• Cada día 5 millones de capitalinos padecen fallas e inundaciones en su viaje al trabajo
Cada temporada de lluvias en la Ciudad de México en el Metro se viven momentos de tensión con todos los problemas que generan las goteras y filtraciones de agua, con imágenes que se nos quedan grabadas y se vuelven virales en las redes sociales por lo escandaloso de la situación.
Cuando el Metro falla, quienes se ven afectados son precisamente los de a pie, el pueblo pobre y trabajador, porque quienes tienen los recursos no viajan en Metro.
Tristemente el "remedio infalible" que han adoptado las autoridades ante este problema es colocar cubetas en los pasillos del Metro para que se deposite toda el agua, que cae a chorros desde el techo de distintas estaciones, pero muchas veces el agua es tanta que estos recipientes simplemente quedan rebasados en su capacidad, y el agua empieza a desbordarse.
A esta escena se suman todos los usuarios tratando de esquivar los charcos, que avanzan con miedo de resbalar, mientras intentan llegar a tiempo y lo menos mojados posible a sus trabajos y escuelas.

Desgraciadamente, esto ya parece una escena cotidiana, algo a lo que los capitalinos ya se acostumbraron. Pero detrás de cada gotera hay un problema mucho más profundo: el abandono gradual de uno de los servicios públicos más importantes para millones de usuarios, 5 millones diarios, como han informado fuentes oficiales del Metro.
El Metro no es cualquier transporte, sino que representa el más importante de ellos, puesto que para los trabajadores, estudiantes, comerciantes y amas de casa, representa la única alternativa para trasladarse diariamente en esta enorme y caótica ciudad.
El pueblo trabajador viaja en el Metro de la ciudad, el pueblo que sostiene con su trabajo y esfuerzo la economía de la capital, y ni siquiera por consideración a esto se arregla el transporte que utiliza.

Tantos mexicanos que tienen que salir de madrugada de sus hogares, aun con la oscuridad, y tienen que regresar, igual, cuando el sol ya se ha escondido, en medio de la oscuridad, y todo para poder ganarse el pan de cada día de sus familias; y cuando el Metro falla, quienes se ven afectados son precisamente ellos, los de a pie, el pueblo pobre y trabajador, porque quienes tienen los recursos no viajan en Metro.
Las goteras y filtraciones en el Metro son una muestra evidente del abandono institucional. Para las autoridades, este problema parece formar parte de la normalidad porque no son ellas quienes tienen que caminar entre el agua y enfrentar los riesgos diarios que padecen millones de usuarios.
Lo ocurrido recientemente en las líneas 2 y 3 es sólo una muestra de este calvario que se repite en prácticamente toda la red.

Lo más preocupante es que el deterioro del Metro no sólo provoca incomodidad entre toda la gente que lo usa, sino que lo peor es que también representa verdaderos riesgos para la seguridad e integridad de los capitalinos, pues un piso mojado puede ocasionar caídas; la humedad constante puede afectar instalaciones eléctricas; las filtraciones pueden debilitar estructuras y provocar daños mayores.
Es indignante ver cómo los que menos tienen, que son quienes sostienen la ciudad y pagan impuestos, son los que tienen que soportar las peores condiciones, y este es sólo un aspecto.
Las autoridades con esta actitud de dejadez y falta de atención a lo que realmente necesita la ciudadanía, lo único que dejan claro es que su forma de gobernar es incorrecta, pues privilegian la apariencia sobre las soluciones a fondo, soluciones reales sobre los problemas.

Porque para eso sí son buenos: para anunciar rehabilitaciones, inauguración de estaciones remodeladas, esto con un gran gasto en anuncios publicitarios, mientras los problemas estructurales continúan apareciendo apenas llegan las lluvias.
Por eso, si algo debe quedarnos muy claro a todos los capitalinos, es que mientras menos exijamos que los recursos públicos se inviertan realmente en mejorar los servicios, las cosas van a seguir igual o irán empeorando.
Ante esto, es necesario, en primer lugar, que se exhiba el problema, y, en segundo lugar, que se exija mantenimiento profundo al Metro, porque esta es una necesidad urgente que no puede seguir esperando, poniendo en riesgo la seguridad y la vida de los capitalinos.
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