MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

La trampa del individualismo

image

• Más de 40 años de declive sindical han precarizado a millones de obreros frente al gran capital

Se entiende por individualismo "Toda doctrina moral o política que reconozca al individuo humano un valor predominante de finalidad respecto de las comunidades de que forma parte. El extremo de esta doctrina es, obviamente, la tesis que postula que el individuo tiene valor infinito y la comunidad valor nulo […] es el fundamento teórico del liberalismo en su primera aparición en el mundo moderno" (Nicola Abbagnano, Diccionario de filosofía). 

Frente a la acumulación de la riqueza por una élite capitalista, es indispensable estructurar la lucha de los trabajadores en un partido que los coordine y dirija su acción hacia la toma del poder político.

Históricamente, la reivindicación absoluta del individuo aislado se vio fortalecida por el capitalismo, que lo pondera y lo opone a la colectividad en términos irreconciliables.

Pero contra todas esas pretensiones, no somos individuos aislados, "self-made men" (hombres que se hacen a sí mismos). Desde sus orígenes, la especie humana surgió haciendo vida gregaria, por estricta sobrevivencia frente a los depredadores y para obtener alimento. 

Al dejar la vida arborícola, el hombre sólo podía sobrevivir en estrecha colaboración con la comunidad. Con el esclavismo inició el largo proceso de disolución de la comunidad primitiva. 

En la antigüedad, los esclavos, la inmensa mayoría de los habitantes, no existían como personas. Eran masa anónima. Tiempo después, la ideología medieval europea reducía también al hombre a nada, a polvo, frente a las potencias divinas.

Las raíces del individualismo son económicas, y fue el capitalismo el ambiente social que le dio mayor impulso. En la Reforma protestante –avanzada intelectual del capitalismo– destacó Juan Calvino (1509-1564), quien argumentó en favor del naciente sistema que el enriquecimiento individual es muestra de gracia divina. 

Es la así llamada "teología de la prosperidad". Por su parte, Adam Smith concibe al individuo egoísta como el motor de la vida económica; en busca siempre de maximizar la ganancia y el consumo personales, paradójicamente, genera bienestar social, dice.

El capitalismo se basa en la propiedad privada, que es "exclusiva"; es decir, la propiedad de una persona sobre un bien excluye a otros. Más específicamente, la raíz económica capitalista del individualismo es la competencia, que enfrenta a los propietarios en una feroz guerra de todos contra todos por los mercados.

Cada vendedor busca para sí la preferencia de todos los compradores. En una palabra, el monopolio es el paraíso de todo capitalista: un mercado sólo suyo, sin competidores, a quienes se enfrenta y busca imponer límites o, de ser posible, destruirlos. Allí, el éxito de uno entraña el fracaso del otro. Asimismo, en la relación entre capital y trabajo, si la plusvalía aumenta, el salario baja, y viceversa.

Desde sus profundas raíces económicas, el individualismo derivó en filosofía y principio moral dominante. Así se ve en el superhombre de Nietzsche, donde el individuo es elevado por encima de la masa, concebida a su vez como atrasada, ignorante e incorregible. 

Desde la perspectiva nietzscheana, el hombre alcanza la excelsitud alejándose de "la muchedumbre". Ya en nuestra época, Margaret Thatcher, primera ministra británica, en declaraciones a la revista Woman's Own (31 de octubre de 1987), se cuestionaba: pero ¿quién es la sociedad? Y respondía: no existe tal cosa. Hay hombres y mujeres individuales y hay familias y ningún gobierno puede hacer algo, si no es a través de las personas, y las personas primero tienen que luchar por sí mismas. ¡La sociedad no existe!

Esta misma filosofía inspira la enseñanza tradicional de la historia, donde se realza como motor de los grandes acontecimientos la acción sola de personajes insignes, superiores por alguna extraña razón al común de la gente. 

Como mesías políticos o lobos solitarios, ellos hacen los grandes cambios sociales, donde las masas actúan a lo sumo como comparsas. No desempeñan el papel protagónico.

Contra toda esta ideología de ensalzamiento del individuo, en la vida real el hombre aislado de la sociedad es inconcebible, incluidas las cualidades y características que lo hacen humano, pues es un ser social. 

Algo tan obvio: hablar es un acto social. Nadie aprende a hablar si no escucha a otros, ni elige el idioma que habla: se lo transmite la colectividad en la que nace. El gusto musical y la cultura gastronómica están socialmente determinados. Preferimos y comemos lo que come nuestro pueblo. Y así sucesivamente.

