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CRÓNICA | 2 pueblos originarios de Chihuahua que se niegan a desaparecer

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• Tras 300 años resistiendo,  las etnias N’dee/N’nee/Ndé y O’oba preservan su vasto legado histórico oculto entre la sierra

Hay historias que no están escritas en grandes monumentos ni aparecen todos los días en los libros de texto.

Permanecen escondidas entre los caminos de la sierra, en los nombres de los pueblos, en las costumbres de las familias y en la memoria de quienes conocen el territorio.

En Madera, Chihuahua, esa memoria conduce hasta dos pueblos originarios cuya presencia se remonta a siglos atrás: los N’dee/N’nee/Ndé, conocidos también como apaches, y los O’oba, identificados históricamente como pimas bajos.

Reconocer a un pueblo también significa reconocer su historia; admitir que la identidad de Chihuahua no nació de una sola raíz y que detrás de las ciudades, los ranchos y las comunidades actuales, existe una historia mucho más antigua.

Hablar de ellos es hablar de una parte de Chihuahua que durante mucho tiempo permaneció en segundo plano, pero que sigue presente. Sus huellas pueden encontrarse en la Sierra Madre, en comunidades, apellidos, tradiciones y en la relación cotidiana de sus habitantes con el monte.

El cronista de Madera, Manuel Vicente Guzmán, ha dedicado parte de su trabajo a rescatar esa historia. Su relato permite mirar el pasado de la región con otros ojos, lejos de la idea de que la historia de Chihuahua comenzó con la llegada de los españoles o con la fundación de sus actuales ciudades.

Mucho antes de eso, estos territorios ya tenían dueños, caminos y formas propias de entender la vida.

Los N’dee, cuyo nombre significa “La gente”, pertenecen a una nación de origen atabascano. Su lengua es el n’dee biyat’i y su territorio ancestral es conocido como N’dee bikéyaa. Eran grupos seminómadas que se desplazaban por amplias zonas del norte de México y el sur de Estados Unidos, siguiendo las condiciones del territorio, la disponibilidad de alimento y las temporadas.

Para ellos, la sierra no era una barrera. Era camino, refugio y territorio conocido.

En la región de Madera, lugares como El Salto fueron utilizados como corredores y refugios durante el invierno. Los grupos chiricahuas y mescaleros conocían perfectamente estos espacios. Se movían por ellos con una familiaridad que difícilmente puede comprenderse desde la mirada actual de quien observa un mapa y ve únicamente montañas, barrancas y caminos.

Para los N’dee, aquellos lugares eran parte de su casa.

Muy distinta era la vida de los O’oba. Su nombre suele asociarse con los llamados pimas bajos y su lengua recibe los nombres de o’ob no’ok en Sonora y o’oba no’oka en Chihuahua.

Cuando llegaron los españoles, los O’oba ocupaban un extenso territorio que se extendía desde el centro del río Sonora, pasaba por la región del Yaqui y alcanzaba hacia el oriente la Sierra Madre.

Su vida estaba más vinculada con la agricultura y los asentamientos permanentes. En la región relacionada con Madera, sus principales comunidades se encontraban en lugares como Ónavas, Yécora y Maycoba, en Sonora, y La Junta de los Ríos, Madera y Yepachi, en Chihuahua.

Yepachi ocupa un lugar especial en esta historia. El poblado fue fundado en 1677 por jesuitas y, con el paso del tiempo, se convirtió en el principal asentamiento O’oba en territorio chihuahuense.

Pero la historia no terminó allí.

Actualmente, la presencia O’oba permanece en comunidades como Mesa Blanca, Junta de los Ríos, Mesa del Cable y Las Espuelas, dentro del municipio de Madera. Son lugares donde la historia no es un recuerdo distante, sino parte de la vida cotidiana.

La convivencia entre O’oba y N’dee tampoco fue sencilla. Sus distintas formas de vida provocaron encuentros, intercambios y también enfrentamientos. Mientras los primeros desarrollaban actividades agrícolas cerca de los ríos, los segundos mantenían una vida mucho más ligada a la movilidad, la cacería y el conocimiento del territorio.

