MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

La juventud debe conocer la historia de nuestros mártires

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¿Qué es la muerte? Desde una perspectiva puramente biológica, es el fin del ciclo vital. Para la filosofía y las grandes religiones del mundo –desde el cristianismo hasta el budismo– la muerte es un tránsito, transformación de la conciencia, la promesa de resurrección o reencarnación. Pero para quienes luchamos por transformar la realidad social, la muerte adquiere una dimensión civil y comunitaria profunda. Los mexicanos lo sabemos bien: cada dos de noviembre materializamos la esencia de nuestros difuntos mediante un recuerdo. Hacemos concretos a nuestros muertos cuando los recordamos, les rendimos culto y nos comprometemos a seguir luchando por las causas que ellos defendieron.

Para el antorchismo, este acto de memoria colectiva representa una fecha crucial que las nuevas generaciones deben conocer y comprender desde el origen. No se trata de un simple día de fiesta, sino la lección viva de la historia y de la dignidad: el 6 de junio.

Hoy en día, los jóvenes que visitan o viven en Tecomatlán ven una comunidad modelo: escuelas de todos los niveles educativos, una unidad deportiva de primer nivel, un hospital integral, calles pavimentadas, un alto nivel de seguridad y un ambiente de progreso. Sin embargo, esa realidad no cayó del cielo ni fue un regalo del gobierno. Fue el resultado de la lucha encarnizada contra el cacicazgo que dominaba la Mixteca Baja.

Los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla. Para la juventud que no conoce el pasado, es necesario decirles que las condiciones de bienestar actual se pagaron con sangre. El 6 de junio no es una fecha elegida al azar; es el día en que recordamos a los mártires antorchistas, hombres y mujeres del pueblo asesinados por las balas de la reacción terrateniente y caciquil por el único “delito” de organizar a los campesinos y exigir justicia social.

En la marcha conmemorativa que anualmente recorre las calles de Tecomatlán, contingentes de todo el país se reúnen para lanzar un doble llamado: Primero, invitar al pueblo de Tecomatlán a cuidar, defender y fortalecer los avances logrados con el Movimiento Antorchista. El desarrollo de la comunidad es una obra colectiva, pero es una tarea inconclusa. Hace falta desarrollar más a la Mixteca y a México; y eso únicamente se logra con un pueblo unido, educado y organizado de manera consciente, sin cambiar oro por cuentas de vidrio, es decir, renunciar al futuro de Tecomatlán por una dádiva temporal El segundo llamado es a la juventud y a los militantes para que no se dejen engañar por los distractores del sistema.

En el centro de esta memoria histórica brillan con luz propia las madres de nuestros compañeros caídos. Como bien ha señalado el maestro Aquiles Córdova Morán: “Toda madre que ha dado un hijo para la lucha es una gran mujer”.

El ejemplo más claro de esta transformación cualitativa fue Doña Margarita Morán, madre de los fundadores del antorchismo. Como cualquier madre trabajadora del México rural, Doña Margarita seguramente aspiraba a que sus hijos tuvieran una vida “normal” en los márgenes del sistema capitalista: profesionistas exitosos, con estabilidad económica y alejados de los problemas.

Sin embargo, cuando sus hijos tomaron el rumbo de la revolución social, ella no se acobardó; cambió su mentalidad campesina y de pueblo, comprendió los enormes peligros que implicaba desafiar al sistema y, en lugar de frenarlos, se convirtió en una antorchista muy consciente, voluntaria y aplicada al trabajo organizativo. Muchos de los militantes históricos se acercaron a la organización gracias a su calidez y su ejemplo. Siguió la llama del antorchismo hasta su último aliento, demostrando que el amor de madre también puede transformarse en amor revolucionario por todo un pueblo. Un abrazo eterno a las madres de nuestros mártires, estén físicamente con nosotros o nos acompañen desde la memoria.

Hoy, nuestro secretario general, el ingeniero Aquiles Córdova Morán, hace un llamado urgente a la juventud a estudiar la realidad de manera científica, es decir, a conocer el fondo de las cosas y no quedarse en la superficie.

Vivimos en la era de la distracción masiva. El sistema capitalista ha tejido una red de manipulación sumamente sofisticada para mantener a los jóvenes adormecidos: las redes sociales, los algoritmos diseñados para el entretenimiento banal, la televisión, el cine y la música comercial. Incluso la política oficial se ha reducido a las dádivas sociales en forma de transferencias monetarias que mitigan el hambre de hoy, pero perpetúan la pobreza de mañana.

El sistema intenta canalizar la rebeldía juvenil hacia causas aisladas: el medio ambiente, la salud del planeta, el bienestar animal. Si bien estas causas son nobles, el capitalismo nos hace creer que, luchando aisladamente por ellas, cambiaremos el mundo no es más que una trampa para que no veamos el problema de raíz.

El verdadero problema de fondo es éste: el trabajador, que es el único que crea la riqueza con su fuerza de trabajo, recibe una parte mínima de ella en forma de salario (apenas lo suficiente para que sobreviva y regrese al día siguiente a producir). El resto de la riqueza se acumula en unas cuantas manos, y el sistema nos educa para que aceptemos esta tremenda injusticia como algo “normal” y “correcto”. Si el trabajador recibiera lo justo, podría liberarse del capitalista, lo que arruinaría el principio de la máxima ganancia. Por lo tanto, la única conclusión correcta consiste en cambiar el modelo económico por uno que sirva a los intereses de las clases trabajadoras.

El mundo actual atraviesa por dificultades extremas y la juventud no puede darse el lujo de ser neutral o indiferente. Hay que tomar partido, y el único partido correcto es el de los más desprotegidos.

Para lograr un cambio verdaderamente revolucionario en México no podemos irnos por las ramas: hay que cortar el mal de raíz. Esto exige que la juventud tome conciencia y se sume a la tarea de construir un verdadero partido del pueblo. No un partido electorero como los que ya existen, que sólo buscan alcanzar puestos políticos y repartir el poder entre las mismas élites, sino una organización que nazca de las entrañas del pueblo trabajador, que lo eduque, lo organice y tenga el objetivo de transformar la estructura económica del país.

Nuestros mártires, a quienes homenajeamos cada seis de junio en Tecomatlán y en cada rincón del país, son el recordatorio permanente de que hemos adquirido un compromiso histórico. Su sacrificio no fue en vano; es la antorcha que hoy entregamos a la juventud para que siga iluminando el camino hacia un México más justo, próspero y equitativo. ¡Mientras un antorchista respire, la memoria de nuestros caídos seguirá viva!

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