• Este municipio mixteco lleva 50 años forjando progreso con escuelas y hospitales gracias al trabajo colectivo
Existe una narrativa oficial que lleva décadas intentando convencernos de que el progreso de los pueblos depende exclusivamente del dinero privado, de la suerte geográfica o de la benevolencia de los gobiernos en turno. Nos han dicho hasta el cansancio que, si un municipio está lejos de las grandes urbes, sin enormes centros comerciales ni autopistas de cuatro carriles, su destino natural es la miseria, la emigración y el olvido.
Enclavado en el corazón de la Mixteca poblana, este territorio no tenía, sobre el papel, ninguna oportunidad. Sin embargo, hoy Tecomatlán ostenta una realidad que deja en evidencia a decenas de cabeceras municipales cercanas a la capital poblana que cuentan con más comercio, más rutas de transporte y más presupuesto: en Tecomatlán hay instituciones educativas desde nivel preescolar hasta el nivel superior donde los hijos de los campesinos se titulan; cuenta con un hospital integral equipado; una unidad deportiva que no le pide nada a un complejo olímpico; centros recreativos y, sobre todo, una seguridad envidiable donde se puede caminar a cualquier hora sin el fantasma de la delincuencia.

¿Cómo se explica esta anomalía? La respuesta no está en la caridad de ningún partido tradicional, sino en una verdad tan vieja como el pensamiento: el desarrollo real nace cuando las masas desposeídas se organizan, toman conciencia de su fuerza y asumen las riendas de su propio destino.
Hace más de 50 años, el Movimiento Antorchista se fundó en Tecomatlán, no para regalar espejismos, sino para organizar al pueblo trabajador. Y cuando el pueblo organizado gobierna, la prioridad deja de ser la ganancia individual o el saqueo del presupuesto público para convertirse en la satisfacción de las necesidades colectivas.
Lo que hoy se vive ahí no cayó del cielo ni se improvisó en un sexenio; es la acumulación del trabajo consciente de generaciones que entendieron que la pobreza no es una condena divina, sino una injusticia social que se combate con organización y lucha.

Pero el camino no ha sido fácil ni gratuito. Para conquistar su propio desarrollo, el pueblo trabajador de Tecomatlán ha tenido que pagar un precio altísimo: derramar su propia sangre ante la ferocidad de los caciques que, aferrados al poder y al sometimiento de las masas, vieron en la organización popular una amenaza mortal a sus privilegios.
La historia de Tecomatlán está marcada por la entrega heroica de hombres y mujeres que dieron la vida por la causa de un mundo mejor, demostrando que la liberación de los pobres cuesta, pero se defiende con dignidad y valor.
Por eso resulta tan reveladora la virulencia de la campaña mediática que por años se ha lanzado contra el Movimiento Antorchista. A través de los medios tradicionales y las tribunas del poder, se ha querido pintar a la organización con las peores etiquetas: que si son violentos, que si manipulan, que si lucran con la necesidad.

Pero las calumnias tienen un límite insuperable: la realidad concreta. Las mentiras se escriben en papel o se dicen detrás de un micrófono, pero las escuelas de Tecomatlán están hechas de tabique y albergan a estudiantes reales; el hospital salva vidas verdaderas; las canchas llenas de jóvenes practicando deporte no son ningún montaje.
Más aún, el proyecto antorchista comprende que el hombre no vive sólo de pan, sino también de cultura. Ahí están el Auditorio "Clara Córdova Morán" y el Teatro "Aquiles Córdova Morán", recintos donde los jóvenes, los campesinos y el pueblo no sólo tienen acceso libre a las instalaciones, sino que se convierten en espectadores y protagonistas del arte verdadero: un arte sensibilizador, concebido para educar, elevar el espíritu y concientizar al ser humano.
Tecomatlán no es sólo un motivo de orgullo para la Mixteca; es una lección para todo México. Nos demuestra que el verdadero cambio no se vota cada seis años para luego volver a casa a esperar milagros, sino que se construye todos los días, desde abajo, con la fuerza, la disciplina, la cultura y la unión del pueblo organizado.
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