Después llegaron los españoles y el equilibrio cambió.

Los O’oba fueron incorporados progresivamente al sistema de misiones religiosas. Los N’dee, en cambio, enfrentaron largos periodos de guerra, persecución y desplazamiento.

La historia guarda episodios especialmente dolorosos. En 1789, por ejemplo, 180 apaches fueron trasladados en collera desde Chihuahua hacia el centro de México. Detrás de esa cifra hay personas, familias, niños y ancianos arrancados de su territorio.

Sin embargo, ni la guerra ni la persecución consiguieron borrar completamente su presencia.

Pasaron las generaciones. Algunos descendientes se integraron a las comunidades mestizas y ocurrió un proceso de mestizaje que hizo más difícil distinguir, a simple vista, las raíces de cada familia. Pero la cultura no desapareció completamente.

Según el cronista Manuel Vicente Guzmán, en Madera, Temósachic, Yepáchic, Maycoba y Yécora todavía pueden encontrarse apellidos, tradiciones relacionadas con el caballo y conocimientos sobre el monte que forman parte de aquella herencia.

Es una herencia que muchas veces permanece silenciosa.

Está en quien sabe leer el terreno, reconocer un camino, identificar una planta o comprender el comportamiento de los animales. Está también en la manera de relacionarse con el caballo y en historias familiares que han pasado de una generación a otra.

La historia O’oba, por su parte, también está marcada por la defensa del territorio. En 2019 se denunció la invasión de mil 170 hectáreas en Madera, tierras reconocidas mediante un decreto presidencial de 1975.

El territorio, entonces como ahora, continúa siendo mucho más que una superficie marcada en un documento. Es memoria, identidad y posibilidad de permanencia.

Por eso el reconocimiento oficial de los N’dee/N’nee/Ndé en Chihuahua adquiere una importancia especial.

En 2026, el Congreso del Estado aprobó una reforma a la Ley para la Protección del Patrimonio Cultural para reconocer al pueblo N’dee/N’nee/Ndé o apache como pueblo originario de Chihuahua y establecer mecanismos para proteger sus manifestaciones culturales.

El reconocimiento llegó después de años en los que su presencia histórica era conocida, pero no contaba con el mismo nivel de reconocimiento jurídico dentro del estado. El Congreso tomó en cuenta su resistencia, permanencia cultural y aportación a la diversidad social de Chihuahua.

Aunque la reforma no incorporó un catálogo específico de pueblos originarios a la Constitución estatal o a la Ley de Derechos de los Pueblos Indígenas, sí incluyó nominalmente al pueblo N’dee/N’nee/Ndé o apache dentro de la legislación de patrimonio cultural.

Y eso puede parecer un asunto exclusivamente jurídico, pero no lo es.

Reconocer a un pueblo también significa reconocer su historia. Significa admitir que la identidad de Chihuahua no nació de una sola raíz y que detrás de las ciudades, los ranchos y las comunidades actuales existe una historia mucho más antigua.

Para Madera, mirar hacia ese pasado es también mirarse a sí misma.

Los O’oba y los N’dee no son únicamente nombres encontrados en documentos antiguos. Son parte de una memoria que permanece en la Sierra Madre, en las comunidades y en las familias. 

Los primeros dejaron una profunda tradición agrícola y un vínculo estrecho con los ríos y la tierra. Los segundos dejaron la memoria de un pueblo que conoció el territorio como pocos y que resistió durante generaciones ante la guerra, la persecución y el despojo.

Quizá por eso resulta necesario preguntarse: ¿cuántas veces caminamos por Chihuahua sin saber qué historia hay debajo de nuestros pies?

Madera tiene una respuesta que merece ser escuchada.

Antes de los caminos modernos, antes de las ciudades y antes de que existieran las fronteras que hoy conocemos, hubo pueblos que recorrieron, cultivaron y defendieron estas tierras.

Conocerlos no es regresar al pasado. Es entender mejor quiénes somos.

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