• Conmemoración tras cien años de su nacimiento resalta resistencia y soberanía popular frente a presiones externas
Celebrar el centenario del nacimiento de Fidel Castro Ruz no es sólo un acto de memoria histórica, sino también un ejercicio de reflexión sobre el impacto de su lucha y su pensamiento en América Latina y el mundo.
Cuba es potencia olímpica y panamericana, y eso no es casualidad: es fruto de una política de inclusión y fomento al talento desde la base.
En medio de una narrativa global dominada por los grandes medios de comunicación, muchas veces alineados con los intereses de Estados Unidos, es fundamental rescatar la voz de los pueblos y reconocer los logros de una revolución que, pese a las adversidades, ha sabido mantenerse firme.
El movimiento revolucionario cubano no fue un capricho ni un golpe de Estado, como algunos han querido hacer creer. Fue un proceso popular, gestado en las universidades, en las fábricas y en los campos, donde Fidel ya había sembrado la semilla de la conciencia crítica.
Su paso por México, donde recibió apoyo solidario, incluso del entonces presidente Lázaro Cárdenas, es prueba de que su causa no era ajena a los ideales de justicia social que recorrían el continente.
Una vez en el poder, Fidel no se impuso por la fuerza; se comprometió con el pueblo. Su primera gran batalla fue contra el analfabetismo, una lacra que condenaba a la ignorancia a millones de cubanos.

En apenas un año, movilizó a voluntarios de todas las edades y niveles educativos para llevar la enseñanza a los rincones más apartados de la isla.
Esa gesta educativa sentó las bases de un sistema que hoy, a pesar del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos, ha logrado desarrollar alta tecnología en la ciencia médica, logrando vacunas propias contra la Covid-19, un ejemplo de soberanía tecnológica y científica que pocos países en desarrollo pueden presumir.
El bloqueo existe: no es un mito ni una exageración. Es una política asfixiante que busca doblegar al modelo cubano, pero que no ha logrado quebrar la resistencia de su pueblo.
¿Por qué no hay un levantamiento popular contra el gobierno? Porque la población entiende que la agresión externa es el verdadero enemigo, y que el modelo, con sus limitaciones y contradicciones, garantiza derechos fundamentales como la salud, la educación, el deporte y la cultura.

Cuba es potencia olímpica y panamericana, y eso no es casualidad: es fruto de una política de inclusión y fomento al talento desde la base.
Fidel también fue solidario más allá de sus fronteras. Su apoyo a la independencia de Angola, su asesoría militar en Nicaragua y su amistad con Nelson Mandela son capítulos que la historia oficial suele omitir.
No se trataba de imponer un modelo, sino de acompañar a otros pueblos en su derecho a la autodeterminación. ¿Acaso eso es condenable? ¿O acaso es más aceptable tener bases militares en todos los continentes, como hace Estados Unidos?
Por todo esto, desde nuestra organización, celebramos su legado con actividades que incluyeron concurso de periódicos murales, mesas de análisis, eventos culturales en las principales plazas del país y, como punto culminante, la conferencia magistral “Cien años con Fidel Castro Ruz: vigencia de su obra y pensamiento” del ingeniero Aquiles Córdova Morán en Tecomatlán, Puebla.

Ahí, se contó con la presencia de personal de las embajadas de China, Rusia y con la presencia del excelentísimo embajador de la República Islámica de Irán, Abolfazl Pasandideh, además de médicos cubanos que prestan sus servicios en el hospital regional en Tecomatlán.
No es casualidad que estos países estén en la mira de las potencias occidentales; son ejemplos de que otro mundo es posible, donde la soberanía y la justicia social no son utopías, sino horizontes alcanzables.
Fidel Castro no fue un dictador; fue un líder legítimo del pueblo cubano, fue un hombre de su tiempo, con una coherencia inquebrantable, en su acción y pensamiento.
Su ejemplo nos invita a pensar críticamente, a no dejarnos llevar por discursos prefabricados y a defender, desde nuestra trinchera, los valores de la dignidad y la resistencia.
Que su centenario sea, entonces, un recordatorio de que los pueblos que luchan por su libertad nunca están solos.
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