MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

El país de los dos Méxicos

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• El 1 % concentra 35 % del ingreso y 40 % de la riqueza, según Oxfam

La fotografía de nuestro país es desoladora, no se trata de una impresión pasajera ni de un fenómeno fortuito: es el resultado de una estructura afinada durante décadas a costa del sufrimiento de las mayorías.

Cuando una minoría tiene el poder económico para imponer gobiernos y legislaturas a su medida, la democracia se vacía de contenido.

Datos recientes de Oxfam 2026 revelan una cifra que debería estremecer cualquier conciencia ciudadana: 1.3 millones de personas, es decir, el 1 % más rico de la población, percibe el 35 % del ingreso total y posee el 40 % de la riqueza privada nacional.

Detrás de estos números no hay abstracción estadística: hay un país partido en dos, donde una élite exclusiva no sólo acapara los bienes materiales, sino que ha convertido la desigualdad económica en el motor de una desigualdad social y política cada vez más feroz.

Quienes defienden este modelo suelen presentar la acumulación como un síntoma de eficiencia o un premio al mérito, pero la realidad desmiente esa falacia. 

La concentración de la riqueza en unas cuantas manos no ocurre en el vacío: se alimenta del empobrecimiento de la mayoría y, lo que es más grave, se perpetúa mediante el control de las instituciones.

Cuando una minoría tiene el poder económico para imponer gobiernos y legislaturas a su medida, la democracia se vacía de contenido. Ya no se trata de representación popular, sino de la administración de intereses privados desde los parlamentos y las gubernaturas; en ese esquema, la ley termina protegiendo la riqueza obtenida por la explotación laboral, mientras se criminaliza o se abandona a quienes empobrecen.

Basta con abrir los ojos al entorno para comprobarlo, caminar por las colonias populares es toparse con la evidencia de un Estado que se desentiende: calles sin pavimento, falta de agua potable, alumbrado público insuficiente, jóvenes sin espacios deportivos ni culturales, condenados a una precariedad que les niega cualquier proyecto de vida digno.

En contraste, en las zonas residenciales de la “gente exclusiva”, la seguridad privada resguarda cada acceso, los servicios públicos funcionan con eficiencia y sus hijos acceden a colegios de élite y hospitales privados. 

No es un accidente geográfico: es el mapa tangible de una sociedad donde el derecho a vivir bien se ha convertido en un privilegio de sangre y cuenta bancaria.

Esta desigualdad social, tan visible en el territorio, tiene una raíz estructural: la propiedad privada de los medios de producción bajo una lógica de acumulación sin límites, pero eso también tiene una consecuencia política devastadora.

En un país con nuestro sistema democrático, los cargos de elección popular se han transformado en mercancías al alcance del mejor postor.

¿Acaso alguien puede imaginar a un verdadero representante del pueblo, sin grandes capitales detrás, compitiendo en igualdad de condiciones por una gubernatura o la Presidencia de la república?

La selección de candidatos en los partidos tradicionales no se define por la idoneidad ni por el arraigo social, sino por la capacidad de financiar campañas y, sobre todo, por la garantía de devolver los favores a quienes invierten en la contienda. Así, la política se convierte en un negocio más y quienes pagamos los impuestos nos quedamos sin voz.

Frente a esta realidad, el discurso oficial y el de ciertas corrientes reformistas insisten en una idea consoladora: que el desarrollo de la ciencia, la técnica y la producción traerán, por sí mismos, un mejoramiento paulatino de las condiciones de vida del pueblo. Esa promesa, repetida hasta el cansancio, no es más que un sedante.

Las reformas que periódicamente se ofertan desde el poder no son concesiones genuinas, sino válvulas de escape para desactivar la inconformidad sin tocar los privilegios estructurales. Los dueños del capital saben que mientras no se altere la propiedad de los medios de producción ni se democratice el poder económico, su dominio permanece intacto.

Por eso resulta tan significativo que, en medio de este panorama, surjan experiencias organizativas que nos recuerdan que la historia la construyen los de abajo.

Esta semana, tres eventos cobran una relevancia trascendente: primero, los 42 años del Movimiento Antorchista en Huitzilan de Serdán, Puebla; segundo los 40 años de trabajo en la colonia Cerro del Tejolote, en Ixtapaluca; y tercero, los 38 años en la colonia Clara Córdova, en el seccional noreste.

No se trata sólo de simples eventos de conmemoración, sino que son el resultado de décadas de lucha de comunidades humildes que entendieron que sólo la organización colectiva puede arrancar conquistas donde los gobiernos y los caciques sólo han ofrecido abandono.

Lo que han logrado estos esfuerzos, como la vivienda digna, acceso a la educación, servicios públicos, espacios culturales, etcétera, es la prueba viviente de que los pobres, cuando se unen y se educan políticamente, pueden modificar su entorno y, sobre todo, son un ejemplo de que el cambio verdadero no vendrá desde las cúpulas partidistas ni desde la buena voluntad de los empresarios, sino desde la decisión de quienes, con su trabajo, sostienen la riqueza de este país.

La historia nos muestra que las grandes transformaciones no han sido regaladas nunca por las élites, sino que han sido arrancadas por pueblos que se negaron a aceptar la desigualdad como destino. Más de cuatro décadas de organización representadas en estos tres eventos no son sólo legados locales, son lecciones para todo el país.

Nos recuerdan que la lucha contra la acumulación extrema no es una batalla abstracta, sino la conquista cotidiana de derechos y que la única manera de romper el círculo vicioso de la desigualdad económica, social y política es que los trabajadores, organizados y conscientes, tomen las riendas de su propio destino.

Oligarquía o democracia: esa es la disyuntiva real. Y la respuesta, como estos aniversarios lo demuestran, se está escribiendo desde los barrios, desde la organización popular, desde la firmeza de quienes ya no están dispuestos a seguir siendo la moneda de cambio de unos cuantos.

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