MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

La epidemia silenciosa que no se puede ignorar

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• Un 23.4 % del pueblo duranguense carece de servicios básicos y clama por urgentes reformas sanitarias para vivir

Las cifras duelen cuando se leen con el estómago vacío y el cuerpo enfermo. El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) ha vuelto a encender las alarmas: en Durango, el 23.4 % de la población vive sin acceso a servicios básicos en su vivienda, una proporción que supera la media nacional.

El desabasto de medicamentos no es el fondo del problema, sino sólo su síntoma más visible, la verdadera herida está en la ausencia de una política de Estado.

Pero detrás del número hay rostros, hay madres que cargan a sus hijos por veredas, hay ancianos que beben agua de arroyo y hay niños que mueren de diarrea porque no tienen suero ni agua limpia para prepararlo.

En la sierra duranguense, la pobreza no es abstracta. Es una pipa que no llega, un camino de terracería que el lodo convierte en trampa mortal, una letrina mal construida que envenena el manto freático, un centro de salud sin anestesiólogo, sin pediatra, sin medicina.

Municipios como Mezquital, Pueblo Nuevo o Topia arrastran décadas de rezago, mientras la capital presume de hospitales modernos y las autoridades firman convenios que nunca se traducen en quirófanos móviles o en medicamentos oncológicos.

El dato más brutal: sólo el 18.7 % de los hogares duranguenses tiene agua entubada todos los días, cuando el promedio nacional es del 52.5 %. Es decir, ocho de cada diez duranguenses dependen del acarreo, de pozos que se secan o de pipas que nunca son suficientes.

Sin agua, no hay lavado de manos, no hay alimentos inocuos, no hay control de infecciones, y entonces florecen las enfermedades gastrointestinales, que son la primera causa de consulta en los centros rurales, donde el único remedio que ofrecen es: "tome suero y espere".

Pero el desabasto de medicamentos no es el fondo del problema, sino sólo su síntoma más visible, la verdadera herida está en la ausencia de una política de Estado.

El IMSS-Bienestar, que prometía rescatar los hospitales rurales, sigue sin cubrir las plazas de especialistas que dejó la vieja estructura. Los médicos pasantes rotan sin cesar, impiden dar seguimiento a diabéticos, hipertensos o embarazadas, y las farmacias de los centros de salud se convierten en museos de polvo y caducidades.

Cuando un paciente necesita una cirugía o una atención de tercer nivel, el traslado a la capital o a Torreón se vuelve una odisea que muchas familias prefieren evitar. Y entonces mueren en casa, sin estadística, sin certificado, sin que nadie los cuente.

Frente a este panorama, el diagnóstico es claro: la gente humilde y trabajadora no puede esperar más soluciones desde arriba.

En Durango, las manifestaciones de médicos, las protestas de comunidades por agua potable y las marchas de madres por medicamentos han sido las únicas herramientas que han logrado mover a las autoridades.

La presión social, la denuncia documentada y la organización vecinal han conseguido, en algunos municipios, que se repare una pipa o que llegue un quirófano móvil. Pero eso no es suficiente. No se trata de parches; se trata de transformar la estructura.

Se requiere inversión real en infraestructura hídrica, en caminos rurales, en contratación de personal de salud con estímulos que hagan atractivo trabajar en la sierra.

Se requiere un programa de vivienda saludable que incluya drenaje y biodigestores, y una reforma a las compras consolidadas para que los insumos lleguen a tiempo a los hospitales más olvidados.

Y eso sólo lo puede hacer el gobierno federal si realmente quiere, si deja de recortar presupuestos en rubros esenciales y diseña políticas públicas con nombre y apellido, no con siglas vacías.

Si no actuamos ahora, dentro de cinco años leeremos el mismo diagnóstico, pero con nuestros nombres, la epidemia silenciosa no perdona: mata despacio, en la indiferencia, en la falta de agua, en la ausencia de un médico.

Mientras las autoridades firman convenios y presentan informes de cartón, las madres de la sierra siguen cargando a sus hijos enfermos por veredas, buscando una gota de medicina que nunca llega.

Es tiempo de hacer ruido. Es tiempo de que el pueblo trabajador hable, se politice, se organice y luche, de que exijamos, de que pongamos cara a cada carencia. Porque la salud no es un lujo, es un derecho.

Y quien no lo garantiza, está fallando en lo más elemental. No permitamos que la indiferencia sea la única epidemia que no tenga vacuna.

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