.
Hubo 675 derrumbes, 158 deslaves, 359 caminos bloqueados y 236 comunidades que quedaron incomunicadas. Resultaron dañados 50 puentes, 190 sistemas de agua potable colapsaron, 2 mil 865 familias perdieron su hogar y más de 20 vidas se apagaron para siempre.
En Tianguistengo, el municipio serrano que se convirtió en el epicentro del desastre, la cifra de desaparecidos aún duele. Siguen sin ser localizadas cinco personas, una familia completa de Chapula y un habitante de Tlacolula.
Para don Francisco Reyes Hernández, de la comunidad de Zacatipán, el recuerdo de esos días es un relato de interrupción total. "Lo principal fue que el puente se lo llevó el agua y tuvimos que salir para otro lado para recogerlo", rememora.
La comunicación se cortó de golpe: "No había comunicación, no había luz, nada; quedábamos en los cerros". La escena que describe es la de un territorio fracturado, donde las veredas se convirtieron en acantilados y los ríos en barreras infranqueables.
"Todo para meterse alimento, para ir a encontrar transporte, la defensa y pasajeros", explica, sintetizando en una frase la odisea cotidiana que siguió al desastre. Cipriano Juan Hernández, de Zacatipán, vivió el aislamiento desde otra geografía, pero con la misma intensidad.
"De hecho, tuvimos acorralazgos, porque todas las diferentes entradas de la carretera se taparon", relata. El tiempo se midió entonces en semanas de encierro: "Luego aproximadamente un mes, para habernos alojado".
"Luego un mes para salir al municipio y salir para comprar cosas así, la mercancía". La ayuda, cuando logró llegar, lo hizo por vías que subrayaban la gravedad de la situación.
"Nos andaban compartiendo el helicóptero en el camino", recuerda, una imagen que condensa la paradoja de una región que, en pleno siglo XXI, dependió del aire para recibir alimentos.

Un año después: la reconstrucción que no llega
El paso del tiempo no ha traído la normalidad prometida. Casi doce meses después de la tragedia, los cuatro puentes vehiculares que deben devolver la conectividad a la zona presentan un avance de entre 25 y 30 %.
Estos puentes son El Hormiguero, Tenexco, Tlacolula y Zacatipán. La inversión federal anunciada ronda los 130 millones de pesos, y la previsión oficial establece su conclusión para diciembre.
Sin embargo, para los habitantes, diciembre es una fecha que ya ha perdido su significado. "Ya lleva un año que están en proceso, no hace nada", sentencia don Francisco.
Lo expresa con la frustración de quien ha visto pasar los meses sin que la maquinaria pesada se instale de forma definitiva en su comunidad. La lentitud de la obra tiene un correlato inmediato en la vida diaria.
El puente que hoy utilizan en Zacatipán no es una estructura definitiva, sino un paso provisional de tubos que es una bomba de tiempo. "Ya tenemos puente porque ustedes ven que no está al 100 %, pero son tubos que cualquier rato llega el agua y se lo lleva".
Su advertencia no es teórica. Las lluvias recientes han derrumbado los puentes provisionales en Zacatipán y Tenexco, dejando a sus habitantes, una vez más, sin acceso.
A nivel estatal, la situación es igualmente crítica: al menos diez pasos provisionales en siete municipios han colapsado. Esto obliga a las autoridades a pedir paciencia a los pobladores mientras bajan los niveles del agua.
La respuesta oficial, sin embargo, se presenta con cifras que contrastan con la experiencia de las comunidades. El gobierno del estado ha anunciado una inversión histórica de 635 millones de pesos para Tianguistengo.
El monto incluye los 123.1 millones de pesos de la SICT para los cuatro puentes, 30 millones de Conagua para desazolve y muros de gavión en Chapula, y más de 72 millones para la reconstrucción de escuelas.
Para los pobladores, estas cifras son una promesa que aún no se materializa en sus caminos. "Según que ya están las empresas, pero no, seguramente no", insiste don Francisco.
"Según que para enero estuviera el camino del puente pues... no hay ningún avance", agrega desconfiando de los plazos que se renuevan sin que las columnas del puente se eleven sobre el río.
Un año después de la vaguada monzónica que arrasó la sierra de Tianguistengo en octubre de 2025, la herida sigue abierta. No se trata sólo de los caminos destrozados o de los puentes que el agua se llevó.
El puente que el pueblo construyó
Frente a la inacción institucional, la respuesta de la gente ha sido la organización. El puente colgante que hoy utilizan para cruzar el río no fue una obra de gobierno, sino el resultado del esfuerzo colectivo.
