En un país donde la violencia, el individualismo y el consumo vacío parecen ocupar cada rincón del espacio público, resulta casi imposible hablar de una feria organizada por el pueblo. ¿Qué tiene de especial una fiesta comunitaria en tiempos donde nos dicen que la cultura es mercancía y el entretenimiento debe comprarse? Mucho más de lo que algunos estarían dispuestos a admitir.
La Feria de Tecomatlán no es sólo un evento anual con música, danza y convivencia, es la prueba viva de que la organización popular puede construir espacios sanos, recreativos y profundamente humanos. Es una prueba de que, cuando el pueblo decide hacerse cargo de su vida cultural, el resultado no es el caos que tanto anuncia el discurso conservador, es en realidad comunidad, identidad y conciencia.
La cultura de masas, impuesta desde centros de poder económico y político, busca homogeneizarnos, volvernos consumidores dóciles, espectadores de nuestra propia realidad.
Vivimos en una sociedad impactada por una cultura de imposición imperialista que nos lleva a la más grande apatía. Se nos educa para competir, para diferenciarnos, para sentirnos “distintos” del otro, como si esa supuesta diferencia nos colocara por encima de los problemas del resto de la sociedad.
Frente a eso, en la Feria de Tecomatlán se plantea otra cosa: comunidad antes que consumo, identidad antes que sometimiento, participación antes que indiferencia. Y eso, en un país con profundas desigualdades, no es un gesto menor, es un gran acto político.
Las tradiciones no son un adorno ni una fotografía para el turismo. Son memoria histórica, son raíz, son la forma en que un pueblo se reconoce a sí mismo. Cuando una comunidad conoce su historia, valora su arte, su música, su danza y sus formas de organización, desarrolla un sentido de pertenencia que ninguna campaña publicitaria puede fabricar. ¿Cómo no defender lo que sentimos nuestro? ¿Cómo no luchar por aquello que nos nombra y nos da identidad?
Por eso la cultura es un terreno de disputa. Porque un pueblo sin memoria es un pueblo fácil de dominar. La cultura de masas, impuesta desde centros de poder económico y político, busca homogeneizarnos, volvernos consumidores dóciles, espectadores de nuestra propia realidad. Nos invita a mirar hacia afuera, a desear lo ajeno, mientras despreciamos lo propio.
En ese contexto, preservar y promover la cultura popular es una forma de resistencia. La Feria de Tecomatlán demuestra que otra realidad es posible cuando hay organización.
No se trata sólo de espectáculos gratuitos o de la magnitud del evento, sino del proceso colectivo que lo hace posible. Detrás de cada actividad hay trabajo comunitario, hay coordinación, hay una convicción clara: el pueblo puede y debe ser protagonista de su desarrollo cultural y social.
Estos espacios recreativos sanos son fundamentales para el correcto desarrollo de una sociedad. No sólo alejan a niñas, niños y jóvenes de dinámicas de violencia y exclusión, sino que les ofrecen algo mucho más valioso: un lugar donde sentirse parte de algo más grande, donde reconocerse en el otro, donde aprender que la vida colectiva es posible y necesaria.
Cuando el pueblo se organiza, la cultura deja de ser privilegio y se convierte en derecho. Y cuando la cultura es un derecho ejercido colectivamente, se fortalece la conciencia social.
No es casualidad que quienes apuestan por la despolitización vean con recelo este tipo de expresiones. Un pueblo que baila, que canta, que compite deportivamente y que convive, también es un pueblo que piensa, que se cuestiona y que puede organizarse para defender sus intereses.
Por eso sostengo que la Feria de Tecomatlán es mucho más que una fiesta. Es un acto de preservación cultural, un ejercicio de organización popular y una apuesta por una sociedad distinta.
Una sociedad donde la identidad no se diluye en el consumo, donde la cultura no se impone desde afuera y donde el pueblo no es espectador, sino sujeto de su propia historia.
En tiempos de gran apatía, celebrar lo nuestro es también una forma de luchar. Y Tecomatlán, junto con el Movimiento Antorchista, nos recuerdan que la cultura, cuando nace del pueblo y se defiende colectivamente, no sólo entretiene: verdaderamente transforma.
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