Según reportes recientes del Banco Mundial (BM) “la economía mundial se encamina a su peor racha desde 2008 […] el crecimiento mundial promedio en los primeros siete años de la década de 2020?será el más lento de todos los decenios desde los años sesenta”. Pero, fieles a su estilo y papel, los funcionarios de ese organismo internacional bajo control de Estados Unidos, encargado de expandir y apuntalar a toda costa el dominio trasnacional del capitalismo, no hablan de recesión y mucho menos de crisis; hablan de que, con excepción de Asia, “el mundo en desarrollo se está convirtiendo en una zona libre de desarrollo”. Para el BM, los países empobrecidos, expoliados por el colonialismo y el imperialismo, con poblaciones sumidas en la pobreza, trabajadores súper explotados y millones de desempleados son simples “zonas libres de desarrollo”.
Uno de los síntomas más visibles de ese declive del capitalismo mundial es el descomunal aumento del desempleo en general y de manera dramática del desempleo juvenil, lo cual tendrá terribles consecuencias sobre el bienestar y la vida de miles de millones de personas de todas las edades y sobre el futuro de la humanidad. No es que sea un fenómeno nuevo, pues el desempleo forma parte estructural del sistema basado en la propiedad privada de los medios de la producción y en el trabajo asalariado, en donde los desempleados sirven como presión para que los que tienen empleo se conformen con lo que les pagany acepten cualquier trabajo, pero ahora se trata del peor nivel de desempleo en la historia, al grado que el propio BM está preocupado por la “inestabilidad, la agitación social y la migración” que pueden poner en jaque al sistema.
En cuanto al desempleo juvenil, el Banco Mundial habla del gran problema que representa generar 1,200 millones de empleos para los jóvenes que se calcula llegarán a la edad de trabajar en el año 2035 (dentro de 9 años), para los cuales se calcula que sólo habrá disponibles 420 millones de vacantes, sin que eso signifique que serán empleos bien pagados y en el área de su interés. Es decir, de cada tres jóvenes en edad de trabajar, dos no encontrarán empleo con qué sostenerse ellos y sus familias.
¿De qué vivirán los 800 millones de jóvenes que no encontrarán empleo en esta década? El BM no tiene más respuestas que las fórmulas neoliberales de siempre. En primer lugar, formar una comisión y hacer declaraciones: “El desafío no tiene precedentes en la historia moderna: debemos brindar oportunidades laborales significativas a cientos de millones de jóvenes y mujeres en el sur global”, dijo Michelle Bachelet, quien fue en dos ocasiones presidenta de Chile (postulada como “socialista”) y ahora forma parte de esa comisión del BM integrada en agosto de 2024.
Las recetas del BM no se salen del guion neoliberal. Propone que los gobiernos, sin molestar a los dueños del dinero, garanticen servicios, educación y atención médica a los trabajadores: “Los Gobiernos pueden priorizar la salud y el bienestar de la fuerza laboral e invertir en atención médica, educación, capacitación para el desarrollo de habilidades, aire y agua limpios, transporte y energía, todo lo cual es necesario para que las personas y las empresas prosperen”, dice un reporte. Parece muy razonable y progresista, pero no se dice que financiar todo eso es imposible si los Gobiernos no disponen de ingresos suficientes para el gasto público, y que esos ingresos sólo pueden crecer sanamente mediante reformas fiscales que obliguen a que los más ricos paguen más impuestos, algo casi imposible sin una presión social formidable y organizada. Cuando eso no se hace, los gobiernos recurren al endeudamiento, que condena a las generaciones futuras a pagar lo que ahora se gastan los gobiernos, como está ocurriendo en México y otros lugares, y tampoco logran ingresos suficientes para elevar el nivel de vida de los más pobres.
Pero eso no es todo, el BM pide un gobierno al servicio de los más adinerados, que coopere y sea veloz para servirles: “estructuras de gobernanza más sólidas, políticas de apoyo a las empresas y un entorno regulatorio predecible, que los Gobiernos simplifiquen las regulaciones, eliminen las barreras burocráticas y reduzcan los trámites burocráticos innecesarios” porque “la inversión privada fluye solo a los sitios donde se dan las condiciones adecuadas y existe una clara probabilidad de rentabilidad”.
La sustitución de trabajadores por máquinas no se reduce a tareas manuales sino que en este siglo ya abarca también la sustitución de algunas capacidades intelectuales humanas. Citados por Piqueras “Frei&Osborne (2013) prevén 2 próximas ondas de mecanización. La primera ola tiene que ver con trabajos rutinarios o susceptibles de rutinarización. Trabajos en transporte, ocupaciones logísticas, administrativas y de oficina en general; el mercado para robots personales y de hogar, que está creciendo alrededor de un 20% anual; las ocupaciones relacionadas con las ventas (cajeros, empleados de contabilidad y alquiler, así como televendedores); el trabajo de prefabricados y de construcción en general... La segunda ola estará centrada en sobrepasar el cuello de botella de la ingeniería relacionada con la creatividad y la inteligencia artificial. La automatización que combina los avances en microelectrónica, informática, biogenética, nanotecnología, inteligencia artificial, neurociencia y robótica (Cuarta Revolución Industrial), promoverá cada vez más la delegación de los ámbitos de creación y los sistemas de control productivo a las propias máquinas “inteligentes”, capaces de desarrollar mejores registros que los humanos también en estos campos”.
Lo anterior dejará sin trabajo a millones de personas. No hay forma de evitarlo mientras prevalezca un sistema económico en el que el avance científico y tecnológico se utilice para generar ganancias para unos cuantos, en vez de usarse para hacer menos fatigosa y más eficaz la actividad productiva, para generar con menos esfuerzo y en menos tiempo todo aquello que verdaderamente se necesita para resolver las necesidades de todos, empezando por los propios trabajadores que ahora están empobrecidos. El enemigo no es el avance tecnológico, sino la utilización y apropiación de sus frutos por un pequeño grupo de multimillonarios.
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