Los defensores del sistema económico actual suelen decir que quien arriesga es el empresario, una idea errónea que se han encargado de hacer pasar como una verdad innegable, pero que en realidad sólo oculta la explotación a la que la clase trabajadora ha sido sometida.
En el sistema de producción capitalista, los que realmente arriesgan al producir riqueza son los trabajadores, y no los capitalistas.
Si le rascamos al fenómeno, nos podremos dar cuenta de que son los trabajadores los que arriesgan la vida todos los días para acudir a sus centros de trabajo a realizar intensas y peligrosas jornadas, por las que obtienen salarios que no les alcanzan para costear una vida digna.
En marzo del presente año nos enteramos de la muerte de más de 200 mineros debido a un derrumbe en una mina de coltán en la República Democrática del Congo. Quienes se benefician de las minas de coltán son los grupos multinacionales de la tecnología, mientras que los mineros son sometidos por grupos armados y viven en condiciones de extrema pobreza. Los que arriesgan no son los dueños del capital.
Este no es un caso aislado y mucho menos ajeno a la realidad de los mexicanos. Una de las empresas que ha sido responsable de tragedias que afectan a la población es Grupo México, perteneciente al señor Germán Larrea, uno de los hombres más ricos del país.
En días pasados, uno de los trenes de Ferromex, perteneciente a Grupo México, provocó el derrame de material tóxico en el municipio de Naco, Sonora. El historial de este grupo en la entidad no es positivo, pues en 2014 la empresa Buenavista del Cobre también derramó 40 mil metros cúbicos de sulfato de cobre sobre los ríos Bacanuchi y Sonora, afectando a más de 12 mil personas, quienes a más de una década siguen padeciendo las consecuencias.

En el mismo año, la empresa fue responsable de otro derrame en el río Santa Cruz en Nogales. En 2006 en Nacozari también se derramaron 10 mil litros de ácido en la mina La Caridad. Y en 2016, en Guaymas, la misma empresa fue responsable del derrame de 3 mil litros de ácido sulfúrico sobre el mar de Cortés.
Sin embargo, no sólo en las afectaciones ambientales son responsables: también en 2006, en Coahuila, 65 trabajadores quedaron atrapados cuando una mina se derrumbó y los cuerpos nunca fueron rescatados.
No sólo en Sonora, sino en otras partes de la república, se han presentado tragedias relacionadas con Grupo México. La acumulación capitalista exige a los dueños del capital la extracción desmedida de riquezas naturales y, por tanto, humanas también.
En el sistema de producción capitalista, los que realmente arriesgan al producir riqueza son los trabajadores, y no los capitalistas.

En nuestro país, como en la República Democrática del Congo, los grandes capitales son culpables no sólo de la muerte de los trabajadores, sino también de la contaminación y desgaste de los recursos naturales, que afectan a miles de familias.
El Estado mexicano tiene la obligación de tomar las medidas necesarias para que la clase trabajadora no se vea en una situación tan lamentable. Sin embargo, la realidad es que ha habido una colusión entre ambos sectores, Estado y capital, para someter a los trabajadores.
En el caso del derrame de 2014, se creó un fideicomiso con el que se repararían los daños, destinando 2 mil millones de pesos, de los cuales sólo se gastaron mil 400 millones y se le regresaron 600 millones a la empresa, pero las afectaciones ahí siguen, es decir, los problemas no se resolvieron.
Esto necesariamente nos debe hacer reflexionar sobre la situación, pues cómo es posible que los empresarios se estén enriqueciendo con los recursos naturales que en teoría pertenecen a toda la nación, pero que han sido privatizados.

Recordemos que Larrea se hizo del sector ferroviario gracias a las políticas de privatización de la riqueza pública que se dieron con la implantación del neoliberalismo. No contentos con eso, además causan problemas adicionales a la clase trabajadora y al medio ambiente y no se hacen responsables.
Si el Estado y las autoridades le dan la espalda a la clase trabajadora, es hora de que esta haga lo propio, que defienda sus intereses por cuenta propia. Ahora, con lo de Naco, las autoridades minimizan el problema y, de seguir así las cosas, la historia se puede repetir.
Pero no sólo en este problema; en muchos otros aspectos de la vida laboral los trabajadores están desprotegidos. Sólo su propia fuerza hará que los riesgos en la producción de riqueza los asuman todos, así como los beneficios, pues hasta ahora están acostumbrados a que sean los trabajadores los que hagan todo y se queden con muy poco de lo producido.
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