La idea del hombre que se crea a sí mismo es falsa, y tramposa, pues admitida como premisa, nos lleva a concluir, consecuentemente, que él merece toda la recompensa por sus logros, que son, por definición, obra exclusivamente suya, y en los que nadie más lleva mérito. Su falsedad es evidente. 

Por ejemplo, en los centros educativos, los niños y jóvenes, sin menoscabo de su esfuerzo personal, no se educan solos: son los profesores, las escuelas y el pueblo con sus impuestos, quienes lo hacen. 

Además, toda la cultura recibida es fruto del esfuerzo y la creatividad de todas las generaciones pasadas. Igualmente, es la sociedad la que cura a los enfermos; es difícil curarse a sí mismo, aisladamente. 

De ahí que el individuo que se separa del colectivo no sólo no se fortalece: se debilita, pues pierde la formación, la energía, el apoyo que le brinda la comunidad. Y a la inversa, su fuerza será siempre mayor en medio de la colectividad, arropado por ella.

Y de aquí se infiere una conclusión fundamental: que es gran despropósito ofrecer o buscar soluciones individuales a los grandes problemas sociales; como pretender que cada cual resuelva el problema de la inseguridad nacional, la crisis del sistema de salud, el atraso educativo. Sólo la acción social organizada en grande puede enfrentarlos.

Finalmente, en la exaltación del individuo y la campaña contra lo colectivo también actúa el poder. Existe una política de Estado orientada a disolver las organizaciones sociales. En el neoliberalismo, el gran capital las combate, por ejemplo, aplicando una política antisindical sistemática.

Al respecto, el investigador Jesús Rubio, de El Colegio de la Frontera Norte, en su artículo "Sindicalización y precariedad laboral en México" (2017), señala: "Los datos más recientes muestran que la tasa de sindicalización sigue con esta tendencia a la baja a escala nacional, desde los años ochenta". 

Más adelante, agrega: "Si bien es cierto que desde hace cuatro décadas la densidad sindical en México va en declive, se demuestra que los trabajadores sindicalizados son menos precarios que sus contrapartes". 

Este simple hecho revela el poder que tiene, o puede tener, la acción colectiva (así sea en su forma más elemental, como el sindicato) en defensa de los intereses de los trabajadores, comparada con la indefensión del individuo aislado frente a sus patronos.

Finalmente, y como contexto más general, desde el advenimiento de la propiedad privada, la sociedad ha vivido inmersa en una lucha entre clases sociales: grandes conglomerados humanos determinados por un vínculo común frente a la propiedad sobre los medios de producción y frente a la forma y el monto de apropiación de la riqueza. Nadie puede sustraerse a este conflicto. 

Todos formamos parte de una clase social, sepámoslo o no; querámoslo o no. Y frente a la acumulación de la riqueza por una élite capitalista, es indispensable estructurar la lucha de los trabajadores en un partido que los coordine y dirija su acción hacia la toma del poder político. 

Esta debe ser la forma suprema de acción social organizada, única vía de liberación de las grandes masas desposeídas. Deben liberarse del espejismo, salir de la trampa individualista y abandonar toda esperanza de que la acción individual aislada resuelva los problemas de los trabajadores, tesis que, además, choca con la realidad económica.

La producción es cada vez más social y menos un acto individual. Es obra de ejércitos de trabajadores coordinados. Aun el campesino más aislado depende de otros que le proveen herramientas, fertilizantes, etcétera. En general, cada ser humano está socialmente determinado y vitalmente integrado en la sociedad, de la cual recibe todo.

Por consecuencia, el crecimiento e incluso el éxito del individuo habrá de alcanzarse no en contra del colectivo o por encima de él, sino junto con él, dentro de él, en la defensa de la propia clase. Sólo la colectividad ofrece al hombre las fuerzas necesarias para enfrentar las dificultades de la vida, impulsarlo y dotarle de conocimientos y habilidades. 

No debe haber una contraposición entre individuo y sociedad, menos entre él y su clase, sino una relación armónica donde la persona trabaje por el bien común, y que de este último redunden el bienestar y el desarrollo individual.

NOTICIAS RELACIONADAS

0 Comentarios:

Dejar un Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados *

TRABAJOS ESPECIALES

Ver más

FOTOGALERÍAS