"Sí, por las comunidades que corresponden aquí al municipio, que transitan por este lado... nos cooperamos entre todas y lo hicimos", explica don Francisco. Esta misma lógica de autogestión se aplicó para otros servicios básicos.
El líder comunitario relata cómo lograron mejorar sus condiciones de vida: "Empezamos a conocer a Gustavo, ya con la gente aquí, ya lo bajó el precio y la gente ya se fue a aportar en una lista".
"Ahorita ya manejábamos arriba de 60, hace casi un 70 por todo". La experiencia de Zacatipán no es un caso aislado.
En diversas localidades de la sierra, las propias familias han tenido que asumir parte de las labores para recuperar sus hogares y espacios comunitarios.
"Nos estamos levantando solos, pero si vuelve a llover, el río se va a meter otra vez", expresó una vecina a un medio nacional, describiendo la incertidumbre de quienes reconstruyen su patrimonio sin recursos suficientes.
La organización comunitaria, que en un principio fue una respuesta a la emergencia, se ha convertido en el único dique de contención frente a un futuro que se percibe igual de incierto que el presente.
El gobierno sólo aparece con el voto
La desilusión con las autoridades es un sentimiento que atraviesa cada testimonio. Don Francisco es directo al señalar que el apoyo institucional es esporádico y condicionado.
"No, que ha venido gobierno; ni lo conocemos, más bien aquí cuando les urge... Vienen cuando necesitan el voto", afirma, trazando una línea entre la presencia oficial y los ciclos electorales.
La ayuda, cuando llega, se siente como una limosna que no resuelve el problema de fondo: "Ganan su voto, se van a la mesa y dicen, pobre, se está ahogando... Vienen y ya les da 5 mil, 2 mil pesos".
Mientras tanto, las promesas de obras se diluyen en el discurso: "Según que van a terminar una mataza ya en este... Pero no". Esta percepción no es infundada.
A nivel estatal, más de 500 familias damnificadas por la vaguada fueron excluidas del censo que les permitía acceder al apoyo económico federal, lo que las llevó a manifestarse para exigir ser incluidas.
La burocracia y la falta de información se suman a la distancia geográfica para crear una barrera casi tan infranqueable como los ríos crecidos. Para Cipriano, la incertidumbre persiste.
Aunque las empresas dicen estar trabajando, "no hay ningún avance, pues al otro lado no se lleva rato para hacer eso, es una infraestructura muy grande".
La frase, cargada de escepticismo, resume la distancia entre el discurso oficial y la realidad de un terreno donde las máquinas aún no han hecho acto de presencia de manera sostenida.

La opción es el pueblo organizado
La historia de Zacatipán y las comunidades de Tianguistengo es un testimonio de resistencia. Como sentencia don Francisco: "Los gobiernos nomás vienen cuando les urge; si no, ni se aparecen".
Por eso, su llamado es claro y urgente: "Nosotros tenemos que exigir y sólo así se avanza". Esta exigencia, sin embargo, no puede ser individual.
La experiencia de este año ha demostrado que sólo la organización y la unión permiten que el pueblo salga adelante. El puente colgante que cruzan a diario no es sólo una estructura de metal y madera.
Es el símbolo de que, cuando la mano del estado se retira, la mano del vecino se extiende. La reconstrucción de sus vidas no depende de un decreto oficial, sino de la firmeza de una comunidad.
Han aprendido que su fuerza no está en los escritorios del gobierno, sino en la asamblea, en la cooperación y en la convicción de que el progreso se construye desde abajo, con todos y para todos.
La lección que deja la vaguada monzónica no es sólo la de la fragilidad de la infraestructura, sino la de la fragilidad de un pacto social que se rompe cuando las instituciones fallan.
En la sierra de Hidalgo, el pueblo ha decidido no esperar sentado a que el gobierno cumpla. Ha tomado los tubos, los cables y la voluntad colectiva para tender sus propios puentes.
Pero esa resistencia, por heroica que sea, no puede sustituir indefinidamente la responsabilidad del estado. La exigencia de don Francisco no es un lamento, es un programa político: organizarse para exigir, unirse para avanzar.
Porque sólo cuando la comunidad habla con una sola voz, los gobiernos, que hoy sólo aparecen cuando les urge, se ven obligados a escuchar.
Y sólo así, con la fuerza de la unión, el pueblo podrá salir adelante, no a pesar del abandono, sino a pesar de él.
Quizás, algún día, sea con la dignidad de un puente que ya no sea una promesa, sino una realidad que conecte, de una vez por todas, el futuro con la esperanza.
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