En estos días se han presentado en la prensa poblana nuevos ataques en contra del Movimiento Antorchista, en este caso contra nuestros compañeros antorchistas en Puebla y contra nuestro dirigente Nacional, el Ing. Aquiles Córdova Morán, y el dirigente estatal en Puebla, Ing. Juan Manuel Celis Aguirre. Ya no es sorpresa que nuestra organización sea atacado artera e injustificadamente en los medios de comunicación, Antorcha ha sido en los últimos 42 años el movimiento popular organizado más calumniado y vilipendiado perversamente, con el único fin de desacreditarle ante los ojos de los demás. En el interés de desacreditar a Antorcha, se han identificado grupos políticos poderosos de diferentes colores y eso explica también porque esos ataques han venido tanto de derecha como de izquierda.
Pero estos nuevos ataques se caracterizan por una bajeza singular, en ellos que se excluye cualquier argumento o razonamiento, aunque fuera en un intento elemental o ya "para taparle el ojo al macho", y se sustituyen con necios y vulgares insultos; el amable lector disculpará que no los reproduzca aquí, pero diré que son de los más vulgares que se pueda usted imaginar, en los que lo menos prosaico y estridente es una mentada de madre y que fueron proferidos, ¡al aire y/o por escrito!, por populares periodistas y locutores de los medios poblanos tales como Alejandro Mondragón, en un programa de radio llamado "Al Portador"; Mario Alberto Mejía, director del periódico 24 horas Puebla; Arturo Rueda, director de Cambio, célebre por haber sido grabado pidiendo dinero a cambio de no atacar a un político poblano, y su pareja Zeus Munive; Javier Arellano Ramírez, del diario Cambio; Ricardo Morales, director del portal efekto10.com; todos ellos atacando al unísono con floridas leperadas a los más de 120 mil poblanos que militan en las filas antorchistas en ese estado del sur de México.
Debo reconocer que meter mano a estos ataques, hacer a un lado las deyecciones en los tales "trabajos periodísticos", para descubrir en su esencia algo útil, ha sido tan desagradable como lo ha de ser al especialista en coproscopia hacer su trabajo. Sin embargo, es útil y necesario para hacerle ver al posible lector el verdadero contenido detrás del estiércol que lo cubre. Dos cosas quiero destacar, por parecerme las más importantes y que nos pueden ayudar a entender el origen e intenciones singulares de la andanada:
Primero, que se producen en un momento en que en Puebla está por elegirse al gobernador, y el peso de Antorcha en el proceso es importante sino determinante para los resultados.
Segundo, que aunque parezcan ataques sin remitente (un comunicador social es siempre "independiente"), no es ajeno a nadie que el diario Cambio, donde Arturo Rueda y Javier Arellano desparramaron sus heces, pertenece a Enrique Doger, conocido miembro del PRI; y que tanto Ricardo Morales como Alejandro Mondragón son en esencia voceros cuasi oficiales del priismo poblano.

El Movimiento Antorchista desde su nacimiento se echó a cuestas una tarea difícil pero necesaria: Organizar a los más olvidados, a los más pobres y desamparados para convertirlos en una fuerza capaz de defenderse de la miseria y el abuso.
En semejante tarea, sabíamos que encontraríamos obstáculos difíciles de superar y nos ganaríamos poderosos enemigos gratuitos, quienes intentarían detenernos, por ejemplo, recurriendo precisamente a la calumnia, intentando desacreditar a nuestro movimiento, buscando un doble beneficio, una doble utilidad que justifica el esfuerzo y el gasto con creces:
Primero, predisponer al pueblo en contra de Antorcha e impedir por esa vía que se acerquen y nos conozcan, para evitar que organicemos a ese pueblo hoy tan desunido y desamparado, impedir, pues, que el modelo antorchista de organización prenda entre la gente, y alejar a sus probables aliados en su lucha contra la pobreza. Pero el pueblo cada vez confía más en Antorcha y se organiza convirtiéndose en nuestras filas en un verdadero movimiento popular de masas. ¿Será que al interior del mismísimo PRI realmente pueda haber grupos interesados en ganarse la aversión de tan auténtica organización popular?
Segundo, preparar a la opinión pública para agredir o atacar al desacreditado sin que haya una voz popular que proteste ante la injusticia.
Y este es el otro peligro que asoma la nariz en esta cruzada: la sombra de la agresión física y el linchamiento que les siguen siempre a las campañas de desprestigio. Si eso sucediera, si detrás de estos heraldos negros entrara en escena el jinete de la agresión y la violencia, sobre semejantes "comunicadores" recaería una responsabilidad proporcional, de la que tendrían que responder de algún modo.
Tal vez estas consideraciones sean las únicas razones para ocuparnos del asunto, pues, por lo demás, sus indecencias ni nos agravian ni nos afrentan pues, como dijo Diógenes, "el insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo recibe", y a eso nos atenemos.
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