El autor analiza cómo la hegemonía de las “big tech” y la IA moldean la identidad juvenil para anular la reacción crítica bajo el modelo de la clase dominante
Creo firmemente que todos los jóvenes, sin importar ninguna condición económica, social o biológica, deben tener siempre el derecho a decidir libremente su identidad ante la sociedad. Pero, cualquiera que sea el resultado del ejercicio libre de este derecho, el problema de orientar el comportamiento de nuestras juventudes estará siempre en asimilar qué o cuáles ideas de la superestructura social de nuestro tiempo son, en realidad, las que moldean a las generaciones presentes.
Nuestra juventud cada vez más desprevenida alimenta su conciencia con todo aquello que las redes sociales, ahora en manos de la IA, le dan en exceso hasta el embrutecimiento, aniquilando con ello toda posibilidad de reacción crítica.
La respuesta a esta cuestión la dejó ya dicha en otro tiempo y con otro motivo el filósofo alemán Carlos Marx cuando afirmó que: “En una sociedad dividida en clases sociales, la ideología dominante es siempre la de la clase dominante”.qEs decir, que: “La clase con el poder material dominante (dueños de los medios de producción) también controla la producción espiritual e intelectual, imponiendo su visión del mundo, valores y normas como la ideología dominante. Esta hegemonía cultural sirve para legitimar, justificar y reproducir su dominación social” (La ideología alemana, 1845-1846).
Entonces, digan lo que digan los que quieren pasar como especialistas en el tema, es claro que casi todo el comportamiento que estamos obligados a ver y sufrir en nuestra juventud (furry, therians y otros extravíos) no es sino la manifestación más moderna y perniciosa impuesta en nuestros hijos por los dueños del gran capital, en su labor de sometimiento absoluto de la clase trabajadora más vigorosa.
Que esto puede ser tal como lo veía ya el principal creador de la teoría marxista lo demuestra una nota aparecida el 10 de febrero pasado en el portal alai.info (nada marxista) con el título: “El poder de hackear las mentes”, cuyo contenido resulta sumamente revelador para cualquier interesado en el tema.
Comienza la nota así: “Los impactos —reales y potenciales— de la inteligencia artificial (IA) en la sociedad están generando creciente preocupación y alarma. Diversos estudios señalan que, por ejemplo, debido al diseño actual de los sistemas de IA, su funcionamiento deteriora las instituciones cívicas fundamentales (como universidades, derecho, periodismo, democracia), al erosionar la experiencia, cortocircuitar la toma de decisiones y aislar a unas personas de otras. Incluso arriesga causar su destrucción”.
Seguimos: “Otros estudios muestran cómo la narrativa cultural dominante en la IA atenta contra la diversidad y la alteridad (condición de ser otro), en una especie de «hackeo cognitivo» de identidades, valores y creencias culturales y sociales. También se ha demostrado que la dificultad de distinguir entre contenidos verdaderos o falsos conlleva a una desconfianza general en las instituciones y la democracia”.

Hasta aquí, no es difícil entender y aceptar que nuestra juventud cada vez más desprevenida alimenta su conciencia con todo aquello que las redes sociales, ahora en manos de la IA, le dan en exceso hasta el embrutecimiento, aniquilando con ello toda posibilidad de reacción crítica, o cuando menos sensata, sobre la información que se les mete por ojos y oídos.
En la nota se afirma también que: “Históricamente, cada avance de la ciencia y la tecnología genera múltiples posibilidades, pero su desarrollo, distribución y usos son determinados predominantemente por los patrones que imponen los centros de poder. Hoy, al menos en Occidente, este desarrollo se concentra en manos de las megacorporaciones digitales estadounidenses (las «big tech»), que desde hace unas tres décadas han venido consolidando —con apoyo del capital financiero— no sólo su modelo de negocios, sino también, gracias a la estrecha colaboración del Estado, el marco geopolítico y el correspondiente andamiaje institucional que lo sostiene”.
Y sobre el mecanismo con el cual los poderosos dueños de los medios de producción imponen su visión del mundo, la nota señala: “La condición clave para que las ‘big tech’ puedan lucrar y consolidar su poder es la extracción constante de datos”.
Concluye de la siguiente manera: “Si inicialmente era para mejorar sus servicios, pronto permitió generar perfiles y pronósticos de comportamientos que se venden a anunciantes, servicios de seguridad, etc., para posteriormente incorporar mecanismos orientados a influir en tales comportamientos.
Además, son el insumo para alimentar los modelos de aprendizaje de la IA, por lo que necesitan acaparar la atención de usuarios y usuarias para que estén interactuando constantemente con sus sistemas y entregando una gama cada vez más amplia de datos (sobre gustos, hábitos, compras, relaciones, incluso la vida íntima), a la vez que exponerse a la publicidad. Para afinar estas técnicas, se invierten considerables recursos en investigaciones sobre el funcionamiento del cerebro humano (como las neurociencias y neurotecnologías), con la finalidad, entre otras, de poder manipular más efectivamente a las personas”.

Entendido esto último, ya podemos explicarnos el hecho tan extraño de encontrarnos ahora entre la juventud, incluso, a personas que afirman sentirse animales, argumentando una identificación psicológica o espiritual con ellos y autodefiniéndose como “therians”, imitando luego su comportamiento.
Pero hay algo peor: “Ahora bien, hay evidencias de que hoy este sistema está transitando a una nueva fase, donde el abuso de nuestros datos para lucrar con ellos va pasando a un segundo plano, y lo que está primando es más bien la búsqueda del control social estratégico de las estructuras políticas, las realidades sociales y las mentes de las personas, mediante una guerra cultural y cognitiva que, con persuasión o intimidación, apunta a eliminar cualquier resistencia u obstáculo a este proyecto de las ‘big tech’. Esta ofensiva combina ideología con técnicas militares, convirtiendo la inteligencia artificial misma en arma”.
Finalmente, para asombro de los enemigos de Marx, a 180 años de publicada su genial sentencia científica, su vigencia vuelve a resonar por todos los rincones de nuestra época. La nota que refiero la repite de la siguiente manera:
“No es que la guerra cultural sea nueva. De hecho, todo proyecto de poder busca imponer su visión del mundo como cultura dominante para que se establezca como la norma, sea por las buenas o por las malas, o conjugando las dos. Así, durante varias décadas hemos visto cómo el neoliberalismo, un proyecto ideológico de dominación incapaz de legitimarse por sí mismo, ha buscado proyectarse como inevitable con falsedades en el mundo simbólico para promover el individualismo, el libre mercado, el achicamiento del Estado, etc., en total simbiosis con la ‘industria cultural’”.
Entonces, ahora toca a los seres buenos de este planeta recoger las enseñanzas científicas del pasado para alumbrar el camino sensato de las generaciones presentes y futuras. La tarea no es fácil, pero es necesaria.
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