MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Pobreza en la industria textil de México

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• Un informe de Prodesc revela que siete de cada diez obreros carecen de ingresos básicos y protección social

La industria textil mexicana atraviesa una situación preocupante. Mientras las empresas buscan mantenerse en un mercado cada vez más competido, miles de trabajadores enfrentan salarios insuficientes, falta de seguridad social e incertidumbre laboral.

El problema no es solamente que cierren fábricas, sino que quienes todavía conservan su empleo muchas veces no reciben lo necesario para vivir dignamente.

Un informe de Proyecto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (Prodesc), difundido en 2026, advierte sobre la precariedad que existe en la industria de la indumentaria.

Según sus datos, siete de cada diez trabajadores del sector no perciben ingresos suficientes para superar la línea de pobreza y una proporción importante carece de protección laboral.

Las mujeres, que representan una parte mayoritaria de la fuerza de trabajo, resienten especialmente estas condiciones.

En Coahuila conocemos las consecuencias de esta crisis. El cierre de Parras Cone de México, en diciembre de 2024, dejó sin empleo a más de 200 trabajadores, después de anteriores recortes de personal.

En otras regiones del país, la competencia de productos importados y las dificultades para sostener la producción también han golpeado a empresas y talleres textiles. Cada cierre significa familias que pierden su ingreso y trabajadores obligados a comenzar de nuevo.

Sin embargo, la solución no puede consistir en aceptar salarios bajos para conservar los empleos. Las empresas necesitan condiciones para competir, pero los trabajadores también tienen derecho a recibir una remuneración justa, prestaciones y seguridad laboral.

El desarrollo económico pierde su sentido cuando la riqueza que genera no se refleja en las condiciones de vida de quienes la producen.

Conviene recordar que los derechos laborales de los que hoy disfrutamos no fueron regalos de los patrones ni concesiones espontáneas de los gobiernos.

La jornada de ocho horas, el descanso semanal, las vacaciones, el salario mínimo, la seguridad social y el derecho a organizarse sindicalmente son resultado de largas luchas obreras, de huelgas y movilizaciones, y del sacrificio de generaciones que se enfrentaron a la represión para conquistar mejores condiciones de vida.

El desarrollo económico pierde su sentido cuando la riqueza que genera no se refleja en las condiciones de vida de quienes la producen.

Olvidar esa historia sería desconocer el esfuerzo de quienes abrieron camino para los trabajadores de hoy.

Por eso preocupa que, mientras los gobiernos destacan las inversiones y los indicadores económicos, con frecuencia la situación de las familias trabajadoras quede relegada. Cuando una fábrica cierra, no desaparecen únicamente puestos de trabajo: se ponen en riesgo la alimentación, la vivienda y la educación de cientos de hogares.

Los trabajadores no son piezas que puedan desecharse cuando dejan de ser rentables; son personas con derechos y necesidades que deben respetarse.

Ante esta realidad, es indispensable fortalecer la legislación laboral, vigilar su cumplimiento y garantizar que las empresas respeten las prestaciones que corresponden a sus trabajadores. Pero también hace falta organización.

Los obreros necesitan sindicatos auténticos, democráticos e independientes, que defiendan sus intereses, escuchen a sus agremiados y no utilicen la representación sindical para favorecer a los patrones.

La experiencia histórica demuestra que un trabajador aislado tiene menos posibilidades de defenderse frente a una empresa, mientras que la organización colectiva permite presentar demandas comunes, negociar mejores condiciones y exigir que se cumpla la ley.

No basta con inconformarse ante una injusticia; hay que convertir esa inconformidad en participación organizada, solidaridad y lucha constante.

El Movimiento Antorchista sostenemos que el progreso de México debe medirse también por el bienestar de sus trabajadores. No se trata de enfrentar a trabajadores y empresas, sino de impedir que la competencia y las ganancias se construyan a costa de los derechos laborales.

Una industria nacional fuerte necesita empleos estables, salarios dignos y trabajadores protegidos.

La clase trabajadora tiene una historia de lucha que no debe abandonar. Defender el empleo es importante, pero defenderlo sin renunciar a la dignidad es todavía más necesario.

Porque el trabajo debe servir para sostener a una familia y construir un futuro, no para condenarla a vivir permanentemente con carencias. La organización y la unidad de los trabajadores siguen siendo fundamentales para conquistar condiciones de vida más justas.

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