• Es vital educar a los trabajadores para lograr un cambio verdadero en el país
Hay una pregunta que todo activista revolucionario debiera hacerse con seriedad: ¿cuáles son nuestras tareas inmediatas? Podemos gestionar una calle, conseguir agua, drenaje sanitario, vivienda, centros de salud, apoyos a la vivienda, defender una escuela, reunir a 100 o mil personas, competir en elecciones y ganar elecciones.
Todo esto importa, pero aún quedan preguntas más difíciles: ¿la gente lucha porque comprende las causas de su situación de pobreza o solamente porque necesita resolver un problema inmediato? ¿Nos sigue porque comparte conscientemente un proyecto de transformación social o porque espera una gestión, una obra o un apoyo?
¿Qué ocurriría si mañana ya no hubiera nada material que ofrecerle: seguiría organizada? ¿Sabe quién produce la riqueza del país y quién se apropia de ella?
¿Comprende por qué, aunque cambien los gobernantes, su pobreza permanece? ¿Está preparada para defender sus intereses incluso cuando esto implique sacrificios de todo tipo?
Y finalmente: ¿estamos formando hombres y mujeres capaces de transformar conscientemente la sociedad o solamente una multitud capaz de movilizarse cuando la convocamos?
Si la respuesta es no, entonces tenemos gente inconforme con el gobierno, con lo que pasa, con la injusticia, incluso gente que se puede movilizar, pero todavía no tenemos una fuerza social consciente, educada políticamente.
Esa es una de las grandes enseñanzas que nos deja Jorge Plejánov. No basta con que el pueblo sufra la pobreza para crear conciencia de clase y que cambie la sociedad.
Tampoco basta con que se rebele y realice protestas espontáneas. El descontento puede producir una protesta enorme y después desaparecer.
Puede inclusive caer un gobierno y la vida de los trabajadores seguir casi igual. Para que el pueblo pueda intervenir en serio en el rumbo de un país, necesita ser educado políticamente, organizarse y adquirir experiencia política.

Plejánov insistía precisamente en preparar a los trabajadores para una acción social y política consciente. Pensemos en algo sencillo.
Una colonia puede marchar, hacer un mitin o plantón a la autoridad gubernamental competente, porque lleva años sin el servicio de agua potable. La gente se organiza, presiona y consigue su agua potable.
La lucha fue necesaria y enseñó que unidos, organizados y en pie de lucha, pueden obligar a la autoridad a responder. Pero el siguiente paso es más complicado que el pueblo lo vea a simple vista.
¿Por qué el pueblo no tiene resueltas las necesidades básicas, elementales para vivir lo más humanamente posible? ¿Cómo se decide el presupuesto nacional?, ¿quién fija las prioridades?, ¿por qué unas zonas —donde viven los ricos o donde está la gran industria— reciben inversión y otras esperan durante años?, ¿qué relación tiene ese problema con la forma en que se distribuye la riqueza?
Cuando la lucha concreta por demandas es llevada a este nivel, la gente empieza a pasar de la simple inconformidad a la conciencia política. Lenin insistió mucho en este punto.
La experiencia diaria enseña, pero no explica por sí sola el funcionamiento y las consecuencias de la sociedad capitalista. Un trabajador puede saber perfectamente que su salario no alcanza; un campesino sabe cuándo el fertilizante se encarece; una madre sabe lo que significa esperar meses una consulta médica o la falta de medicamentos.
Lo que no surge automáticamente de cada problema particular es una explicación política, de conjunto. Para eso hacen falta estudio, reuniones, discusión, organización y personas dedicadas a unir los problemas sociales aparentemente separados.
No basta que personas sigan a un dirigente; debe importarnos también que esas personas comprendan por qué luchan, el origen de sus problemas y qué intereses tienen en común con los demás trabajadores.
Esta es una de las tareas del activista revolucionario. Por eso la tarea de estos tiempos no puede limitarse a juntar gente.
Hay que formar políticamente a la gente. No basta preguntar cuántos asistieron a una reunión; hay que preguntar cuántos salieron entendiendo algo que no entendían antes.
No basta que personas sigan a un dirigente; debe importarnos también que esas personas comprendan por qué luchan, el origen de sus problemas y qué intereses tienen en común con los demás trabajadores. Y, sobre todo, que sean capaces de explicárselo a otros.
Aquí empieza a formarse la conciencia de clase: cuando los trabajadores dejan de ver sus problemas como una desgracia individual y comienzan a entenderlo como parte de la situación de toda una clase social. Aquí se va dibujando la idea del llamado partido de nuevo tipo.
No estamos hablando simplemente de un partido con registro, oficinas, candidatos o propaganda electoral. Un partido electoral suele cobrar vida con especial intensidad cuando se acerca una elección.
Busca candidatos, a veces no importando de qué corriente política sean, no importando las ideas, los principios; busca votos, representantes y cargos. Después de la jornada electoral, buena parte de esa relación con la población se debilita, se apartan del pueblo.
El partido de nuevo tipo, en el sentido histórico asociado a Lenin, plantea otra clase de organización. Esta debe ser permanente, disciplinada, con estudio, educación política, trabajo constante y capacidad para organizar en todo momento; repito, en todo momento.
Así, una vez que se presente la coyuntura política, daremos el salto seguro a la toma del poder político nacional. Por eso tener o no registro oficial no resuelve esta cuestión.
Una organización puede no aparecer en una boleta electoral y, sin embargo, tener una estructura política real, tener grupos estables, cuadros formados, discusión de temas de la comunidad, trabajo entre el pueblo y un programa que sus integrantes comprendan.

La historia nos ofrece muchísimos ejemplos de esto, pero tomemos sólo uno: en 1911 cayó Porfirio Díaz después de más de 30 años en el poder. Su salida fue resultado de una enorme inconformidad social y de un movimiento revolucionario que se extendió por todo el país.
Pero quitar a don Porfirio no resolvió el problema fundamental: ¿quién debía gobernar, para beneficio de quién y qué cambios tenían que realizarse? Una crisis puede tumbar lo viejo, pero construir algo diferente y superior exige conciencia, organización, un programa y una fuerza social consciente capaz de sostenerlo.
Algo parecido puede verse en muchas protestas modernas. Miles de personas pueden salir a la calle por una injusticia y, unas semanas después, cada quien vuelve a su casa.
Hubo enojo, valor y movilización, pero no existió lo mero principal. La lucha por el poder político no se entiende entonces como la simple llegada de unas cuantas personas al gobierno.
La cuestión esencial es si existe una población organizada y políticamente preparada capaz de participar, vigilar, discutir y sostener un proyecto político que esté a favor del pueblo. Sin esa base, cambiar a quienes gobiernan puede dejar intactos muchos de los viejos problemas.
Por eso, antes de preguntarnos cuándo llegará el gran momento político, hay que preguntarse: ¿qué fuerza social estamos preparando para ese momento?

Nadie sabe exactamente cuándo una sociedad entrará en una crisis profunda, pero lo que sí puede decidirse desde ahora es si ese día encontrará a la población dispersa y confundida, o se encontrará con miles de personas que han aprendido a pensar, organizarse y actuar de manera colectiva.
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