MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Obreros, desechables en el norte de México

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El cierre de maquilas en la frontera norte de México no es sólo una estadística económica ni una nota pasajera en la sección de negocios: es una herida abierta en miles de hogares que, de la noche a la mañana, perdieron su sustento.

Lo que durante décadas se vendió como el gran motor del desarrollo fronterizo, el modelo maquilador, hoy exhibe su rostro más crudo: naves industriales vacías, guardias en las puertas y largas filas de extrabajadores cargando currículums y esperanza. La promesa del progreso terminó convertida en incertidumbre.

En el fondo, el modelo maquilador descansa en una lógica deshumanizante: el trabajador es visto como un engrane reemplazable, una pieza de bajo costo que puede moverse o desecharse según convenga al capital.

Las maquilas llegaron con el discurso del empleo masivo, la integración al mercado global y la modernización productiva. Ciudades como Tijuana, Reynosa, Matamoros y Ciudad Juárez crecieron al ritmo de parques industriales y turnos de doce horas.

Pero el crecimiento siempre fue frágil, dependiente de decisiones tomadas a miles de kilómetros, en corporativos extranjeros que nunca vieron a los trabajadores como personas, sino como costos. Bastó un ajuste arancelario, una reubicación de plantas a Asia o Centroamérica, o un cambio en la política comercial de Estados Unidos para que miles quedaran en la calle.

El impacto inmediato es económico, pero sus consecuencias son profundamente sociales. Cuando una maquila cierra, no sólo se apaga una línea de producción: se esfuma el ingreso familiar, se pierde la seguridad social, se cancelan consultas médicas, se interrumpen tratamientos, se abandonan escuelas.

La tarjeta del IMSS deja de ser válida, el crédito del Infonavit se vuelve una carga impagable y la despensa se reduce a lo indispensable. Lo que ayer era estabilidad mínima, hoy es sobrevivencia.

Sin alternativas formales, el camino casi obligado es la informalidad. El obrero calificado termina vendiendo comida en la calle, manejando plataformas digitales, cruzando mercancía o aceptando trabajos eventuales sin contrato.

No hay prestaciones, ni aguinaldo, ni vacaciones, ni certeza. Es un retroceso silencioso que precariza vidas enteras. La frontera se llena de economías improvisadas, de puestos ambulantes, de jornadas interminables que apenas alcanzan para pagar la renta.

Este deterioro material erosiona también el tejido social; el desempleo prolongado alimenta la desesperanza, el estrés familiar y la violencia doméstica. Los jóvenes, sin oportunidades, se vuelven presa fácil del reclutamiento criminal.

Las colonias obreras, que alguna vez giraron en torno al horario de la fábrica, ahora enfrentan abandono y descomposición. Donde antes había turnos y transporte de personal, hoy hay silencio, casas en venta y negocios cerrados.

Lo más grave es que esta crisis no es accidental: es consecuencia de una política económica complaciente y opaca. México ha apostado durante décadas a ser mano de obra barata para el mercado estadounidense, sin exigir transferencia tecnológica, sin fortalecer cadenas productivas nacionales y sin construir un verdadero plan de contingencia.

La relación entre ambos gobiernos se maneja entre negociaciones discretas y acuerdos que rara vez se explican a la ciudadanía. Se celebran cifras de exportación, pero se ignora la vulnerabilidad de quienes producen esa riqueza.

Cuando Washington modifica aranceles o incentiva la relocalización industrial, México apenas reacciona. No hay un plan B para proteger a los trabajadores despedidos, ni fondos suficientes de reconversión laboral, ni políticas industriales que generen empleos alternativos. 

Se improvisan ferias de empleo y programas temporales que no alcanzan para compensar la magnitud del problema. El mensaje implícito es brutal: si la maquila se va, el obrero se las arregle como pueda.

En el fondo, el modelo maquilador descansa en una lógica deshumanizante; el trabajador es visto como un engrane reemplazable, una pieza de bajo costo que puede moverse o desecharse según convenga al capital.

No importa su antigüedad, su experiencia o su vida familiar. Si la rentabilidad baja unos puntos, se le sustituye. Es la expresión más cruda de un sistema económico que mide todo en términos de utilidad y nada en términos de dignidad.

Pero aceptar esta realidad como inevitable sería un error; la historia demuestra que los derechos laborales no nacen de la buena voluntad empresarial, sino de la organización social. 

La ciudadanía no puede seguir desentendiéndose de las políticas económicas, creyendo que son asuntos técnicos reservados a especialistas. Cada tratado comercial, cada incentivo fiscal, cada reforma laboral tienen consecuencias directas en la mesa de millones de familias.

Informarse, cuestionar y participar en la vida pública es una necesidad, no un lujo. Los trabajadores, sindicatos, colectivos y comunidades deben exigir transparencia, diversificación económica y políticas que prioricen el bienestar social sobre la ganancia inmediata.

Es urgente pensar en un modelo que genere industria nacional, valor agregado y empleos estables, no sólo ensamblaje barato para exportación.

El cierre de maquilas debería ser una llamada de alerta colectiva. No se trata únicamente de defender empleos, sino de defender la dignidad humana. 

Organizarse, debatir, votar con conciencia y exigir rendición de cuentas es el primer paso para transformar este sistema que se enriquece del trabajo de los obreros mientras los condena a la miseria. Porque ningún país puede llamarse próspero cuando trata a su gente como desechable.

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