MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

El algoritmo, nuevo educador de las actuales generaciones

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• Millones de infantes pasan horas frente a pantallas mientras sus familias enfrentan extenuantes jornadas laborales

Hay una escena que se repite todos los días en miles de hogares mexicanos: un niño o una niña sentado frente a una pantalla, con los ojos puestos en el celular durante horas. Puede estar viendo videos, jugando, siguiendo una transmisión en vivo o simplemente deslizando el dedo por las redes sociales. 

Una sociedad que mide el éxito por lo que se compra, la popularidad por el número de seguidores y la verdad por lo que aparece en una pantalla difícilmente podrá formar ciudadanos libres y críticos.

Mientras tanto, sus padres trabajan. No siempre porque quieran alejarse de sus hijos, sino porque en muchos hogares el salario de una sola persona ya no alcanza para cubrir las necesidades básicas.

El celular terminó convirtiéndose en el acompañante permanente de una generación y ahora México discute si debe regular su uso dentro de las escuelas. La discusión es necesaria, pero sería un error reducirla a una simple prohibición de aparatos. 

El problema es mucho más profundo y tiene que ver con la manera en que nuestra sociedad está educando a sus nuevas generaciones y con el modelo económico que determina buena parte de nuestra vida cotidiana.

Miles de niñas, niños y adolescentes tienen acceso prácticamente permanente a plataformas digitales diseñadas para mantenerlos conectados el mayor tiempo posible. No se trata de demonizar la tecnología. 

El teléfono puede ser una extraordinaria herramienta para aprender, investigar, comunicarse y acceder a información que antes era difícil de conseguir. El problema aparece cuando dejamos de utilizar la tecnología y permitimos que sea ella la que controle nuestros hábitos, nuestra atención y hasta nuestra manera de pensar.

Las redes sociales funcionan bajo una lógica muy sencilla: captar nuestra atención y mantenerla. Mientras más tiempo permanece una persona conectada, mayores son las posibilidades de venderle publicidad, productos y servicios. 

Detrás de muchas de estas plataformas existe un poderoso modelo de negocio que convierte la atención humana en mercancía.

Desde edades cada vez más tempranas reciben miles de mensajes que les dicen qué comprar, cómo vestir, qué teléfono tener, qué videojuego jugar y hasta qué apariencia deben alcanzar para sentirse aceptados. 

El mensaje se repite una y otra vez: necesitas esto para ser feliz, necesitas aquello para pertenecer, necesitas mostrarlo para obtener reconocimiento. Poco a poco se construye una generación de consumidores impulsivos, acostumbrados a relacionar la felicidad con la adquisición de productos.

A esto se suma la aparición de los llamados retos virales. Algunos pueden ser simples juegos sin consecuencias, pero otros han llevado a adolescentes a realizar conductas peligrosas con tal de obtener visitas, seguidores o unos segundos de fama. Desgraciadamente, algunos de estos retos han terminado en tragedias y han costado vidas. ¿Cuánto vale un "me gusta"? ¿Cuántos seguidores justifican poner en peligro la vida? La pregunta parece absurda, pero para un adolescente atrapado en la necesidad de reconocimiento digital puede convertirse en una realidad peligrosa.

Por eso es importante discutir el uso de los celulares en las escuelas. México ya tiene sobre la mesa la posibilidad de establecer reglas nacionales para limitar su utilización dentro de los planteles. 

La medida puede ser positiva, siempre que no se convierta en una prohibición aislada que ignore las causas del problema. El debate debe ir mucho más allá del aparato.

Porque tampoco sería justo responsabilizar únicamente a los padres de familia. Hay millones de madres y padres que salen de casa cuando todavía está oscuro y regresan cuando sus hijos ya están por dormir. No es falta de amor. Es necesidad económica. 

Ambos tienen que trabajar para pagar la renta, la comida, el transporte, la luz y los demás gastos de una familia. En esas condiciones, el celular termina ocupando un lugar que debería corresponder a la convivencia, la orientación y el acompañamiento.

Ahí encontramos una de las grandes contradicciones de nuestra sociedad: se exige a los padres que eduquen mejor a sus hijos, pero el propio modelo económico los obliga a permanecer jornadas enteras fuera de casa para poder sobrevivir. Después nos sorprendemos de que una pantalla termine haciendo las veces de niñera.

La escuela debe recuperar su papel como espacio para aprender a pensar, cuestionar y convivir. Los niños necesitan aprender a utilizar un celular, pero también necesitan aprender a vivir sin él. Necesitan libros, deporte, arte, ciencia, conversación, juegos, maestros y familias presentes.

Regular el celular en las aulas puede ser necesario, pero no resolverá por sí solo el problema. Si realmente queremos proteger a nuestros jóvenes, debemos preguntarnos qué sociedad estamos construyendo para ellos. 

Una sociedad que mide el éxito por lo que se compra, la popularidad por el número de seguidores y la verdad por lo que aparece en una pantalla difícilmente podrá formar ciudadanos libres y críticos.

El reto no es quitarles la tecnología a nuestros hijos. El verdadero reto es impedir que la tecnología y los intereses económicos que están detrás de ella terminen educándolos por nosotros.

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